(dieño: Gerardo Morán)
(lista de fotografías y video al final de la nota)
Ante el dolor
la reacción humana es tan diversa como imprevisible. Hay quienes lloran, otros
callan, aquél habla, la de al lado enmudece. En otros momentos se habla, sí, pero
de una manera diferente. La autora Patricia Severín decidió hacerlo a través de
sus poemas. Y además con fotografías tomadas de un jardín muy especial. Quizás
buscando los rastros indefinidos, invisibles, de quien lo plantó y cuidó.
El “jardinero”
se llamó Carlos Picech y hasta hace dos años fue el compañero de vida de la
escritora. A su Carlitos, al que perdió en una noche aciaga, Severín le dedica
su libro más reciente, Su esposo, amigo, camarada, le enseñó, dice, “a ser
feliz con lo pequeño y cotidiano; a honrar la vida”.
“Amigo” de pájaros, de animales silvestres y de las plantas, Carlitos pobló de belleza su jardín. Las elocuentes fotografías que acompañan a los poemas lo certifican.
Te perdías
entre las flores / los árboles frutales / las enredaderas
Cada pétalo
/ cada aroma / cada pájaro
Hoy murmura
tu nombre.
Tu viaje al
infinito está bordado de esperanza
La luz que
te rodeaba sigue girando sobre la hierba
Conmovedor,
sin duda, y también espléndido en su doble contenido, es decir con sus poemas
dolorosos y, como suerte de contrapartida, con la galería de fotos que hablan del
esplendor de flores, frutos y plantas que significan un reiterado canto a la
vida.
Esa realidad, la
de estar rodeada de un tesoro vital y visual que le ha quedado como íntima
herencia, es comprendida por la poeta que dice, nos dice: “llorar en silencio
para que germine la vida”.
En definitiva, dolor por el ausente, celebración de la vida, dos constantes que se dan cita en este libro que habla tanto del que se fue como de cuánto dejó tras de sí.
“Amaba las flores y los pájaros, amaba la tierra oscura y la luz del cielo, amaba la vida con sus felicidades y sus desdichas. Amaba a su mujer”. Rogelio Alaniz
Mención aparte
para la riqueza gráfica de este libro, más que infrecuente, en el que trabajaron
Álvaro Dorigo y Noelia Mellit. A su vez, Julio Galarza aportó sus conocimientos
sobre la profusión de flores que “adornan” esta edición en la que se han
esmerado los responsables de la empresa santafesina Acosta hermanos.
“Escribo
para sacar lo que me acongoja y al hacerlo una pesada carga se desprende de mí”
Seis
años atrás el libro de Patricia Eclipses familiares recibió en España el
primer premio del certamen de poesía María del Villar.
Dicho libro fue publicado en
ese país y en aquella oportunidad lo comenté, acompañado por una amena
conversación que mantuve con su autora y que mantiene toda su vigencia. Ahora ha sido reeditado por
Ediciones de la Universidad Nacional del Litoral.
En el poemario
Severín habla de la (por entonces) enfermedad de su madre y aquello referido a
la muerte de su padre registrada considerable tiempo atrás.
En la
entrevista que sigue a continuación, la autora señala que le llevó “años” hablar
sobre las pérdidas familiares, los conflictos entre padres e hijos, lo que fue
para ella perder al padre cuando joven y, en un tiempo más próximo, ver el
deterioro cognitivo de la madre hasta que ella-dice- se volvió otra persona
“que no podía reconocer”. Severín se tomó su tiempo para publicar este poema en
Argentina y no lo hizo mientras su madre vivió.
“No
se debe escribir desde la herida sino desde la cicatriz”
Tus dos
últimos poemarios hablan del dolor, de las pérdidas, de quienes partieron en
forma definitiva. También, de lo que no se puede recuperar. Aunque escritos en situaciones
distintas, pregunto qué te significaron tales tránsitos ¿cómo los abordaste?
Son situaciones diferentes, pero ambas dolorosas. Con dolores distintos te diría. Lo pienso y me pregunto: ¿cómo puedo diferenciar un dolor de otro? Y sí, lo hago.
No es lo mismo observar el tránsito de una madre entrada en años, su decadencia física y sicológica, en donde el final es previsible, que dar cuenta de lo imprevisto: la muerte, a tu lado, del hombre que amas.
¿Cómo
encaraste la escritura de Eclipses familiares?
Allí despliego las pérdidas familiares, los conflictos madre e hijos, las desavenencias entre hermanos, la muerte prematura del padre. Me llevó mucho tiempo… años. Observaba y escribía mientras iba perdiendo a mi madre como madre, y aparecía ante mí otra persona que no podía reconocer.
¿Fue
complejo hablar, desde la palabra poética, de la enfermedad de tu madre?
Fue complejo, porque el “material poético” (si podemos llamarlo de ese modo), lo era. Podes caer en algo burdo, en lugares comunes, en sensiblería. Es un difícil equilibrio que hay que ir sorteando verso a verso. Cotejando lo escrito con ojo crítico. Darlo a leer. Escucharte leyéndolo. Muchos pasos antes del ok final. Por eso llevó tanto tiempo. Además, no quería, mientras mi madre viviese, editarlo aquí. Me conformé con el premio y haberlo publicado dos veces en España.
¿Y en el
caso de tu padre?
Creo que, con respecto a mi padre, no fue tan complejo. Él ya había muerto hacía muchos años, el duelo había pasado y podía imaginarlo en situaciones diversas sin que el dolor me traspasara. Lo imaginé junto a mi madre, haciendo planes, delineando la familia futura. Lo recordé muriendo joven, dejándonos solos, vacíos.
Hace ya dos
años, inesperadamente, tu esposo partió en forma definitiva. ¿Escribiste el
libro como forma de superar (aunque resulte imposible) el difícil trance o se
trató de otra cosa?
Desde el momento en que falleció supe que tenía que escribirlo. No sabía qué podía salir de allí porque siempre afirmé que no se debe escribir desde la herida sino desde la cicatriz. Y yo tenía la herida abierta. Así que fui escribiendo y borrando, escribiendo y borrando. Hasta que tuve la idea de fotografiar su jardín en las distintas estaciones del año. Mi marido amaba las flores y los pájaros y tenía un jardín maravilloso que yo trato de conservar. En un momento supe que fotografía y texto se unirían. Y comencé a trabajar en esa dirección rodeada –y traspasada– por el duelo, pero también por la belleza. Y como siempre me pasa con la escritura, comencé a sanar mientras lo hacía.
¿Cómo te sentís ahora, pasado un cierto tiemplo de tales momentos?
Estaba muy triste, lloraba todo el tiempo mientras escribía. Pero luego esa niebla comenzó a abrirse cuando empecé a observar su jardín –el jardín de Carlitos–, y a pensar como encajarían fotos y poemas: las fotos alzan, los poemas bajan. Creo que, ya con el libro terminado, puedo decir que he logrado un buen equilibrio.
¿Cómo
denominarías a tu último libro?
La luz que te rodeaba sigue girando sobre la hierba es un libro que aborda el duelo desde distintos ángulos, pero también el amor, la elegancia y la honestidad -en todo sentido– de este hombre increíble que fue mi marido y que tan bien retrata en contra solapa Rogelio Alaniz. No sé cómo pude hacerlo tan rápido. Siempre un libro me lleva años, pues este no. Este es diferente a todos.
Si fuera
factible ¿qué líneas de tus poemas elegirías para “definir” a ambos libros?
Escribí, casi siempre, sobre el dolor. Mis hijas me lo recriminan. Así que al próximo libro intentaré abordarlo desde la luz y la alegría. Ya tengo algo delineado.
La luz que te rodeaba sigue girando sobre la hierba. El jardín de Carlitos
Editorial
Palabrava, Santa Fe, 2025, 90 páginas, con fotografías del jardín que cultivara
Carlitos Picech
Eclipses familiares. Ediciones Universidad Nacional del Litoral. Santa Fe, 2025, 73 páginas
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Video
Colibrí o picaflor posado sobre la mano de Luis Mariano Francia Saux, registro tomado en “el jardín de Carlitos”, La Cumbre, Córdoba (última fotografía del libro)
Fotografías:
al comienzo y al final de la nota Patricia y Carlitos. En la nota: fotografías
de la autora de “el jardín de Carlitos”







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