VIVIR LEJOS, DE PATRICIA SEVERÍN


(diseño: Gerardo Morán)

(detalles de las fotografías y entrevista a la autora al final de la nota) 

Berta es la que habla: “Mi abuelo, Dalmacio Benítez, mató a mi abuela de una patada. Virginia Silvestre se llamaba mi abuela y estaba a punto de parir cuando eso pasó (…) Ella cayó al suelo y él la siguió pateando. La abuela se tapó la cara, pero el vientre quedó al descubierto. Se levantó como pudo, abrió la canilla de la cocina y estuvo largo rato allí, mirando correr el agua fría, Luego se enjuagó la frente y los ojos, se sentó con la mirada hacia el patio y las manos sobre el vientre inmenso”. 

De esta cruda manera comienza la novela de la argentina Patricia Severín, un texto que combina biografía con literatura y en el que habla de la vida, compleja, muchas veces dolorosa, de una mujer que, nacida en la más extrema pobreza en un pueblo pequeño y mezquino, se diría que signada por el azar irá cobrando fuerzas, abriéndose paso a base de arriesgadas apuestas personales que la irán llevando por caminos inimaginados a lo largo de una vida tan extensa como impensada. 

Precisamente, el azar tuvo mucho que ver con el destino que le aguardaba a Berta quien, luego de superar la estrechez de la vida pueblerina, por muy diversas circunstancias “saltará” de un lugar a otro, conocerá a distintos hombres, engendrará cuatro hijas y, en definitiva, y no sin dolor, conocerá el mundo.

Es cierto también que Berta apostó por sí misma, se decidió a dar esos “saltos” casi inverosímiles convencida de sus fuerzas para enfrentar distintos e inesperados destinos. 

Algo de todo eso le profetizó un adivino y que, por afirmar que tendría hijos, se casaría no pocas veces, sufriría mucho frío y luego viviría próxima al mar, no le creyó. Lógico, en su adolescencia y en la mezquina vida de pueblo Berta no podía avizorar un futuro tan diferente al que se presentaba en el que debía convivir con su padre, el sepulturero del pueblo, y su madre con la que nunca logró tener una profunda conexión. Por el contrario, la madre hizo cuanto pudo para que la tomaran en el colegio religioso del pueblo. Una decisión que la marcaría a fuego. 


Sus años de niñez, adolescencia y primera juventud estuvieron “definidos” por el desdén a causa de la pobreza. Su madre consiguió que ingresara al colegio a cambio de la leche y la verdura que debía entregar a diario, mientras que su hija estaba obligada a limpiar (también a diario) su aula como añadido a la “gran generosidad” de las religiosas, que no se olvidaban de humillarla a diario, con gestos y palabras. Y, especialmente, con el desprecio con el que era tratada al que se sumaban las propias compañeras. 

No pocas veces la madre le insistía en que era una bendición el hecho de que la hubieran aceptado como alumna. Sin embargo, Berta se preguntaba: “¿Bendición era ser la mejor alumna y no poder bajar la bandera? ¿Bendición era limpiar la mugre de mis compañeras? ¿Bendición era que me mirasen de reojo y se fuesen a sentar al otro lado del salón?”. 

Y, en otro momento: “No iba a las fiestas de quince. Era transparente o, peor, (era) tan transparente, tan oscura, que me daba la sensación de que me confundían con el barro”. 

Joven y sin experiencia se casó con un hombre que (lo descubriría rápidamente) resultó alcohólico y desocupado. El casamiento tuvo poca duración y ella debió hacerse cargo en soledad de sus dos pequeñas hijas como mejor pudo. Debió rechazar un ofrecimiento envenenado de la directora del colegio para que trabajara como maestra (dado que con esfuerzos había logrado el título), pero con la condición de agregar horas gratuitas para atender a escolares atrasadas. Mientras hacía el “generoso” ofrecimiento la monja no dejó de recordarle que al estudio el colegio se lo había “regalado”, olvidándose de la entrega diaria de los productos de huerta y de la adicional limpieza del aula.



Hasta que en un momento Berta dijo “basta” y decidió buscar trabajo en la muy lejana y desconocida Patagonia (a mil kilómetros de distancia, en General Roca, provincia de Río Negro) a la que llegó con su pequeña hija mayor y casi nada más. Debe haber recordado al adivino al encontrarse con un intenso frío, desconocido para ella. También la recibió la soledad. Sin embargo, como compensación, pudo trabajar de inmediato en una escuela rural, tarea que encaró con gran entusiasmo y ese nuevo mundo le fue dando confianza y una creciente seguridad. 

Impensadamente, apareció un hombre en su vida, un griego de nombre Iraklis que le doblaba la edad y al que durante un cierto tiempo se negó a tomarlo en cuenta. Sin embargo, aconsejada por otra docente, fue cambiando de opinión. En Argentina, más precisamente en la provincia de Neuquén, Iraklis había decidido realizar una gran inversión, pero sus planes fracasaron cuando secuestraron al hijo de un exgobernador. La extinción de sus proyectos derivó en una gran pérdida económica y fue así que el griego intentó recuperarse volviendo a su país natal. 

Y, como el azar es imprevisible, convenció a Berta para que lo acompañara en la aventura, un salto impensado que abruptamente modificó su existencia. Y, de nuevo, debe haber recordado al adivino…

En la vida de la protagonista los cambios abruptos, no siempre para bien, prosiguieron a un ritmo cada vez más vertiginoso. Amó de inmediato a Grecia, amó a sus playas interminables e inigualables. Berta se casó con Iraklis por el rito griego, pero su flamante marido había llegado enfermo desde Argentina y ella debió acompañarlo en su decreciente salud hasta que Iraklis no pudo recuperarse y finalmente falleció.

 


En similares circunstancias, extranjera, nuevamente sola, otra persona en su lugar hubiera dejado todo, pero en cambio decidió permanecer en Atenas, al punto de ingresar como mecanógrafa en la embajada argentina y en simultáneo abrió una agencia de turismo.

El tiovivo continuó girando, porque a Iraklis lo sustituyó Nikolaus, quien -amigo del griego- decidió no abandonarla, al punto de que llegó a casarse con él. Y mientras sus hijas mayores con sus flamantes parejas se afincaban en los Países Bajos, Berta trajo al mundo otras tantas mujeres, una de ellas enferma crónica que desde el minuto uno le dio trabajo extremo, diríase interminable. La pequeña había nacido con su cerebro escindido en dos partes y eso la llevaba a tener un errático e imprevisible comportamiento que nunca cesó.

Aún restaba la radicación de la protagonista en los Países Bajos, una nueva patria a la que también debió adaptarse. Y, por fin, el tiovivo en la novela se detiene en el momento en que, a los setenta y seis años Berta vuelve a su pueblo sin sentirse marginada ni menoscabada. De cierto modo, triunfante. Y Severín se reserva las líneas finales para abrirle a su protagonista una posible ventana llamada esperanza.

 


Fotografías: de arriba abajo: Foto de portada Partida, del taller de fotografía dirigido por Martìn Rubini: pueblo rural de la zona litoral argentina: nevada en General Roca, Río Negro; playa de Grecia: Amsterdam en verano

 

Vivir lejos, de Patricia Severín. Editorial Palabrava, Santa Fe, 2024, 100 páginas


Diálogo con la autora: “Escribir pensando en su deseo más profundo”

 

En primer término, mis felicitaciones por tu meritorio trabajo. Pasemos a las preguntas: a Berta, la protagonista de la novela, la identificas en contratapa con el nombre de Raquel Mercedes López y en este caso me interesa saber si ella existe o existió y si todas las peripecias que vivió fueron reales o han sido “aderezadas” por tu inventiva. 

Raquel Mercedes López existe, vive actualmente en Holanda, cuidando a su nieta de dieciséis años, y está esperando ansiosa el término de la traducción de la novela al inglés para encargarse de traducirla al neerlandés y griego y que se edite en Europa. Aunque ya te anticipo que este año se publicará en España por Ápeiron editorial. La mayoría de sus peripecias son reales; algunas cosas, si, las modifique para poder novelar su vida. El ambiente, el clima y la escenografía de algunos pasajes, junto a hechos ficticios que fueron surgiendo al momento de escribirla. 

En cuanto al género, ¿en qué casilla ubicarías a tu trabajo? 

Vivir lejos es una memoria novelada. Nunca quise escribir una biografía en el sentido estricto de la palabra, sino tener la libertad de crear sobre un material riquísimo, que Raquel me contó por décadas. Ella estuvo de acuerdo, así que pude armar un mundo ficcional donde la mayoría de los hechos reales tienen un "entorno" en donde pude poner lo propio y lograr su cohesión desde distintos lugares y situaciones que imaginé. 

Interpreto que Berta vive, que has narrado una vida concreta, real. A partir de esa idea ¿cómo llegaste a ella?, ¿cuáles fueron los motivos que le llevaron a contar su vida? ¿Costó mucho convencerla para que hablara sobre si misma? 

 Berta /Raquel llegó a mí, cuando yo aún vivía en Reconquista (norte de Santa Fe), y ella en Grecia. Llegó a través de amigas comunes y su intención era claramente que yo narrara su vida. Es consciente de que sus peripecias son tan ricas que constituyen un mundo novelesco. Así que, durante décadas y de diferente manera (e-mails, audios y personalmente cuando viajaba a la Argentina), estuvo contándome retazos de su vida. Ayudó mucho a mi escritura, que ella es una excelente narradora oral; y yo quise darle esa potente voz, tan particular, que se logró en la novela. En el 2024, sufrí - de improviso - la pérdida de mi marido; es allí cuando decidí terminar mi escrito. Se lo debía a Raquel, y a mí me salvó la vida, como siempre lo hace la literatura, en los momentos más extremos. 

Llama la atención el hecho de que no se aclare en qué pueblo nació y creció Berta, algo que debe ser premeditado, me parece. Si es así ¿a qué se debe? 

Si, es premeditado. No me interesaba dar precisiones geográficas, sobre todo para resguardar un poco la "prehistoria" de Raquel y sus familiares, que transcurrió en un pueblo del norte de Santa Fe, en dónde todos se conocen. De cualquier manera, la publicación de la novela fue un boom y todos la leyeron. Pero su edad hace que goce de esa impunidad que tiene la gente mayor, donde casi nada la roza. Y yo fui prudente: aunque no minimicle ningún hecho, supe cubrirlos de una pátina de entendimiento, y adecuarlos a la época y al contexto. 

En el final de la historia, con mucha carga emocional y avanzada edad, tu protagonista regresa al pueblo. ¿Es lo que ocurrió, es lo que sigue ocurriendo ahora mismo? 

Ella siempre regresa al pueblo a encontrarse con los familiares que le quedan allá y con sus compañeras del secundario, tal como lo hizo en el 2024, en donde se cumplían sesenta años de recibidas. Fue en ese momento en que yo le envié los libros que salieron de imprenta justo el día de su cumpleaños número setenta y ocho, el 4 de octubre. De cualquier modo, debo aclarar que, tanto el final como lo que rodea todo ese largo tramo, es pura y exclusivamente imaginado. Lo escribí pensando en su deseo más profundo, y en lo que el vidente brasileño le dijo cuando ella tenía dieciséis años. 

Presumo que la redacción de la novela te demandó un mayor esfuerzo, dado que habrás estado desde el vamos condicionada tanto por lo “cierto”, lo real, del texto y aquello dictado por tu imaginación. ¿Fue así o es un error de apreciación? 

La novela tuvo muchas versiones, distintas estructuras y estilos escriturales, hasta que decidí que la cuestión debía ser simple y progresiva y en dos bloques: la Patagonia y el Mar (Grecia). En este último sitio ella pasó los años más felices de su vida junto a su segundo marido, Iraklis.

Lo que me dio más trabajo fue lo previo: la decisión de cómo escribir esa historia maravillosa que tenía entre mis manos.


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