martes, 10 de julio de 2018

"Algo así como un padre", de Alfredo Di Bernardo. Entre la zozobra, el humor y la ternura. Comentario anterior: "Crónicas del hombre alto" y entrevista


Algo así como un padre, de Alfredo Di Bernardo
Ana Editorial, Paraná, Argentina, 2018, 95 páginas.
En Argentina: 200 pesos

En un supuesto ring se enfrentan, en una lucha que aparenta ser desigual y que debería tener un claro ganador, un hombre alto que admite cargar con cierto nivel de neurosis y un niño que le obligará a un notable ejercicio de adaptación a las “novedades” que el propio chico produce en forma constante.

Como se ve, estamos ante una batalla anunciada y “denunciada” desde el vamos por ser tan desigual, porque conlleva la victoria cantada también desde el vamos: la del niño, obviamente.

Hablo de Algo así como un padre, breve pero contundente libro que apareció primero como blog y que ahora llega a las librerías (y sitios semejantes). En parte contiene elementos autobiográficos, mientras que en otros momentos, advierte su autor, quizás pueda ser considerado un sensible texto de autoayuda.

La historia que se narra tiene que ver con un joven quien, al parecer, circulaba por la ciudad de Santa Fe y sus alrededores en la década de 1980. En determinadas circunstancias y por aquellos años, conoció a una dama sobre la que previamente había tenido noticias cuando se le hablaba de “la madre del nenito” y con la que se relacionó, primero sin excesivos proyectos de futuro, aunque luego iría con ella consolidando (de a poco, de a poco) lo que terminaría siendo una familia como las demás.

El primer, problemático, regalo
Idas y vueltas. En el durante hubo idas, vueltas, zozobras, temores y errores, que se fueron subsanando con paciencia y tenacidad, virtudes humanas si las hay. Un largo camino, en verdad, que Alfredo Di Bernardo narra con la habilidad propia del buen escritor, todo matizado con ese humor que el narrador santafesino domina con talento. Y mucho oficio.

Alfredo ha aclarado que, si bien su relato admite hechos y situaciones autobiográficas, los protagonistas de la historia (madre, hijo y padre de a poco asumido como tal), no son exactamente un tal Di Bernardo, su mujer y el hijo de ésta, sino que en el libro ha modificado nombres y situaciones y que ha buscado el lado humorístico “para que sea más caricaturesco”.

El autor admite, supongo que con cargas de nostalgia, que ya ha pasado considerable tiempo sobre los hechos, ciertos o reelaborados, que recoge el libro y que el niño al que en aquellos años complicados terminó ¿conquistando?, hoy ya es un padre hecho y derecho y al que le parecieron “divertidas” las vicisitudes por las que tuvo que pasar (e incluso sufrir) el hombre alto.

Di Bernardo realizó correcciones respecto de lo que escribiera en el blog, no pocas de las cuales tuvieron que ver con los cambios culturales, tanto en relación a las llamadas “familias ensambladas”, como a la profundización y complejidad del femenismo: “Tuve que revisar muchas situaciones o chistes que, a la luz de la época, podían malinterpretarse”.

Más allá de los cambios culturales, queda el libro. Humorístico, zumbón y que, además, esconde aquello de lo que no quiere admitir tanto el hombre alto: su sensibilidad. Y, por qué no, su ternura.

La primera vez que la madre, el hijo y el hombre alto concurren juntos a un bar:
“Apenas entramos al bar, escuché que alguien pronunciaba mi nombre. Giré la cabeza en dirección a la voz y descubrí a los Rodríguez, unos antiguos vecinos míos, ubicados en la mesa que estaba al lado de la puerta. ‘¿Saliendo con la familia?’, inquirió-afirmó don Rodríguez con su proverbial amabilidad, y otra vez me agarró la apnea. Evalué la situación en una décima de segundo y consideré inconveniente ponerme a dar explicaciones, de modo que sonreí y asentí con la cabeza mientras los saludaba con la mano, sin detener mi marcha.
“Cuando me senté, todavía estaba alterado. ¿Es que aquella noche todo el mundo estaba dispuesto a hacerme formar una familia? Por fortuna, mi inventario de trastornos psicológicos no incluye la paranoia; de lo contrario, habría encontrado, en esa suma de coincidencias, los sospechosos signos de una confabulación a nivel planetario. Aún así, confieso que cuando el mozo se acercó a nuestra mesa, temí que viniera a ofrecerme las alianzas”.
            

Video: Monólogo de Alfredo Di Bernardo en la 1ª Jam de Poesía Oral Santa Fe 2014. Subido a YouTube el 21.3.14. Duración; 10,58 minutos.





Comentario anterior, publicado en el blog cuando aparecía en La Comunidad de “El País”, sección hoy inhallable en Internet


Crónicas del hombre alto, de Alfredo Di Bernardo. Editorial Palabrava, Santa Fe, Argentina, 2013, 105 páginas. Se distribuyó con el diario “El Litoral”, de Santa Fe.

“Hubo una vez un hombre tan, pero tan alto, que con sólo ponerse de pie, abrir los ojos y mirar hacia adelante, era capaz de leer las verdades escritas en las nubes.

La gente común admiraba su enorme altura. Él, en cambio, renegando abiertamente de su don, profesó toda su vida una melancólica envidia hacia los hombres bajos.

Nunca se resignó a su triste suerte de poder descifrar verdades allí donde los otros, plácidos y felices, veían solamente nubes”.

El escritor argentino Alfredo Di Bernardo ha recopilado parte de las “crónicas” que durante cerca de una década ha ido publicando en un blog que ha tenido múltiples seguidores y en diversos países.

Las Crónicas del Hombre Alto no son expresamente tales –de ahí el entrecomillado en el párrafo anterior-. Vale decir que no estamos ante estrictos textos periodísticos. sino que son relatos de lo cotidiano “aderezados” por la literatura. O, en todo caso, por la mirada de un autor de ficciones.

No obstante, Alfredo considera que a la ficción se la debe vestir, en tanto que a las crónicas hay que desnudarlas. Importa, en todo caso, el vínculo que con el mundo establece Di Bernardo, las reflexiones que le suscitan su diálogo con lo cotidiano.

En una circunstancia nos hablará sobre la relación con la pareja, en otras lo que le ocurre con los amigos, o con su pasión “futbolera”. Observará a un pájaro tratando de encontrar a su igual reflejado en un vidrio, o nos contará lo que ha sentido al contemplar el río, o su vinculación personal con determinadas lecturas, o con determinadas palabras.

En otro momento se referirá, con alta sensibilidad, a un Cortázar póstumo, a quien como autor terminó de conocer varios años después de su muerte. Nos dará semblanzas de personas conocidas o anónimas, nos “paseará” por su ciudad y, como quien siembra, aquí y allá, nos hará partícipes de sus reflexiones:

“Lo que llamamos realidad suele ser un tejido inextricable de ficciones que se entrecruzan sin cesar ocultando la incómoda desnudez de la verdad”.

“Soy de buscar señales en lo cotidiano mensajes que el universo podría estar poniendo a nuestro alcance para decirnos algo”.

“Se ha sacralizado el presente hasta el punto de absolutizarlo, se ha hecho del ahora un tirano omnipotente, creado sólo para vendernos productos”.

“Establecer verdades definitivas en el reino de lo humano es tarea inviable”.

“Qué bueno terminar la jornada sabiendo que hemos sumado un recuerdo más a ese inventario final que algún remoto día habrá de salvarnos”.

Y sobre Cortázar: “El mejor homenaje que se le puede rendir, creo, es seguir leyéndolo. Y, por supuesto, continuar siendo unos cronopios irredimibles, eternamente extranjeros en este mundo armado tan pero tan a la medida de los famas”.

Se afirma en contratapa que este libro nos muestra al mundo desde una perspectiva  cargada de extrañeza, un poco irónica e irremediablemente melancólica. Conviene acercarse a ese mundo.

“Ellas” (de Crónicas del Hombre Alto)

Ahí están otra vez, bordando la madrugada con su taconeo insomne. Ahí están, con su desnudez incompleta –siempre incompleta- cumpliendo con el rito exhibicionista, su lento desfile sensual, ofreciéndose a quien las quiera tomar. Ofreciéndose a mí, por ejemplo, que no puedo dejar de mirarlas con un recelo envenenado de lujuria.

Me chistan, me llaman, prometen fiestas que sé imposibles porque mienten –siempre mienten- pero me acerco igual; nunca he podido controlar esta atracción viciosa que ejercen sobre mí.

Me deslizo entonces hacia el vértigo artificial que ellas me proponen y juego de nuevo a que les creo. Las palpo con urgencia de animal solitario, les prodigo mi furia torpe, mis gestos ampulosos de monarca en el destierro, y ellas actúan como si en verdad lo hiciera bien. Fingen sumisión, simulan descaradamente que son mías esta noche.

Pero mienten –siempre mienten-. Concluyo con mi trajín, me levanto y apenas les doy la espalda, escucho otra vez sus risitas burlonas.

Me doy vuelta; no puedo dejar de mirarlas con un recelo envenenado de fracaso.

Ahí siguen ellas, las palabras, bordando la madrugada con su taconeo insomne.

Diálogo con el autor

-¿Qué lo llevó a dejar de lado la ficción para dedicarse a la crónica? La pregunta es pertinente porque viene escribiendo esas crónicas desde hace casi diez años.

-En el 2004 empecé a escribir textos surgidos, no ya de la imaginación, sino de la observación y la memoria. Creo que ese giro en mi escritura obedeció a uno de esos desplazamientos interiores que caracterizan a todo creador y lo llevan a buscar nuevos modos de expresarse. Las ficciones siempre me han servido de excusa para decir algo vinculado con la realidad; en algún momento sentí la necesidad de acortar camino y hablar de la realidad sin tener que esconder mi voz detrás de personajes inventados. De esa necesidad surgieron los textos del blog a los que –con cierta liviandad, confieso- bauticé “crónicas”, aun a sabiendas de que muchos de ellos escapan a los límites de ese género.

-¿La crónica –sigamos llamándola de ese modo- le ha impedido volver a la ficción o tal impedimento no ha existido?

-Casi no escribí ficciones en este tiempo, pero no sé si es justo utilizar la palabra “impedido”. Simplemente, me interesó más el proyecto de las crónicas y me dejé llevar por ese interés.

-¿Cabe la palabra “enriquecido” en términos creativos, al haber abordado la crónica durante tanto tiempo?

-Ojalá que sí. Y si es así, espero que se note al leer el libro. De todos modos, tomo con pinzas la hipótesis de mi supuesto “período de cronista”. Ya decía Julio Cortázar que hay que ser precavidos con eso de las “etapas” de un escritor, porque ellas tienden a mezclarse. En mi último libro de cuentos, se coló una crónica que podría haber encajado a la perfección en Crónicas del Hombre Alto, y en éste hay un par de textos que podrían colarse en un libro de cuentos sin que nadie protestara demasiado.

-¿La experiencia acumulada le hace pensar en mantener su blog o proyecta dejarlo para inclinarse por un aspecto distinto en el plano creativo?

-A esto le llamo poner el dedo en la llaga. Es un asunto candente que aún no tengo resuelto. Por un lado, la concreción del libro (que es una selección de cuarenta de las crónicas subidas oportunamente al blog), me genera una íntima sensación de ciclo cerrado. Por el otro, no puedo dejar de reconocer que el libro debe su existencia, en buena parte, al éxito que tuvo el blog (que recientemente -2013- superó los once mil lectores) y me dolería abandonarlo justo en este punto. En medio de esa tensión interior, revolotean inquietas mis ganas de volver a escribir ficción.

-¿Para sus crónicas ha tomado en cuenta a otros blogueros?

-Más que tomar en cuenta a algunos blogueros (he leído a varios, pero de modo muy desordenado y fragmentario), me resultó sumamente atractivo el fenómeno de los blogs en general, con sus inigualables ventajas: esa alternativa fantástica de difusión que brindan, la invaluable posibilidad de conocer las reacciones de los lectores casi en tiempo real y el hecho de que suelen ser visitados por lectores jóvenes. También me sedujo del blog la libertad que permiten. Libertad respecto del contenido y libertad formal para desmarcarse de los géneros.

-¿Cuáles han sido las diferencias, si las hubo, entre el autor de ficciones y el redactor de las crónicas?

-Básicamente, la diferencia estuvo en el procedimiento de escritura. Al escribir ficción suelo partir de un núcleo de realidad que sirve como disparador, pero luego uno lo va maquillando, distorsionando, deformando, es decir, va construyendo un andamiaje artificial alrededor de ese núcleo inicial de realidad. Con las crónicas adopté el proceso inverso: tomé el episodio o situación real y fui extrayendo sus aspectos literarios. Dicho de otra forma: en la ficción uno “literaturiza” un suceso real, en mis crónicas, en cambio, el componente literario ya estaba presente dentro de la anécdota que sirvió de disparador, y lo que hice fue ir develando ese componente hasta hacerlo visible. En el primer caso, el trabajo es vestir. En el segundo, hay que desnudar.

Datos para una biografía

Alfredo Di Bernardo nació en Santa Fe, Argentina, en 1965, ciudad en la que reside. Publicó la novela Informe sobre miopes y los libros de cuentos El Regalador de colores, La realidad y otras mentiras y Las cosas como somos. Es autor de los libros Crónicas del Hombre Alto y Algo así como un padre, inicialmente publicados como blogs. Entre 2002 y 2017 editó semanalmente “El Regalador”, micropublicación virtual, semanal y gratuita que distribuyó entre lectores de unos veinte países. Ha obtenido diversos premios y distinciones, tanto en la Argentina como en el exterior.
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Blogs de Alfredo Di Bernardo:

Textos del autor:

viernes, 6 de julio de 2018

Ejecutan en la horca al gurú japonés que ordenó matar con gas sarín

Asahara, ciego desde su infancia, durante el juicio,

La noticia, de por sí terrible, deriva de un hecho más terrible aún: los asesinatos de decenas de japoneses por parte de la secta Verdad Suprema registrados entre 1994 y 1995, siendo el más famoso (tristemente famoso) el exterminio en masa de pasajeros del metro de Tokio, quienes fueron afectados por el gas sarín.

Como consecuencia del hecho murieron trece personas en tanto que cientos resultaron afectadas por el gas letal, muchas de las cuales acusan secuelas de por vida. Asahara fue ejecutado ayer junto a seis de sus seguidores. Todos habían recibido la sentencia de morir en la horca en 2004, pero distintas circunstancias del complejo proceso judicial demoraron trece años la aplicación de la pena capital.

Asahara era un gurú delirante y mesiánico que prometía a sus seguidores, que debían cumplir estrictamente todas sus órdenes y que lo consideraban como una especie de dios viviente, sacarlos del consumismo y la vida superficial llevándolos a una existencia más espiritual. Como interpretaba que el fin del mundo, obviamente apocalíptico, estaba próximo, elaboró una teoría según la cual deberían producirse matanzas para acelerar estos hechos terminales.

Fue así que en 1994 algunos de sus seguidores distribuyeron el fatídico gas en un estacionamiento de la ciudad de Matsumoto (ubicada a unos doscientos kilómetros de Tokio). Como producto de ese atentado murieron ocho personas mientras que centenares fueron afectadas por el fluido venenoso.

Los resultados de la horrible experiencia animaron a Asahara a ordenar un nuevo ataque, que esta vez se perpetró en cinco líneas del atiborrado metro de Tokio, el 21 de marzo de 1995, con los resultados apuntados. El gas era preparado por miembros de la secta y fue transportado en bolsas que, ya que en los vagones del metro, perforaron con paraguas, tras lo cual los responsables de la matanza huyeron mientras el gas se expandía sin que nadie terminara de percibirlo. Demoró un cierto tiempo a las autoridades comprender de qué se trataba y no fueron pocos los sanitaristas que también quedaron afectados por el gas.



jueves, 28 de junio de 2018

Cuento inédito: "De nuevo, la llamada"

El cartero llama dos veces, dirigida por Tay Garnett, con Lana Turner, John Garfield y Cecil Kellaway (1946)

Como en un juego, de esos que se ven en la pantalla, mejor, se veían, una pelotita de tenis que iba y volvía, que golpeaba en las paredes y retornaba al centro, una sucesión de movimientos rápidos y casi interminables, tales, las miradas.

No bien ingresó al negocio, él, que miró al frente y ella, que desvió la dirección de su mirada, aunque llegó a registrarlo fugazmente. Y el otro, el que comenzó a crecer tras el mostrador, fija su vista en el recién llegado que, como el animalito ante la víbora, así cuentan, quedó paralizado, no supo bien qué decir ni qué hacer. Tanto que en la confusión compró sal en vez de azúcar, fideos en lugar de arroz.

Salió, incómodo, juzgado, mejor (al menos en ese momento) prejuzgado, por las miradas del hombre hinchado del mostrador y la de la mujer, aunque no podía afirmar que ella se hubiera fijado en él, en su mala figura, en todo lo que le faltaba. Era una situación infame, carecía de plata. Y, aún peor, carecía de futuro.

Terminaba de llegar al pueblo, una confusión, error sobre error, el lugar provisorio que le había permitido ocupar Luzuriaga. Por unos días, unos días que se quemaban como fósforo. Había una canción vieja que hablaba de eso, de la luz del fósforo que no dura ni un segundo.

Imaginarse, los días así, uno tras otro. Probó en el corralón cercano, en la construcción de la otra cuadra, en la panadería de ahí mismo, a la vuelta. En todas partes lo que había era el sobrante de personal. Donde trabajaban dos, bien podían seguir con uno, en ese momento de escasez en el que el trabajo retrocedía. Aparte de que necesitaba algo más que migajas. Algo más sólido.

Se quedó de golpe sin comida. De golpe, sin comida. Mi madre, pensó o lo dijo en voz alta en la casita mínima que –Luzuriaga se lo terminaba de comunicar- debería dejar setenta y dos horas más tarde. Es el final, se dijo. Hambre, se dijo después de haber tratado de apagar esa nueva sed con agua, que no la apaga.

Revisó hasta lo último, hasta el último bolsillo que encontró en su escasa ropa, pero el dinero también estaba ausente. Las pelusas, los papelitos inservibles, su documento de identidad extraordinariamente deteriorado, le dieron la pauta de lo que era. La miseria que lo aguardaba, se hacía sentir, rascaba las paredes diciéndole estoy acá.

Eso era el futuro. El presente resultaba más próximo, más desdichado, tenía que ver con el roedor que se terminaba de instalar en su estómago, con los escalofríos, con el temblor que no lograba dominar.

Recordó al hombre inmenso y a la mujer de las miradas huidizas que no había vislumbrado su juventud, el cuerpo amplio y bien puesto que escondía su percudida vestimenta.

Fue al almacén, el hambre era una dureza que le apretaba el estómago. El hombre grande y enorme y ballena que se extendía ante el mostrador lo miró. Él, pese a los temores que le despertaba se acercó, le pidió pan, trabajo, ayuda. Sé hacerlo, le dijo, lo aseguró. La mujer, joven, bella, en un rincón, en el rincón donde el hombre del mostrador –que la duplicaba en edad- no podía ver, se plantó de frente ante el joven recién llegado. Lo miró con fiereza, con expectación, con todo su cuerpo.

El hombre joven la vio. La vio por primera vez, se podría decir. Y supo.

En ese momento el cartero volvió a llamar, como siempre llama, una vez, dos veces. Insistentemente. Y, como siempre, alguien termina atendiendo.
 Santa Fe, martes 15; lunes 28 de junio de 2010; jueves 28 de junio de 2018
El cartero llama dos veces, dirigida por Bob Rafelson, con Jack Nicholson y Jessica Lange (1981)


Otras versiones fílmicas de la novela: “Le dernier tournant”, con Michel Simon (Pierre Chenal, 1939) y “Ossessione”, con Massimo Girotti (Luchino Visconti, 1943).








Este cuento alude a The Postman Always Rings Twice (El cartero siempre llama dos veces, novela de James M. Cain, 1934). Agregado del 1 de julio de 2018: en la fecha Cain hubiera cumplido 126 años.

jueves, 21 de junio de 2018

"El puente", de Gay Talese. Otra excelente clase de periodismo

Diseño: Gerardo Morán
El puente (The Bridge), de Gay Talese
Alfaguara, Barcelona-Buenos Aires, 2018, 206 páginas, con fotografías
Traducción de Antonio Lozano
En España: 19,90 euros. En Argentina: 349 pesos

“Yo escribo reportajes y un reportaje no es ficción. Hay que poner mucho cuidado en no imaginar absolutamente nada”, le decía Gay Talese al periodista Eduardo Lago de “El País” de Madrid. En la nota de 2013, además, hizo referencia a quienes construyeron el enorme viaducto Verrazano-Narrows, una obra colosal que une Brooklyn con Staten Island, en Nueva York y que diera lugar a este El puente, uno de sus primeros libros-reportajes que ahora ha sido publicado en nuestro idioma.

Un reportaje no es ficción. Lo ha venido demostrando Talese (Estados Unidos, 1932) desde joven, pero sobre todo a partir de su más que famoso artículo “Frank Sinatra está resfriado”, ejemplo de texto periodístico que publicara la revista Esquire en abril de 1966, luego que se le encargara una nota sobre el famoso cantante temido por todos, que odiaba a los periodistas dado que estos habían revelado más de una vez sus oscuros vínculos con la Mafia, entre otros “pecados”.

Talese, haciendo alarde de creatividad, trazó un perfil sobre el cantante sin haberlo entrevistado, pero luego de conversar con una gran cantidad de personas que, por una u otra razón, habían tenido (o tenían) contactos con él. La crónica, ejemplar, ha sido considerada como el primer gran logro del llamado nuevo periodismo, del que este autor ha sido precursor. (Está incluido en su libro Retratos y entrevistas).

Esa forma de contar, renovada, que abreva en la propia literatura, es sustancial al libro que comento, así como a los varios que le siguieron, de alta calidad, que ha dado a conocer el periodista a lo largo de su extensa vida.

En aquellos años (1959-1964), Talese contaba con poco tiempo libre, de manera que para elaborar su trabajo debió dedicar varios fines de semana a visitar la obra y conversar con sus hacedores anónimos, logrando construir una historia casi a la medida de la colosal estructura que demandó cerca de cinco años antes de quedar concluida.

Boomers en plena tarea
En el mundo de los boomers

“Llegan a la ciudad en coches enormes, viven en habitaciones amuebladas, beben whisky acompañado de chupitos de cerveza y persiguen a mujeres que no tardarán en olvidar. Se quedan poco tiempo, no más del que necesitan para construir el puente; luego se marchan a otra ciudad, a otro puente, anclándolo todo menos sus vidas”.

Son los boomers, como los llama Talese, constructores de las grandes obras que identifican a las principales urbes estadounidenses. Puentes, rascacielos, levantados con escasas (cuando no nulas) medidas de seguridad, imágenes netas y nítidas del poder del imperio, erigidos por seres anónimos a quienes el periodista les da identidad en sus libros porque sabe, ha dicho en reiteradas oportunidades, que esas personas representan “al pueblo” y tienen mucho para contar.

Estos personajes se jugaron la vida casi todo el tiempo mientras levantaron esa formidable masa de acero y cemento diseñada por un equipo dirigido por Othmar H. Ammann, quien mucho arriesgó para llevar a buen término el tendido del puente con más de cuatro mil metros de longitud, considerado el viaducto colgante más grande de los Estados Unidos y el sexto en el mundo.

En este libro, Talese hace alarde de capacidad didáctica, porque va describiendo el “paso a paso” de la compleja construcción, al tiempo que consigue meterse en la piel y en los sentimientos de los anónimos obreros, que en El puente cobran identidad con sus nombres y sus muchas veces heroicas historias personales.

Le bastan al periodista pocas pinceladas para describir a esos personajes fanfarrones, subidos en lo alto de una construcción de dimensiones colosales, alcanzados por los vientos, jugándose todo el tiempo la vida porque en aquel momento debían hacer constante equilibrio en sitios de escasísima superficie, al tiempo de trabajar con elementos de mucho peso que, en simultáneo, reclamaban una permanente tarea de extrema precisión.

La serie de fotografías que acompañan al texto resulta fundamental, tanto porque refleja las distintas etapas de la erección del puente, como porque aparecen los “anónimos” con sus rostros y en el momento en que están trabajando, a veces en muy difíciles condiciones.

Es lapidario Talese cuando afirma que para esos trabajadores los puentes, los grandes edificios, las construcciones monumentales que vienen caracterizando a los Estados Unidos desde los finales del siglo XIX y, más aún, desde los primeros años del siglo XX (y hasta el presente) antes que nada para ellos son las tumbas de muchos de sus compañeros.

El gran periodista, maestro de maestros, supo cómo narrar el peligro permanente, las vidas plenas de riesgos, la ausencia de derechos laborales, que caracterizaban a estos hacedores quienes, sin embargo, eran incapaces de desechar esa forma de existencia y volvían, una y otra vez, al oficio, en muchos casos siguiendo toda una tradición familiar.

En la portada del libro el que aparece con traje y casco es el propio Talese con casi cincuenta años menos, como muestra de lo que ha sido y sigue siendo su norma: meterse hasta lo profundo en el tema abordado, ver y sentir de primera mano y narrar desde esa inmejorable perspectiva. Aparte de lucir la mejor ropa, porque considera al oficio como algo noble, que merece un respeto especial.

Leer a Gay Talese resulta siempre una grata experiencia, una reiterada lección de cómo se debe escribir una crónica.

Las Torres atacadas
Las endebles Torres Gemelas

Este libro fue reeditado en 2014, lo que le permitió a Talese hacer algunos agregados, resultando quizás el más significativo su mención a que varios boomers que estuvieron en el emplazamiento del puente también contribuyeron a levantar las Torres Gemelas abatidas en 2001 por los famosos ataques terroristas con aviones que las destruyeron. Los obreros no se sintieron tan sorprendidos como el resto porque sabían que fueron levantadas de una manera endeble; “Les asombró la ligereza de las vigas del suelo que se les pidió ensamblar -escribe-, la falta de columnas interiores de soporte, la aparente fragilidad de toda la construcción y el ritmo tan alto de trabajo que se les exigió”. Luego agrega: “El edificio era un noventa por ciento aire, diseñado para optimizar al máximo el espacio alquilable y la flexibilidad, libre de columnas”.

El libro reeditado en inglés
“No poseen ninguno de los cimientos de sus puentes. Parte artistas circenses, parte gitanos, gráciles en el aire, inquietos en el suelo; uno diría que las carreteras que se despliegan a sus pies son incapaces de señalarles el camino como sí lo hacen las vigas de 20 centímetros que perforan el cielo, a 180 metros por encima del nivel del mar.

“Si no hay un puente que construir, construirán un rascacielos, o una autopista, o una central eléctrica, o cualquier otra cosa que les suponga un reto… y horas extra. Irán a donde sea, conducirán mil kilómetros sin descanso con tal de formar parte de un nuevo boom de la construcción. No pueden resistirse a las ciudades en pleno boom. Por esto se les llama boomers”.

En el blog:



Video: “Una clase de periodismo con Gay Talese”. Revista Arcadia, Bogotá, Colombia. Programa subido a YouTube el 10.11.2015. Duración: 6,50 minutos. 




domingo, 10 de junio de 2018

Falleció Ángel Balzarino. Adiós al amigo


Falleció Ángel Balzarino. Murió un consecuente escritor. Una persona de excepción. Un amigo de mi esposa Zulema, de mis hijos Pablo y Gerardo. De gran parte de mi vida adulta. Murió hoy, en la ciudad de Rafaela y la noticia nos ha conmocionado a quienes lo hemos conocido y estimado, no sólo en su ciudad o en la provincia de Santa Fe, sino en distintos lugares del país, donde obra y persona eran tamblén conocidas y valoradas.

Escribo estas líneas con pesadumbre, porque ha fallecido una de las personas con las que he mantenido un diálogo muy fraterno, a lo largo de las décadas. Lo hago no para que se conozca mi pesar (contar la intimidad de las personas de manera pública y sostenida como hoy se lo hace me provoca resistencia, cuando no fuerte rechazo) sino para hacerles saber a quienes leen este blog que se ha muerto un escritor infrecuente. Que se ha muerto un hombre bueno, leal, que bien mereció llevar el nombre que le pusieron sus padres.

Ángel, quien fuera afectado por la poliomielitis cuando era niño, debió desplazarse casi toda su vida en silla de ruedas y luchó con verdadera valentía contra esa adversidad y muchas más. Lo hizo siempre con inusitado y contagioso optimismo y con un increíble sentido del humor, que lo llevaba a sonreír, y hasta reír, de los males que lo acompañaban. Él, que tanto tenía para quejarse, se afirmaba estoicamente en su personalidad y daba aliento a los demás. Ocurrió así durante años. Su casa de la calle Oliber, y su teléfono, eran los lugares donde sus amigos encontraban las palabras de aliento que necesitaban.

Por suerte para él, y por suerte para sus múltiples lectores, desde joven llegó la literatura para acompañarlo, sostenerlo, darle un sentido a su existencia. Lector fervoroso (la Biblioteca Sarmiento, de Rafaela, fue casi su segundo hogar), tuvo en William Faulkner y en Borges a sus mentores, sus guías literarios. Escribió desde siempre. Premios y ediciones lo acompañaron para consolidarlo como un escritor importante. El “Alcides Greca”, acordado pocos años atrás por Cultura e Innovación de la provincia, llegó para confirmar lo que sabíamos: que Ángel escribió novelas y relatos en los que vale la pena detenerse. Que son difíciles de olvidar.

La vida es inexorable, lo sabemos, lo sé. Pero duele contar estas cosas. Duele despedirse de él.

Con motivo del fallecimiento de Ángel, he recibido múltiples comunicaciones y expresiones de condolencia, que se manifestaron por cierto en Rafaela, tanto durante el velatorio de sus restos como en el acto de sepelio. Los medios de comunicación de la referida cabecera departamental dedicaron amplios espacios para recordarlo.


Datos para una biografía

Ángel Balzarino nació en 1943 en Villa Trinidad, provincia de Santa Fe, Argentina, y desde 1956 residió en Rafaela. Publicó trece libros de cuentos: “El hombre que tenía miedo” (1974), “Albertina lo llama, señor Proust” (1979), “La visita del general” (1981), “Las otras manos” (1987), “La casa y el exilio” (1994), “Hombres y hazañas” (1996), “Mariel entre nosotros” (1998), "Antes del primer grito" (2003), “El hombre acechado” (2009), “La sangre para ellos son medallas” (2011), “Timbre a la hora de almorzar” (2013,  “Todos amábamos a Virginia Crespi” (2015) e“Historias de proezas y derrotas" (2017), así como tres novelas: “Cenizas del roble” (1985), “Horizontes en el viento” (1989) y “Territorio de sombra y esplendor” (1997). Varios de sus trabajos figuran en diversas antologías, tanto de Argentina como del exterior, muchos de sus cuentos circulan en Internet y recibió varios premios y distinciones, el último de los cuales fue el “Alcides Greca” 2014, por obra editada (por su libro “La sangre para ellos son medallas”). Fue fundador de ERA (Escritores Rafaelinos Agrupados), entidad que presidió durante varios períodos. Su cuento “Rosa” se encuentra incluido en ediciones de libros para estudiar el castellano, en Estados Unidos.
  
En el blog:





martes, 5 de junio de 2018

Una propuesta de Gerardo Morán

¡Hola! Quiero compartir estas novedades del sitio www.gerardomoran.net




Hace poco comencé a crear estos juegos de mesa. Son juegos de la memoria de 24 piezas laminadas en madera mdf. Estos juegos están pensados y dirigidos para cualquier edad, trabajan la observación, la concentración y la memoria visual.

Todos estos trabajos fueron realizados a partir de imágenes originales. Hasta hoy, los protagonistas son los “Gemelos”, “Perritos”, “Gatitos” y “Monstruos”. El último juego incorporado a la tienda se llama “Feliz Cumple…” donde vos elegís las fichas e incorporás a la portada el nombre de la persona que le vas a regalar el juego y un mensaje personal en el dorso. ¿Dónde viste algo así?

Si conocés a alguien que le puede interesar esta información, por favor, reenvía y compartí este mail.

Abrazo enorme, Gerardo

lunes, 28 de mayo de 2018

"Moriría por ti y otros cuentos perdidos", "Trimalción", de Francis Scott Fitzgerald. Dos valiosos rescates

Diseño: Gerardo Morán

 Los cuentos que nunca llegó a publicar y la primera versión de El gran Gatsby, que han sido ahora rescatados, posibilitan el reencuentro con ese sensible escritor llamado Francis Scott Fitzgerald


Moriría por ti y otros cuentos perdidos (I’Die for You, and Other Lost Stories) Anagrama, Barcelona-Buenos Aires, 2018, 499 páginas (con fotografías e ilustraciones del autor). Edición y prólogo de Anne Margaret Daniel. Traducción de Justo Navarro. En España: 23,90 euros. En Argentina: 595 pesos.
Trimalción (Trimalchio) Tusquets Editores, Buenos Aires, 2018, 218 páginas. Prólogo y traducción de Juan Forn. En Argentina: 289 pesos.
Libros de Francis Scott Fitzgerald.


“En la verdadera noche del alma son siempre las tres de la mañana”, escribió alguna vez Francis Scott Fitzgerald (1896-1940), el autor por antonomasia de la llamada Era del Jazz norteamericana, quien cuando joven se bebió los vientos y que apenas un poco más tarde conoció el rigor del infortunio, cuando en simultáneo perdió popularidad y riqueza, su mujer enloqueció y fue ganado por la enfermedad y el alcohol.

A pesar de haber vivido apenas cuarenta y cuatro años, escribió casi sin solución de continuidad y hasta el final de sus días, pero en la última década de su vida, pese a que lo intentó de múltiples maneras, no pudo recuperar a la legión de lectores que lo habían seguido fielmente en las revistas de época y que produjeron un verdadero boom de ventas al aparecer su primera novela, A este lado del paraíso, cuando el autor no tenía aún veinticuatro años, volviéndose famoso de la noche a la mañana.

Ocurrió que, ya ingresado en la madurez, Fitzgerald (Scott es su segundo nombre, no su apellido) comenzó a cansarse de sus cuentos “fáciles” de jóvenes ricos y conflictuados, historias muy bien narradas, muchas veces volcadas a la comedia, y así se lo explicaba al director del Collier’s (una de las tantas revistas que le dieron popularidad y buenos ingresos): “Desde entonces he escrito cuentos sobre amores juveniles. Los he escrito cada vez con más dificultad y menos sinceridad. Sería un mago o un escritor barato si llevara publicando el mismo producto tres décadas”.

Intentar nuevos caminos le costó el precio de un constante rechazo a sus historias “adultas”, en las que habla de divorcios, suicidios, enfermedades, desempleo, desengaños y familias en conflicto. Demasiado para el orbe de lectores (lectoras, en su mayoría) que buscaban en sus textos cierta tranquilidad que no ofrecía el ambiente de los Estados Unidos ganados, precisamente, por esos mismos problemas luego del famoso y terrible Crack económico (pero también social) de 1929 que había puesto al país patas para arriba.

Esos cuentos fueron quedando en el olvido (como ocurriera también con Fitzgerald durante un tiempo considerable) hasta que la compiladora Daniel trabajó sobre los archivos del escritor que se conservan en la Universidad de Princeton y con otros aportados por herederos de Fitzgerald, especialmente por parte de Frances, su nieta. Así, el año pasado, se conoció en inglés la primera edición de Moriría por ti y que ahora ha sido vertida a nuestro idioma.

La selección está integrada por dieciocho textos, en su casi totalidad escritos en la década de 1930. Los textos (hablo de textos y no de cuentos porque no todos lo son) están acompañados por amplia (y ejemplar) información adicional, tanto referidos al “momento” de su hechura como sobre datos históricos y similares que ayudan a una mejor comprensión de cada uno de ellos.

La selección es tan interesante como irregular. Y lo es porque junto con cuentos que conservan su valor, se presentan otros que, o bien Fiztgerald sólo alcanzó a esbozar, o son intentos de guiones de cine que no llegaron a convencer a Hollywood.

Los textos que más se destacan

Pero, aclaración, aunque estos textos no resultan tan fundamentales como sus mejores relatos, hay varios que mantienen vigencia, como “El pagaré”, escrito en su época de esplendor, pero rechazado porque “le tomaba el pelo” a la industria editorial.

Dos relatos que se inician de manera similar, pero tienen distintos desarrollos, refieren a la Guerra de Secesión norteamericana y a una feroz tortura de la época, que consistía en colgar de los pulgares a los vencidos.

“Moriría por ti”, el cuento que da título a la antología, es muy interesante y los reiterados rechazos se debieron, como le dijo su agente a Fitzgerald, porque “la amenaza de suicidio lo recorre de principio a fin”. El autor, que utilizó elementos autobiográficos para esta ficción, entre ellos su propio intento de autoinmolación, se negó a quitar el tema de esta un tanto extensa historia, “aligerada” por un soterrado tono de comedia que no elude la gravedad del tema.

“Gracie a bordo” fue un intento de guion de cine, en el que mucho trabajó el escritor, ofrecido a una famosa pareja de cómicos de la época. La presunta película que nunca cuajó, buscaba repetir el éxito de las llamadas comedias alocadas (screwball comedy), muy de moda en el cine de Hollywood de esos años.

Un cuento breve, excepcional, se destaca: se titula “Gracias por la luz” y en él habla de una agotada mujer, viajante de comercio, que por distintas circunstancias termina refugiándose en una iglesia, católica, para descansar y fumar. De una manera cuidadosa, Fitzgerald acerca al personaje a un acto (presumiblemente) milagroso. El católico autor expresa su fe en este relato que no terminó de interesar a The New Yorker que lo rechazó en 1936. Y publicó, con gran repercusión, …en 2012.

Como indiqué, hay mucho dato autobiográfico escondido en los relatos, como bien señala la compiladora: “Su propia vida está mezclada en estos cuentos, transformada por su imaginación”. Como ocurre en la fantasiosa “Pesadilla” (1932) que transcurre, y no por casualidad, en una institución psiquiátrica.

Algunos cuentos son, en realidad, esbozos, pero más allá de esa circunstancia resultan todos ellos patéticas muestras de cuanto intentó Fitzgerald para reposicionarse en un mundo que le era indiferente, mientras él necesitaba dinero para pagar las caras internaciones de Zelda y, también, para reencontrarse. Algo que no pudo conseguir mientras era vencido por el alcohol, la enfermedad y, por fin, la muerte.

Redford como
Gatsby (1974)
El otro rescate: Trimalción

En el prólogo, recuerda Juan Forn que, según Petronio, existió en tiempos de Nerón un esclavo llamado Trimalción que fue liberado por su amo debido a que sabía dar buenos consejos para los negocios. Ya liberto, el personaje se enriqueció y ofreció un banquete, que se volvió bacanal hasta que los invitados, envidiosos, rompieron, quemaron todo y al final dieron muerte al propio Trimalción.

Basándose en esa leyenda, Fitzgerald concibió lo que sería su novela más famosa: El gran Gatsby, historia breve, intensa e inolvidable que escribió en 1922 en la Riviera Francesa, en la que se había refugiado con Zelda y su hija Scottie, de apenas un año de edad. Decidió llamarla Trimalción, porque en efecto contaba la historia de un arribista que se enamora de quien no debe y termina muerto a traición.

Pero su editor, Maxwell Perkins, le aconseja revisar la historia, acordarle otro título y, esto sería fundamental, ir descubriendo la vida de quien sería llamado el Gran Gatsby a lo largo de la novela y no, como ocurría en la primera versión, en la que “contaba todo” lo concerniente al oscuro personaje central en el penúltimo de sus capítulos.

La idea de Perkins prevaleció. Fiztgerald dosificó esa información, introdujo algunos otros cambios y en 1925 se conoció la versión definitiva de la historia que no impactó como el autor hubiera querido, pero que fue varias veces llevada al cine y (recuperada por Edmund Wilson durante la Segunda Guerra Mundial) ha sido de sus creaciones la que más perduró (Rodrigo Fresán comentó que este relato sigue recaudando, al día de hoy, quinientos mil dólares anuales en regalías).

Pero la novela “primitiva” estuvo a punto de llegar a las librerías, puesto que en el año 2000 la editorial de la Universidad de Cambridge, que ha publicado las obras completas del narrador, pudo recuperarla y editarla a partir de galeradas (es decir pruebas de imprenta que anteceden a una edición) descubiertas por un profesor de otra casa de estudios.

¿Hay muchas diferencias entre Trimalción y El gran Gatsby? En realidad, no. La diferencia central la señala Forn, quien considera que de la manera como Fitzgerald concibió inicialmente la historia, es decir reservándose el secreto de Gatsby hasta casi el final, le da más fuerza y entidad a esta historia que, en cualquiera de las dos versiones, conserva toda su potencia, todas sus virtudes. Todo el fuego fatuo del esplendor efímero, todo el dolor del amor no correspondido. La totalidad de su riqueza literaria.

Di Caprio como
Gatsby (2013)
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