domingo, 10 de junio de 2018

Falleció Ángel Balzarino. Adiós al amigo


Falleció Ángel Balzarino. Murió un consecuente escritor. Una persona de excepción. Un amigo de mi esposa Zulema, de mis hijos Pablo y Gerardo. De gran parte de mi vida adulta. Murió hoy, en la ciudad de Rafaela y la noticia nos ha conmocionado a quienes lo hemos conocido y estimado, no sólo en su ciudad o en la provincia de Santa Fe, sino en distintos lugares del país, donde obra y persona eran tamblén conocidas y valoradas.

Escribo estas líneas con pesadumbre, porque ha fallecido una de las personas con las que he mantenido un diálogo muy fraterno, a lo largo de las décadas. Lo hago no para que se conozca mi pesar (contar la intimidad de las personas de manera pública y sostenida como hoy se lo hace me provoca resistencia, cuando no fuerte rechazo) sino para hacerles saber a quienes leen este blog que se ha muerto un escritor infrecuente. Que se ha muerto un hombre bueno, leal, que bien mereció llevar el nombre que le pusieron sus padres.

Ángel, afectado por la poliomielitis cuando era niño, debió desplazarse casi toda su vida en silla de ruedas y luchó con verdadera valentía contra esa adversidad y muchas más. Lo hizo siempre con inusitado y contagioso optimismo y con un increíble sentido del humor, que lo llevaba a sonreír, y hasta reír, de los males que lo acompañaban. Él, que tanto tenía para quejarse, se afirmaba estoicamente en su personalidad y daba aliento a los demás. Ocurrió así durante años. Su casa de la calle Oliber, y su teléfono, eran los lugares donde sus amigos encontraban las palabras de aliento que necesitaban.

Por suerte para él, y por suerte para sus múltiples lectores, desde joven llegó la literatura para acompañarlo, sostenerlo, darle un sentido a su existencia. Lector fervoroso (la Biblioteca Sarmiento, de Rafaela, fue casi su segundo hogar), tuvo en William Faulkner y en Borges a sus mentores, sus guías literarios. Escribió desde siempre. Premios y ediciones lo acompañaron para consolidarlo como un escritor importante. El “Alcides Greca”, acordado pocos años atrás por Cultura e Innovación de la provincia llegó para confirmar lo que sabíamos: que Ángel escribió novelas y relatos en los que vale la pena detenerse. Que son difíciles de olvidar.

La vida es inexorable, lo sabemos, lo sé. Pero duele contar estas cosas. Duele despedirse de él.

Con motivo del fallecimiento de Ángel, he recibido múltiples comunicaciones y expresiones de condolencia, que se manifestaron por cierto en Rafaela, tanto durante el velatorio de sus restos como en el acto de sepelio. Los medios de comunicación de la referida cabecera departamental dedicaron amplios espacios para recordarlo.


Datos para una biografía

Ángel Balzarino nació en 1943 en Villa Trinidad, provincia de Santa Fe, Argentina, y desde 1956 residió en Rafaela. Publicó trece libros de cuentos: “El hombre que tenía miedo” (1974), “Albertina lo llama, señor Proust” (1979), “La visita del general” (1981), “Las otras manos” (1987), “La casa y el exilio” (1994), “Hombres y hazañas” (1996), “Mariel entre nosotros” (1998), "Antes del primer grito" (2003), “El hombre acechado” (2009), “La sangre para ellos son medallas” (2011), “Timbre a la hora de almorzar” (2013,  “Todos amábamos a Virginia Crespi” (2015) e“Historias de proezas y derrotas" (2017), así como tres novelas: “Cenizas del roble” (1985), “Horizontes en el viento” (1989) y “Territorio de sombra y esplendor” (1997). Varios de sus trabajos figuran en diversas antologías, tanto de Argentina como del exterior, muchos de sus cuentos circulan en Internet y recibió varios premios y distinciones, el último de los cuales fue el “Alcides Greca” 2014, por obra editada (por su libro “La sangre para ellos son medallas”). Fue fundador de ERA (Escritores Rafaelinos Agrupados), entidad que presidió durante varios períodos. Su cuento “Rosa” se encuentra incluido en ediciones de libros para estudiar el castellano, en Estados Unidos.
  
En el blog:





martes, 5 de junio de 2018

Una propuesta de Gerardo Morán

¡Hola! Quiero compartir estas novedades del sitio www.gerardomoran.net




Hace poco comencé a crear estos juegos de mesa. Son juegos de la memoria de 24 piezas laminadas en madera mdf. Estos juegos están pensados y dirigidos para cualquier edad, trabajan la observación, la concentración y la memoria visual.

Todos estos trabajos fueron realizados a partir de imágenes originales. Hasta hoy, los protagonistas son los “Gemelos”, “Perritos”, “Gatitos” y “Monstruos”. El último juego incorporado a la tienda se llama “Feliz Cumple…” donde vos elegís las fichas e incorporás a la portada el nombre de la persona que le vas a regalar el juego y un mensaje personal en el dorso. ¿Dónde viste algo así?

Si conocés a alguien que le puede interesar esta información, por favor, reenvía y compartí este mail.

Abrazo enorme, Gerardo

lunes, 28 de mayo de 2018

"Moriría por ti y otros cuentos perdidos", "Trimalción", de Francis Scott Fitzgerald. Dos valiosos rescates

Diseño: Gerardo Morán

 Los cuentos que nunca llegó a publicar y la primera versión de El gran Gatsby, que han sido ahora rescatados, posibilitan el reencuentro con ese sensible escritor llamado Francis Scott Fitzgerald


Moriría por ti y otros cuentos perdidos (I’Die for You, and Other Lost Stories) Anagrama, Barcelona-Buenos Aires, 2018, 499 páginas (con fotografías e ilustraciones del autor). Edición y prólogo de Anne Margaret Daniel. Traducción de Justo Navarro. En España: 23,90 euros. En Argentina: 595 pesos.
Trimalción (Trimalchio) Tusquets Editores, Buenos Aires, 2018, 218 páginas. Prólogo y traducción de Juan Forn. En Argentina: 289 pesos.
Libros de Francis Scott Fitzgerald.


“En la verdadera noche del alma son siempre las tres de la mañana”, escribió alguna vez Francis Scott Fitzgerald (1896-1940), el autor por antonomasia de la llamada Era del Jazz norteamericana, quien cuando joven se bebió los vientos y que apenas un poco más tarde conoció el rigor del infortunio, cuando en simultáneo perdió popularidad y riqueza, su mujer enloqueció y fue ganado por la enfermedad y el alcohol.

A pesar de haber vivido apenas cuarenta y cuatro años, escribió casi sin solución de continuidad y hasta el final de sus días, pero en la última década de su vida, pese a que lo intentó de múltiples maneras, no pudo recuperar a la legión de lectores que lo habían seguido fielmente en las revistas de época y que produjeron un verdadero boom de ventas al aparecer su primera novela, A este lado del paraíso, cuando el autor no tenía aún veinticuatro años, volviéndose famoso de la noche a la mañana.

Ocurrió que, ya ingresado en la madurez, Fitzgerald (Scott es su segundo nombre, no su apellido) comenzó a cansarse de sus cuentos “fáciles” de jóvenes ricos y conflictuados, historias muy bien narradas, muchas veces volcadas a la comedia, y así se lo explicaba al director del Collier’s (una de las tantas revistas que le dieron popularidad y buenos ingresos): “Desde entonces he escrito cuentos sobre amores juveniles. Los he escrito cada vez con más dificultad y menos sinceridad. Sería un mago o un escritor barato si llevara publicando el mismo producto tres décadas”.

Intentar nuevos caminos le costó el precio de un constante rechazo a sus historias “adultas”, en las que habla de divorcios, suicidios, enfermedades, desempleo, desengaños y familias en conflicto. Demasiado para el orbe de lectores (lectoras, en su mayoría) que buscaban en sus textos cierta tranquilidad que no ofrecía el ambiente de los Estados Unidos ganados, precisamente, por esos mismos problemas luego del famoso y terrible Crack económico (pero también social) de 1929 que había puesto al país patas para arriba.

Esos cuentos fueron quedando en el olvido (como ocurriera también con Fitzgerald durante un tiempo considerable) hasta que la compiladora Daniel trabajó sobre los archivos del escritor que se conservan en la Universidad de Princeton y con otros aportados por herederos de Fitzgerald, especialmente por parte de Frances, su nieta. Así, el año pasado, se conoció en inglés la primera edición de Moriría por ti y que ahora ha sido vertida a nuestro idioma.

La selección está integrada por dieciocho textos, en su casi totalidad escritos en la década de 1930. Los textos (hablo de textos y no de cuentos porque no todos lo son) están acompañados por amplia (y ejemplar) información adicional, tanto referidos al “momento” de su hechura como sobre datos históricos y similares que ayudan a una mejor comprensión de cada uno de ellos.

La selección es tan interesante como irregular. Y lo es porque junto con cuentos que conservan su valor, se presentan otros que, o bien Fiztgerald sólo alcanzó a esbozar, o son intentos de guiones de cine que no llegaron a convencer a Hollywood.

Los textos que más se destacan

Pero, aclaración, aunque estos textos no resultan tan fundamentales como sus mejores relatos, hay varios que mantienen vigencia, como “El pagaré”, escrito en su época de esplendor, pero rechazado porque “le tomaba el pelo” a la industria editorial.

Dos relatos que se inician de manera similar, pero tienen distintos desarrollos, refieren a la Guerra de Secesión norteamericana y a una feroz tortura de la época, que consistía en colgar de los pulgares a los vencidos.

“Moriría por ti”, el cuento que da título a la antología, es muy interesante y los reiterados rechazos se debieron, como le dijo su agente a Fitzgerald, porque “la amenaza de suicidio lo recorre de principio a fin”. El autor, que utilizó elementos autobiográficos para esta ficción, entre ellos su propio intento de autoinmolación, se negó a quitar el tema de esta un tanto extensa historia, “aligerada” por un soterrado tono de comedia que no elude la gravedad del tema.

“Gracie a bordo” fue un intento de guion de cine, en el que mucho trabajó el escritor, ofrecido a una famosa pareja de cómicos de la época. La presunta película que nunca cuajó, buscaba repetir el éxito de las llamadas comedias alocadas (screwball comedy), muy de moda en el cine de Hollywood de esos años.

Un cuento breve, excepcional, se destaca: se titula “Gracias por la luz” y en él habla de una agotada mujer, viajante de comercio, que por distintas circunstancias termina refugiándose en una iglesia, católica, para descansar y fumar. De una manera cuidadosa, Fitzgerald acerca al personaje a un acto (presumiblemente) milagroso. El católico autor expresa su fe en este relato que no terminó de interesar a The New Yorker que lo rechazó en 1936. Y publicó, con gran repercusión, …en 2012.

Como indiqué, hay mucho dato autobiográfico escondido en los relatos, como bien señala la compiladora: “Su propia vida está mezclada en estos cuentos, transformada por su imaginación”. Como ocurre en la fantasiosa “Pesadilla” (1932) que transcurre, y no por casualidad, en una institución psiquiátrica.

Algunos cuentos son, en realidad, esbozos, pero más allá de esa circunstancia resultan todos ellos patéticas muestras de cuanto intentó Fitzgerald para reposicionarse en un mundo que le era indiferente, mientras él necesitaba dinero para pagar las caras internaciones de Zelda y, también, para reencontrarse. Algo que no pudo conseguir mientras era vencido por el alcohol, la enfermedad y, por fin, la muerte.

Redford como
Gatsby (1974)
El otro rescate: Trimalción

En el prólogo, recuerda Juan Forn que, según Petronio, existió en tiempos de Nerón un esclavo llamado Trimalción que fue liberado por su amo debido a que sabía dar buenos consejos para los negocios. Ya liberto, el personaje se enriqueció y ofreció un banquete, que se volvió bacanal hasta que los invitados, envidiosos, rompieron, quemaron todo y al final dieron muerte al propio Trimalción.

Basándose en esa leyenda, Fitzgerald concibió lo que sería su novela más famosa: El gran Gatsby, historia breve, intensa e inolvidable que escribió en 1922 en la Riviera Francesa, en la que se había refugiado con Zelda y su hija Scottie, de apenas un año de edad. Decidió llamarla Trimalción, porque en efecto contaba la historia de un arribista que se enamora de quien no debe y termina muerto a traición.

Pero su editor, Maxwell Perkins, le aconseja revisar la historia, acordarle otro título y, esto sería fundamental, ir descubriendo la vida de quien sería llamado el Gran Gatsby a lo largo de la novela y no, como ocurría en la primera versión, en la que “contaba todo” lo concerniente al oscuro personaje central en el penúltimo de sus capítulos.

La idea de Perkins prevaleció. Fiztgerald dosificó esa información, introdujo algunos otros cambios y en 1925 se conoció la versión definitiva de la historia que no impactó como el autor hubiera querido, pero que fue varias veces llevada al cine y (recuperada por Edmund Wilson durante la Segunda Guerra Mundial) ha sido de sus creaciones la que más perduró (Rodrigo Fresán comentó que este relato sigue recaudando, al día de hoy, quinientos mil dólares anuales en regalías).

Pero la novela “primitiva” estuvo a punto de llegar a las librerías, puesto que en el año 2000 la editorial de la Universidad de Cambridge, que ha publicado las obras completas del narrador, pudo recuperarla y editarla a partir de galeradas (es decir pruebas de imprenta que anteceden a una edición) descubiertas por un profesor de otra casa de estudios.

¿Hay muchas diferencias entre Trimalción y El gran Gatsby? En realidad, no. La diferencia central la señala Forn, quien considera que de la manera como Fitzgerald concibió inicialmente la historia, es decir reservándose el secreto de Gatsby hasta casi el final, le da más fuerza y entidad a esta historia que, en cualquiera de las dos versiones, conserva toda su potencia, todas sus virtudes. Todo el fuego fatuo del esplendor efímero, todo el dolor del amor no correspondido. La totalidad de su riqueza literaria.

Di Caprio como
Gatsby (2013)
En el blog:

sábado, 19 de mayo de 2018

"Seis historias grises" de José Gabriel Ceballos. Esa grisura donde no reina lo espectacular. Diálogo con el autor

Diseño: Gerardo Morán
Regresa el autor correntino con sólidos relatos protagonizados por hombres maduros quienes, de una u otra manera, se enfrentan con esos espejos que obligan a quitarse las máscaras y enfrentarse a íntimas verdades

Seis historias grises, de José Gabriel Ceballos
Moglia Ediciones, Colección Ojo Lector, Corrientes, 2018, 253 páginas.
En Argentina: 340 pesos. 

En una reciente entrevista, el autor definió a estas historias como relatos que “se esconden en esa zona de la vida donde parece que nunca pasa nada, esa grisura donde no reina lo espectacular pero que, a veces, nos revela tragedias profundas”.

Ceballos, excelente cuentista, ha vuelto al libro con estas ficciones que eluden todo humor (rasgo distintivo de no pocos de sus textos) para hablarnos de la extrema soledad de sus distintos protagonistas. “La literatura está para capturar retazos de vida”, comenta en el diálogo que transcribo al final de esta nota.

“Domingo con Lagarto en Avenida Costanera” (“El texto del Lagarto tiene más de treinta años”), sumerge al lector en el tiempo inmediatamente posterior al período de la tétrica dictadura de 1976-1983 y nos habla de un personaje siniestro que deberá enfrentarse al mismo mundo oprobioso que contribuyó a cimentar.

“Paterfamilias” (“Quise homenajear a la paternidad, un rol que llevo arraigado al extremo de la obsesión”) fue escrito hace más o menos una década y habla de la más que compleja relación que se establece entre el abogado Carlos Santillana y su vecino de pueblo, Arcieri, con mujer enferma e hija discapacitada. Santillana, divorciado, regresa al pueblo dejado atrás hacía varios años, que visita en forma periódica. Y durante ese regreso recibe una inesperada propuesta.

“La venganza” (lo ocurrido, cuenta el autor, “le sucedió, o casi, a un amigo mío”) habla de un enfermo grave, el doctor Feiges, que pese a ello deja el sanatorio para tomarse (en un contexto erótico) un desquite determinado, del que por supuesto nada se puede contar.

“Entrevistas con Julián Garcés”, cuento que tiene “un aire de experimento formal”, es un relato extenso que muestra confrontando a un escritor, consagrado y ya anciano, con dos jóvenes periodistas, audaces y contestatarios, Un secreto descubierto por los jóvenes obliga a Garcés a “mirarse” en el espejo, poco grato, de su pasado.

“Eros no se rinde” es un sensible homenaje a su amigo, el filósofo Eduardo Fracchia, escrito a comienzos de este siglo y poco después del fallecimiento del pensador chaqueño: “Cuando se muere un amigo muy querido, enseguida quiero meterlo en un texto, como personaje, para que siga viviendo allí”.

“Lazo de muerte” también refiere a los años de plomo, en este caso a partir del reencuentro (muchos años más tarde) de dos ex integrantes de grupos armados, un hombre y una mujer, que le sirve a quien narra para dilucidar un hecho fundamental de su vida, ocurrido en su confundida juventud.

Un espacio desangelado

Avenida costanera, Corrientes
Es acertado denominar “historias grises” a estas narraciones, en cuanto a que se trata de las vidas de seis personajes afectados por la soledad, por un espacio que -aunque la palabra sea trillada- me animo a llamar desangelado, porque carecen de aquello que tanto necesita el humano: el acompañamiento del otro y, también, de cierta dosis de esperanza.

El “homenaje” a Fracchia se ubica al margen de estas consideraciones, porque “Eros no se rinde” escapa a las reglas habituales del cuento. Aunque es obvio que si se desliza la tristeza respecto del amigo perdido y de los valores que entrañaban su forma de entender la vida y de actuar en consecuencia.

Aquellos que me resultaron los textos fundamentales de la serie (sin desmerecer a “La venganza”) son “Paterfamilias”, “Entrevistas con Julián Garcés” y “Lazos de muerte”. Y lo son por su complejidad, la serie de situaciones que se van planteando en cada una de esas historias.

En “Paterfamilias”, el estricto abogado Santillana para dilucidar lo que interpreta es un misterio que atañe a su vecino, adopta actitudes extrañas. Su conducta se modifica, bajan sus defensas y esos cambios inusitados lo muestran (al parecer) predispuesto a aceptar una inusitada propuesta.

Las idas y vueltas en el “interrogatorio” al que someten los jóvenes contestatarios al consagrado autor Garcés lo enfrentan con verdades que remiten a su pasado y que, también, refieren a lo “oculto” de su reconocida obra.

Por fin, el constante “salto” entre el pasado y el presente de los protagonistas de “Lazos de muerte”, habla de dos realidades muy diferentes, del inexorable paso del tiempo y de aquello que ocurre también: los cambios objetivos que se han producido en esas personas. Importa, en este caso, la rica recreación del pasado que practica Ceballos y la “intimidad” que pinta de algunos jóvenes militantes de los ’70 del siglo pasado. Además de tratarse de una compleja historia de amor, marcada por el deseo, pero también por la desconfianza mutua.

Tales los relatos del presente libro que, como suele ocurrir con las ficciones de Ceballos, no permiten la indiferencia y, por el contrario, convocan a la lectura. Porque siempre vale la pena leer a, como ha dicho Gustavo Sánchez Mariño, “este escritor consagrado que nunca deja de sorprendernos”.

Con el autor, en Santa Fe
Entrevista: “Ser cada vez más cuidadoso”

-Con Seis historias grises alcanzaste un número infrecuente de publicaciones entre autores que no viven ni son publicados en la Capital Federal. ¿Qué reflexión te merece el hecho?

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-Sí, publiqué bastante, aunque los primeros libros fueron ediciones de autor, de pocas páginas y tiradas muy chicas, que no salieron de mi región, el litoral. Por otra parte, publicar bastante me sirvió para ejercitar la autocrítica como ningún otro medio práctico. Darse cuenta de que uno publicó una porquería, algo que ya no podés remediar, te produce dolores de conciencia invencibles, que te obligan a ser más cuidadoso con lo que vas a llevar al libro en el futuro, cada vez más cuidadoso.

-Tu obra ha ido de un cierto “costumbrismo” plasmado a partir de la ironía (pero evitando el sarcasmo o la burla) hasta explorar nuevas zonas o temas, entre ellos el erotismo y esto que también suelen acusar tus textos: la presencia de la extrema soledad vivida por diversos personajes. Si estás de acuerdo con esos conceptos ¿qué otras reflexiones merecen tus trabajos vistos desde una perspectiva totalizadora?

-Lo más abarcador que se me ocurre es que la literatura está para capturar retazos de vida y ésta se compone de una heterogeneidad de elementos infinita, de modo que al escribir uno atrapa de todo, lo que puede. Como una red: un pescador no va eligiendo lo que caerá en su red.

-¿Cómo fuiste gestando tu libro? ¿Podrías referirte a cada cuento en particular?

-Son textos que surgieron en etapas muy distintas, espaciadas. Quise reunir algunas de esas historias que transcurren como detrás de un telón, ocultas hasta lo invisible, y que ni bien alzás el telón te revelan una profundidad insospechada. El texto del Lagarto tiene no menos de treinta años. El de los paterfamilias, unos diez. Ahí quise homenajear a la paternidad, un rol que llevo arraigado al extremo de la obsesión.  “Lazo de muerte” está tomado de mi adolescencia militante, en los 70 y en el pueblito, también un texto viejo. El del escritor Julián Garcés es el más joven. Ese aire de experimento formal surge de las ganas de jugar con la escritura que me asaltaron después de un pozo depresivo muy feo, una larga sequía. Bueno, la del médico devenido en asesino potencial le sucedió, o casi, a un amigo mío.

-“Eros no se rinde”, es uno de los cuentos del libro en el que rendís homenaje a tu amigo, el fallecido filósofo chaqueño Eduardo Fracchia. ¿Qué podés decir sobre él y por qué escribiste este relato?

-También lo escribí hace un buen tiempo. Digamos, allá por el 2000, poco después de la muerte de Fracchia. Hice algo así con otros amigos. Cuando se muere un amigo muy querido, enseguida quiero meterlo en un texto, como personaje, para que siga viviendo allí. Con Fracchia mi relación no fue prolongada pero sí muy intensa. Él desde la filosofía y yo desde la ficción nos poníamos a entrecruzar ideas y surgían cosas como ese cuento. En realidad, no es un cuento, es un proyecto de cuento montado sobre un cuento nunca escrito. Pero refleja muy bien el trato que tuve con Fracchia.

-La mítica población de Buenavista fue el sitio de partida de tu producción narrativa. En ella se desarrollaron múltiples historias que tus lectores hemos leído con sostenido interés. Sin embargo, desde hace tiempo Buenavista quedó atrás y has avanzado hacia otros temas, que es decir tomaste otros rumbos. ¿Cuáles son o serían ellos en la actualidad?

-Buenavista sigue apareciendo, aunque ya muy de cuando en cuando. Entre los tres libros inéditos que tengo armados, hay uno de un matiz erótico y con tres o cuatro textos de atmósfera aldeana. Pero no voy a permitir que Buenavista me agarre de nuevo del cogote, entonces me niego a planear un libro específicamente buenavistense. Y el rumbo actual es el que venga. Lo que dije sobre la red y la pesca.

-¿Estás trabajando en algún nuevo proyecto literario? Si es así, ¿podrías contar sobre él?

-Una novela en andadura, por las 150 páginas, un gran metejón. Tiene que ver con una masacre que ocurrió en Misiones en los años treinta. Y corrigiendo y reescribiendo lo que ya viene de antes.
  
En el blog:



Video: José Gabriel Ceballos lee “Domingo con Lagarto en Avenida Costanera”. Lectura realizada en la sede de APA (Artistas Premiados Argentinos), de la ciudad de Buenos Aires, el 06.04.18, subido a YouTube el 15.4.18. Duración: 14,52 minutos. 

domingo, 6 de mayo de 2018

Lecturas. Saer: "A medio borrar"; Hemingway: "En nuestro tiempo"; De Santis: "Leyra"; Luna Almeida: "Marinka"


A medio borrar, de Juan José Saer. El autor argentino fallecido en 2005 elaboró a lo largo de casi cincuenta años una sólida obra narrativa (muy ligada a la lírica) que el paso del tiempo no ha hecho más que consolidar. Obra que, vista en perspectiva, puede ser dividida en dos partes: la que construyó en Argentina (en la ciudad de Santa Fe), constituida por seis de sus libros (tres novelas y otros tantos volúmenes de cuentos) y la que prosiguió en Francia, donde se radicó en 1968, lugar desde el cual fue ampliando y complejizando su perspectiva como escritor.
El libro aquí comentado fue preparado el año pasado en Santa Fe, en ocasión de realizarse un extenso homenaje a Saer al cumplirse el octogésimo aniversario de su nacimiento, y ahora lo ha reeditado Seix Barral para una mayor difusión. Se trata de una meritoria antología de textos que, en su mayoría, se corresponden con esa primera etapa de la obra saeriana, que se caracterizó desde el vamos por su rica paleta expresiva. Prueba de ello es el cuento “Palo y hueso”, que da título al libro del mismo nombre, de 1968. Historia que transcurre en zona de islas, próximas a Santa Fe, que va de la tragedia a la comedia y que Saer logró narrar superando los lugares comunes. En ella la incidencia del paisaje y de las costumbres lugareñas son fundamentales y a todo eso el autor supo plasmarlo con mucho acierto. El “adicional” para señalar es que escribió este cuento, muy representativo de su obra, cuando tenía veintitrés años.
El segundo texto a destacar es el que da título al volumen, publicado en La mayor (1976), nouvelle de unas cincuenta páginas de extensión y sin puntos y aparte. En ella aparecen los principales personajes que “informan” a la obra central de Saer, tales como Tomatis, el Gato y Pichón Garay, Washington y varios más. Transcurre entre Santa Fe y zonas aledañas (Rincón, Colastiné) en los años ’60 del siglo pasado y en el momento en que se registra una gran inundación del Paraná y sus afluentes, época en la que había escasas defensas para contener las aguas. Un texto de gran riqueza que se suma al breve, pero exhaustivo, y hasta didáctico, prólogo de Martín Prieto. Todo lo cual vuelve recomendable este volumen, especialmente para quienes no conozcan, o conozcan poco, la obra del autor argentino. (Seix Barral, 2018, 257 páginas. Antología preparada por Paulo Ricci y Martín Prieto. Prólogo de Martín Prieto. En Argentina: 215 pesos).

En el blog: Comentario sobre Cuentos completos; datos biográficos del autor: video: entrevista

Video: “La Palabra”, Capítulo 2, Temporada 1, del canal Encuentro. Subido a Youtube el 4.4.14. Duración: 27,55 minutos.



En nuestro tiempo, de Ernest Hemingway. In Our Time fue publicado en 1925, cuando el autor tenía veintiséis años. Se lo presenta como su primer libro, aunque en rigor se trata del segundo porque dos años antes había aparecido Tres relatos y diez poemas. El ahora publicado es un pequeño gran volumen constituido por relatos y viñetas (estas últimas referidas a episodios de la Primera Guerra Mundial, por una parte, y al toreo, por la restante). Varios de los cuentos son protagonizados por Nick Adams, alter ego del autor y personaje principal de algunas de sus primeras ficciones.
El título guarda su simbolismo, porque Hemingway lo tomó de una oración popular que expresa “Danos la paz en nuestro tiempo, oh Señor" y enlaza con varias de las vivencias de Nick, veterano de la Primera Guerra que ha vuelto afectado emocional y físicamente del frente de batalla (de ahí las viñetas sobre la guerra). Es singular en ese sentido “Río de dos corazones”, narración dividida en dos partes que muestra a Adams pescando y viviendo en campamento en absoluta soledad, en una suerte de abstracción total (digamos: ajeno al mundo), sólo atento al “acontecimiento” del presente, arriesgando todo el tiempo su vida porque se encuentra en un lugar peligroso, próximo a un pantano. Como se ve, ya desde sus inicios, Hemingway fue fiel a su principio de la teoría del iceberg, es decir relatar lo menos posible para decir lo más a partir de mínimas sugerencias.  Al respecto, cabe recordar que el autor de Adiós a las armas hizo suya la premisa del periódico Kansas City Star, su primer lugar de trabajo, que señalaba: “Utilice frases cortas. Utilice primeros párrafos cortos. Use un lenguaje vigoroso. Sea positivo, no negativo”. Y, habría que agregar en el caso de Hemingway, sea siempre elíptico, que el lector complete lo que falta con su imaginación, con sus deducciones. El excelente cuento “Campamento indio”, con Nick Adams niño, es ejemplar en ese sentido. El prólogo de Ricardo Piglia, escrito poco antes de su muerte, enriquece el volumen así como la sutil traducción del maestro Costa Picazo, Debe ponderarse este imprescindible rescate. (Lumen, 2018, 189 páginas. Traducción de Rolando Costa Picazo. Prólogo de Ricardo Piglia. En Argentina: 329 pesos).

Leyra, de Pablo De Santis. El argentino Pablo De Santis escribe tanto para el público juvenil como para el adulto y en ambos casos lo hace con solvencia. Vuelve a demostrarlo con la presente novela destinada a los jóvenes que transcurre en un instituto educativo al que llega Leyra, adolescente pobre que arriba a un ámbito desconocido, “habitado” por muchachas ricas y consentidas.
Con buen manejo del tempo narrativo, el autor de El enigma de París cuenta una historia de suspenso que roza el terror y logra mantener el interés respecto de los secretos del Instituto Témpore, donde se desarrollan los principales acontecimientos y en el que Leyra intenta dilucidar lo que de verdad ocurre detrás de las apariencias. De Santis juega con el humor (soterrado) y con los estereotipos propios de esta clase de relatos. Así, contrasta el mundo de bondad y casi de ingenuidad en el que viven abuela y nieta (Leyra) con la frialdad y hasta la maldad que anidan en el instituto, lugar en el que reina la directora del establecimiento, Lamarr, y en el que la protagonista irá madurando a base de duras experiencias. La habilidad que tiene para el dibujo será su gran aliada que le permitirá ir superando obstáculos y hasta enfrentar a su enemiga declarada, la alumna Bastiana, encarnación del Mal.
Con tales elementos y su habitual destreza narrativa, el escritor argentino entrega una ágil (y leve) historia entretenida hasta el final. (Loqueleo, 2018, 216 páginas. En Argentina: 230 pesos).

Marinka, de Rodolfo Luna Almeida. La guerra, se sabe bien, es una sucesión de desastres y deja tras de sí secuelas difíciles de superar. El argentino Rodolfo Luna Almeida cuenta en este libro las peripecias sufridas por Marina González, una niña vasca que en plena guerra civil española es trasladada a la entonces Unión Soviética. El traslado de los llamados “niños de la guerra” fue dispuesto por el gobierno republicano de España cuando las tropas franquistas iban imponiéndose en la contienda y Stalin se manifestaba dispuesto a recibirlos de la mejor manera.
No bien llegada a tierras soviéticas, la niña vasca se transformó en Marinka y debió vivir múltiples peripecias en el país desconocido, donde al comienzo tanto ella como los restantes pequeños arribados de España fueron recibidos con extrema consideración, pero a poco de estallado el conflicto entre la URSS y Alemania las condiciones de vida variaron sustancialmente, que incluyeron injusticias y sufrimientos constantes. De a poco, Marinka fue adoptando usos y costumbres del país que le dio refugio, aunque sin olvidar ni tierra natal ni familia. Pasados los años llegó a ser la mejor tornera del país socialista y también allí conoció el amor de Juanillo, así como el dolor, porque su primer marido murió a poco de haberse casado.
El regreso a España en 1956, casi veinte años más tarde de haber dejado su patria, las penurias de volver a vivir en un país regido con mano de hierro por Franco y que desconfía de “los niños de la guerra”, las dificultades de Marina/Marinka para adaptarse a los cambios, son recuperados por Luna Almeida en su biografía, que concluye cuando la protagonista decide dejar atrás España para reunirse con su hermano Félix, que se había radicado en  la Argentina, este país que a lo largo de su historia ha recogido a millones de refugiados y que ha dado cobijo también a Marina, mujer que hoy mismo sigue contando su infrecuente historia personal, cargada de peripecias, a quien quiera escucharla. (Planeta, 2017, 229 páginas. En Argentina: 330 pesos. En España: 11,99 euros).

lunes, 23 de abril de 2018

"Entre ellos", de Richard Ford..Sensibles retratos de sus padres

Aunque no con la riqueza de sus ficciones, el nuevo libro del autor norteamericano entrega a sus lectores una sensible aproximación a las figuras de sus padres y a la rica y compleja relación que mantuvo con ambos

Entre ellos (Between Them. Remembering My Parents), de Richard Ford
Anagrama, Barcelona-Buenos Aires, 2018, 162 páginas.
Traducción de Jesús Zulaika.
En España: 16,05 euros. En Argentina: 325 pesos.


“He vivido más años de los que vivieron mi padre o mi madre. Hoy no hay prácticamente nadie que los haya conocido. Y yo soy, por ello, la única persona que conoce estas cosas y puedo preservar estas memorias”, escribe el norteamericano Richard Ford en Entre ellos, su más reciente trabajo. En páginas sensibles y de elaborada prosa. rescata las figuras de su padre y su madre y, también, termina entregando un retrato sesgado del país que alguna vez fue.

No es intención del autor de El periodista deportivo exagerar la nota, ofreciendo retratos idealizados de sus progenitores o de sí mismo cuando niño, adolescente o joven, sino de presentarlos como fueron, o como recuerda que fueron, es decir con virtudes y defectos. Seres humanos, en definitiva.

En rigor, no estamos ante un libro enteramente nuevo, porque el “retrato” de Edna Akin, su madre, fue escrito por Ford muchos años atrás. En cambio,  el de su padre, Parker Ford, es reciente y se evidencia como un texto más pulido y esencial, prueba -podría decirse- de que los treinta años que separan ambos textos hablan del notorio crecimiento del escritor, de su claro dominio del oficio literario.

“El pasado es un país extranjero: allí se hacen las cosas de otra manera" escribió L.P. Hartley. Son palabras que podría repetir Richard Ford porque, en efecto, sus padres vivieron en un país diferente, con otras opciones de vida, con valores distintos a los de su hijo. Un pasado visto como si fuera una colección de fotos en sepia, de películas de comienzos del cine sonoro, aunque, por cierto, sólo cabe creerle a Richard, único responsable de lo que presuntamente hoy nos dicen o callan quienes fueron, porque no son otra cosa que fantasmas que únicamente hablan a través de él: “Imagínenlo. Tendrán que imaginarlo, porque no hay otra forma de hacerlo”.

¿Y qué nos dicen esos “ellos”? Que vivieron en un país de blancos protestantes profundamente racistas, convencidos de la supremacía de su nación sobre las restantes, un orbe machista y autosuficiente que permitía percibir la posibilidad de volver realidad el sempiterno American Dream.

Nada nuevo bajo el sol, y mucho más en estos días marcados por Donald Trump, pero más ingenuo, si se quiere, ligado a los sueños que proveía el Hollywood de los años dorados.

Parker era el “proveedor”, el padre de familia que, proveniente del campo, se inicia como empleado de una cadena de comestibles y más tarde pasa a otra, similar, donde se produce un asalto, a él lo golpean y, sin aclararle nada, sus patrones terminan despidiéndolo.

Pero, al poco tiempo se repone y comienza a trabajar como viajante de una empresa que vende almidón para lavanderías. A partir de ese momento, 1938, y hasta su deceso en 1960 seguirá atado a ese trabajo que le permite recorrer una y otra vez siete estados del sur de los Estados Unidos, en los que todavía “flota” la Confederación y, también, la utopía -violenta y reaccionaria- del Far West.

Parker, Richard y Edna
Los padres. El hijo. Sus padres se conocieron en plena Depresión, “un poco antes de 1938”, cuando faltaban el dinero y las oportunidades laborales, aunque (ella de diecisiete años, él de veinticuatro) no encontraron reparos en casarse pese a las estrecheces económicas. Decidieron andar por esos polvorientos, muchas veces desolados/desoladores, caminos del Profundo Sur norteamericano, viviendo en hoteles baratos, en casas ajenas, allí donde los sorprendiera la noche, sin grandes planes, pero, afirma su hijo, con profundo afecto mutuo.

Ese mundo, que les hacía vivir en una suerte de presente continuo, se quiebra cuando -quince años después casarse- Edna queda embarazada de Richard: “Pero entonces, para sorpresa de todos, mi madre quedó encinta en el verano de 1943. Y cambió el curso de todo”.
          
Los padres estaban acostumbrados a vivir “entre ellos”, sin que hubiera lugar para un tercero. Sin embargo, el hijo llegó, no habría que decir de sorpresa, pero sí que cuando tanto Edna como Parker ya no se lo esperaban porque, aunque desde siempre habían querido tener descendencia, durante esos quince años no lo consiguieron.

Se vieron entonces obligados a dejar de lado su nomadismo, afincándose en un lugar determinado, aceptando así que la presencia del nuevo miembro de la familia había “cambiado el curso de todo”.  Pese a cuanto se pudiera pensar, Richard fue aceptado con amor y ese amor de padres lo acompañó a lo largo de su vida. Fue un hijo único muy querido, aunque supo que había un mundo/otro integrado por sus padres al que nunca tuvo acceso, ese mundo de “entre ellos”, lo cual nunca fue un obstáculo para comprenderlos y amarlos. Y es por ese mismo amor recibido que escribió este libro.

“Ser un hijo tardío es un lujo, con independencia de cualquier consideración, pues ambas cosas te invitan a conjeturar a solas sobre el tiempo que fue antes”, afirma.

Conjeturas que en el libro aparecen como preguntas para las que, por supuesto, no hay respuestas. Ford, en todo caso, se limita a formularlas, porque todo el libro es una sucesión de hechos que pudo comprobar y no se adentra en supuestos, nada hay imaginario acá, aunque el libro sea en definitiva, un texto literario.

A ello mucho contribuye su estilo, que ha ido acentuándose, puliéndose, en cuanto a ascetismo narrativo, diciendo sólo lo indispensable, contando con una rigurosidad extrema, estilo que le permite “contener” o evitar los desbordes emocionales. 

Parker, por su trabajo como viajante, fue un padre ausente de lunes a viernes, durante años, hasta que se enfermó y, luego de diversos ataques al corazón, terminó muriéndose frente a mujer e hijo, quienes intentaron vanamente auxiliarlo. Richard tenía dieciséis años cuando vivió esa experiencia dolorosa, íntima, terrible, puesto que trató de hacerle respiración boca a boca -sin saber exactamente cómo proceder- en un episodio que lo debe seguir acompañando hasta hoy.

Edna falleció mucho tiempo después, cuando Ford empezaba a ser reconocido como escritor, aunque ella se preocupaba porque su hijo no tenía un empleo estable. Fue una relación que tuvo sus dificultades y que no terminó como el autor hubiese querido: cuando Edna insinuó la posibilidad de la convivencia, Richard le contestó de una manera ambigua, también impensada, que ella interpretó como una negativa. “Es una frase que desearía no haber dicho nunca”, confesó varios años después.

 “Las ausencias parecen cercarlo todo y entrometerse en todo. Aunque, al reconocerlo, no puedo permitir que ello sea una pérdida, ni un hecho que lamento, puesto que es solo la vida: otra verdad perdurable en la que debemos reparar”.

Richard y Edna
La segunda parte de este libro ya había sido publicada con el título de Mi madre, in memoriam, parte del libro Vintag Ford, selección de textos del autor aparecido en inglés en 2004. Seis años más tarde lo publicaría Anagrama como relato autónomo.


Richard y Kristina
En la actualidad prepara Be Mine, que, de concluirla (supone que de aquí a tres años), será la quinta de sus obras protagonizada por Frank Bascombe, casi su alter ego (El periodista deportivo, El Día de la Independencia, Acción de Gracias, Francamente, Frank). Ford vive actualmente en Nueva York porque está dictando clases en la Universidad de Columbia. Decididos a no tener hijos, al igual que sus padres, ama a Kristina (Hensley), la mujer con la que se casó hace cincuenta años y a quien dedica todos sus libros. “Perderla sería terrible”, ha confesado.

La edición
en inglés
“Un hijo único capta muchas cosas, y posiblemente más si sus padres tienen cierta edad. La imaginación de un hijo único la hacen vibrar melódicamente las cosas que sus padres dicen y no dicen. Siempre he dicho y sigo creyendo que mi infancia fue feliz. Pero eso no equivale a decir que la nuestra fuera una vida normal. La edad de mis padres no era la normal para tener un primer hijo. Ni siquiera ellos creían que lo fuera. Existía la creencia tácita de que deberían haber sido más jóvenes, o de que yo debería haber nacido quince años antes, cuando ellos eran unos adultos ‘nuevos’. Crecí sintiendo que debería haber sido más mayor, o que era más mayor. Había habido tanta, y tan importante vida antes de mí, de la cual sabía tan poco y de la que ellos no querían hablar, ya que yo aún no estaba en ella… No recuerdo a ninguno de ellos diciéndome, cuando me estaba haciendo mayor: ‘Richard, ¿te acuerdas…?’ O: ‘Richard, una vez tu padre y yo…’ De lo que hablaban y lo que estaba siempre en el aire era únicamente el presente, interrumpido por los largos espacios de tiempo entre el lunes y el viernes. Estas ausencias hacían que su unión fuera más estrecha y alcanzara cimas muy altas, pues juntos era la única forma en que habían estado siempre. Yo era el punto donde las cosas se habían desviado, y siempre lo sentí así. Para que la nuestra fuera una vida dichosa se requería ciertamente amor, y -por mi parte- disposición para colmar algunas cosas y eludir otras”.

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En internet:


Video: discurso pronunciado por Richard Ford, Premio Princesa de Asturias de las Letras 2016, en la ceremonia de entrega de ese año. Subido a YouTube el 28.10.16. Duración 11, 1 minutos. Subtitulado. Seguido por un segundo video: conferencia de prensa de Ford luego de serle entregado el premio en la ciudad de Oviedo. Subido a Youtube el 18.10.16. Duración: 23,40 minutos. Traducción simultánea.