LUZ ERA SU NOMBRE, NOVELA DE SILVIA MOYANO DEL BARCO (¿O DE ESTELA Y PATRICIO CANTO?)

 


(diseño de Gerardo Morán)

(lista de fotografías al final de la nota)

El misterio preside la historia que se narra en Luz era su nombre, novela que ganara un premio literario sesenta y cinco años atrás y que ahora ha sido rescatada e incorporada a la Serie del Recienvenido, creada por Ricardo Piglia y continuada por Aníbal Jarkowski.

Si misteriosa es la historia también lo es su autora. O, por lo que señala el referido “rescatista”, su presunta autora, dado que todos los indicios llevan a considera que la novela, o novela corta, fue una travesura de los hermanos Estela y Patricio Canto con la que participaron en un concurso de novela organizado por el diario La Nación.



Primero, la novela. Con “aires” del personal mundo narrativo que caracterizó a la obra de Adolfo Bioy Casares, el relato se desarrolla en un Buenos Aires de atmósfera extraña, casi alternativo a la ciudad real.  Y la novela, por tono y forma, “resuena” como si se tratara de un capítulo desprendido de algunas de las ficciones del gran autor, tales como El sueño de los héroes, Dormir al sol o Diario de la guerra del cerdo.

Quien narra es Humberto Vertozzi, un joven proveniente “del interior” (en su caso presuntamente oriundo de Dolores, en la provincia de Buenos Aires), sobre hechos que le ocurrieron tres años atrás cuando buscaba hacer pie en la capital argentina. Lo central de la historia transcurre en 1957.

Vertozzi tenía la intención de “triunfar” en el mundo del cine. Intenciones que, por tardar tanto en concretarse, lo llevaron a escribir a una revista “del corazón” (precisamente la publicación se llamaba El corazón que sonríe) en busca de una pareja presentándose como un “joven, culto, serio, de temperamento artístico”.

En la novela lo cursi y el misterio serán constantes que se irán imbricando a medida que avanza el relato. Humberto (que había firmado su carta con el seudónimo de Camilo Larrañaga) inesperadamente fue citado por la dirección de la revista, editada por una sociedad anónima de nombre Cupidum. 

Casi podría entenderse que ese nombre grotesco fuera una suerte de guiño dirigido al mismo Bioy (jurado del concurso) proclive a insertar términos rebuscados (y al mismo tiempo chabacanos, propios de personas incultas y pedantes) en sus ficciones.

En cuanto a la “convocatoria” desde Cupidum (a la que el protagonista acudió), Humberto fue recibido por un señor que se hacía llamar Mario y quien le tenía reservada una doble sorpresa: se proponía presentarle a una mujer, pero con la previa condición de oblar quinientos pesos de la época (un millón y medio de pesos actuales, aproximadamente).


Humberto comprendió que se trataba de una trampa y que el llamado señor Mario no era más que un rufián. El dinero que había logrado ahorrar trabajando en un taller mecánico antes de radicarse en Buenos Aires se le estaba terminando, pero a pesar de la trampa aceptó pagar porque quería conocer a la mujer que, según su interlocutor, era “una señorita muy bien, de buena familia, educada, distinguida”.

Le enseñó una foto de la mujer evitando hacer mención a la evidente disparidad de edades. Humberto tenía veintidós años y quien se llamaría Adelina Güemes y que le hacía recordar a la actriz francesa Micheline Presle, era notoriamente mayor. Presle tenía por entonces treinta y cinco años. Fácil es interpretar que esa sería la edad de la desconocida.

A pesar de tal diferencia, el protagonista-narrador acepta reunirse con Adelina por sentir una atracción que no podía definir. Mucho menos si se tomara en cuenta su explicación propia de adolescente: “A mí me fascinan las películas francesas”.

Al fin se encuentra con Adelina quien, desde el primer momento, tendrá con él un comportamiento ambiguo, como si se tratara del sempiterno juego del gato y el ratón. Si bien viaja con el joven a la zona costera y se le entrega, carece de pasión. Y a partir de allí se reiterará una y otra vez en la ambigüedad, en mantenerse enigmática cuando no distante del muchacho. 


Este, en tanto, ha quedado endeudado con “el señor” Mario y un excomisario, Cabrera, quienes le facilitaron dinero para el viaje a la costa, pero a cambio del compromiso de casarse con Adelina. Caso contrario, le hacen saber, se tomarían venganza, amén de cobrarse la deuda que en ese caso llegaba a quince mil pesos de la época (unos cuarenta millones actuales). Suma que, está claro, Humberto nunca hubiera podido devolver, por lo que el casamiento se le tornaba perentorio.

Es dable advertir el dislate de la historia tal como se la narra, el absurdo de la situación planteada que se agranda ante las indefiniciones de Adelina y hasta el creciente desinterés que manifiesta hacia su supuesto novio, quien llega a enfurecerse cuando ella reaparece con un cierto o presunto sobrino al que abruma con sus excesivas muestras de afecto.

El abuso, el menosprecio y hasta la burla de la mujer hacia el muchacho transforma la historia en una inesperada vuelta de tuerca que “oscurece” cuanto se narra, así como el mismo ambiente del relato. De manera que esa presunta Buenos Aires se torna oscura y opresiva con final de tragedia.

Humberto, como señalé, contará la historia sin-final-feliz tres años más tarde, embargado aún por la desazón, preguntándose quién había sido en verdad Adelina, esa mujer para él indescifrable… Que llevará a quien lea la novela a hacerse preguntas que el libro no le proporcionará al estar envuelto en una permanente e irresuelta ambigüedad.

En tal sentido, el comienzo y el final de la historia, con sendas citas bíblicas, parecen buscar la verdadera identidad de Adelina Güemes, pero en el contexto del “juego” que habrían buscado los hermanos Canto más se asemeja a una boutade, a una suerte de broma sin mayor sentido, antes que a algún intento de “trascendencia”. La ambigüedad queda así reforzada. Y sin respuestas.



 Más allá de la novela

En 1961 el diario La Nación convocó a un concurso de novela para el que nombró a un jurado notable integrado por Jorge Luis Borges, Adolfo Bioy Casares, Eduardo Mallea y Carmen Gándara, al que se sumó un representante de dicho periódico. Por trascendidos posteriores se supo que los miembros del jurado quedaron insatisfechos con los textos enviados hasta que se encontraron con la novela aquí comentada que terminó siendo premiada por unanimidad.

Se sabe que, lamentablemente, gran parte de los certámenes actuales suelen tener ganador o ganadora “premeditados”. No ocurría así sesenta años atrás, máxime si Borges, Bioy, Mallea y Gándara eran jurados que actuaban de buena fe. Tanto que en ese caso premiaron a una total desconocida: Silvia Fernández del Barco que se presentó como una maestra sin ningún antecedente literario.

Y así quedó hasta que dos años más tarde la escritora Alicia Jurado “confesó” a Borges y Bioy que Estela Canto le había contado que los verdaderos autores de la novela eran ella y su hermano Patricio. Buscaron la complicidad de Fernández del Barco para que concurriera como autora, porque consideraban que a ellos nunca los premiarían por ser militantes comunistas, tan conocidos como rechazados por los autores del jurado identificados con el Grupo Sur, anticomunistas por definición. El acuerdo fue que, en caso de ganar el certamen, dividirían el premio.



La confidente agregó otro dato que fastidió a quienes fueron jurados. Contó que Canto le había expresado que junto a su hermano había “diseñado quirúrgicamente” la ficción, atendiendo a las aficiones de cada jurado: para Bioy la intriga policial y el “ambiente”, para Mallea las connotaciones sociales, para Gándara los reiterados signos religiosos, incluyendo la apertura y cierre del relato con las referidas citas bíblicas. Y también por el hecho de que Adelina se aferraba casi místicamente a una cruz que siempre llevaba con ella.

Para Borges el meta mensaje (que el gran autor no quiso admitir) era más arduo y complejo, también un tanto siniestro: Canto había sido años atrás el amor imposible del escritor. También una mujer muy liberada para la época. De cierta manera la forma de actuar del personaje central la recuerda. Y más aún a Beatriz Viterbo, fantasma del relato “El Aleph”, obsesión del personaje Borges.

Dejando de lado estas anécdotas, la controvertida ficción -que mantiene sus valores- “se perdió” durante sesenta y cinco años hasta el presente cuando Jarkowski tuvo el buen tino de recuperarla y ponerla de nuevo en circulación. Corresponde felicitarlo por tal decisión.

Luz era su nombre, de Silvia Moyano del Barco (o de Estela y Patricio Canto)

Fondo de Cultura Económica, Buenos Aires, 2026, 125 páginas 





Listado de fotografías (de arriba abajo): Jorge Luis Borges y Estela Canto en la década de 1940; ciudad de Buenos Aires a mediados de los años 50 del siglo pasado; taller mecánico de la época; Jorge Luis Borges, Adolfo Bioy Casares y Eduardo Mallea, jurados del certamen de La Nación; la llamada Casa Ocampo, en la zona de Recoleta en Buenos Aires, donde residían Bioy Casares y su esposa Silvina Ocampo; integrantes del Grupo Sur. Entre otras personas se encuentran las hermanas Silvina y Victoria Ocampo (ambas con anteojos negros), Jorge Luis Borges, Eduardo Mallea, Adolfo Bioy Casares, Alberto Girri y Alicia Jurado (de vestido claro); Borges y Estela Canto, en la década de 1980.

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