(diseño de Gerardo Morán)
(lista de fotografías al final de la nota)
El misterio preside la historia que se narra en Luz era su nombre, novela que ganara un premio literario sesenta y cinco años atrás y que ahora ha sido rescatada e incorporada a la Serie del Recienvenido, creada por Ricardo Piglia y continuada por Aníbal Jarkowski.
Si misteriosa es la historia también lo es su autora. O, por lo que señala
el referido “rescatista”, su presunta autora, dado que todos los indicios
llevan a considera que la novela, o novela corta, fue una travesura de
los hermanos Estela y Patricio Canto con la que participaron en un concurso de
novela organizado por el diario La Nación.
Primero, la novela. Con “aires” del personal mundo narrativo que
caracterizó a la obra de Adolfo Bioy Casares, el relato se desarrolla en un
Buenos Aires de atmósfera extraña, casi alternativo a la ciudad real. Y la novela, por tono y forma, “resuena” como
si se tratara de un capítulo desprendido de algunas de las ficciones del gran autor,
tales como El sueño de los héroes, Dormir al sol o Diario de
la guerra del cerdo.
Quien narra es Humberto Vertozzi, un joven proveniente “del interior” (en
su caso presuntamente oriundo de Dolores, en la provincia de Buenos Aires), sobre
hechos que le ocurrieron tres años atrás cuando buscaba hacer pie en la capital
argentina. Lo central de la historia transcurre en 1957.
Vertozzi tenía la intención de “triunfar” en el mundo del cine. Intenciones
que, por tardar tanto en concretarse, lo llevaron a escribir a una revista “del
corazón” (precisamente la publicación se llamaba El corazón que sonríe)
en busca de una pareja presentándose como un “joven, culto, serio, de
temperamento artístico”.
En la novela lo cursi y el misterio serán constantes que se irán imbricando a medida que avanza el relato. Humberto (que había firmado su carta con el seudónimo de Camilo Larrañaga) inesperadamente fue citado por la dirección de la revista, editada por una sociedad anónima de nombre Cupidum.
Casi
podría entenderse que ese nombre grotesco fuera una suerte de guiño dirigido al
mismo Bioy (jurado del concurso) proclive a insertar términos rebuscados (y al
mismo tiempo chabacanos, propios de personas incultas y pedantes) en sus
ficciones.
En cuanto a la “convocatoria” desde Cupidum (a la que el
protagonista acudió), Humberto fue recibido por un señor que se hacía llamar
Mario y quien le tenía reservada una doble sorpresa: se proponía presentarle a
una mujer, pero con la previa condición de oblar quinientos pesos de la época (un
millón y medio de pesos actuales, aproximadamente).
Le enseñó una foto de la mujer evitando hacer mención a la evidente
disparidad de edades. Humberto tenía veintidós años y quien se llamaría Adelina
Güemes y que le hacía recordar a la actriz francesa Micheline Presle, era
notoriamente mayor. Presle tenía por entonces treinta y cinco años. Fácil es interpretar
que esa sería la edad de la desconocida.
A pesar de tal diferencia, el protagonista-narrador acepta reunirse con
Adelina por sentir una atracción que no podía definir. Mucho menos si se tomara
en cuenta su explicación propia de adolescente: “A mí me fascinan las películas
francesas”.
Al fin se encuentra con Adelina quien, desde el primer momento, tendrá con él un comportamiento ambiguo, como si se tratara del sempiterno juego del gato y el ratón. Si bien viaja con el joven a la zona costera y se le entrega, carece de pasión. Y a partir de allí se reiterará una y otra vez en la ambigüedad, en mantenerse enigmática cuando no distante del muchacho.
Este, en
tanto, ha quedado endeudado con “el señor” Mario y un excomisario, Cabrera,
quienes le facilitaron dinero para el viaje a la costa, pero a cambio del
compromiso de casarse con Adelina. Caso contrario, le hacen saber, se tomarían
venganza, amén de cobrarse la deuda que en ese caso llegaba a quince mil pesos
de la época (unos cuarenta millones actuales). Suma que, está claro, Humberto
nunca hubiera podido devolver, por lo que el casamiento se le tornaba
perentorio.
Es dable advertir el dislate de la historia tal como se la narra, el
absurdo de la situación planteada que se agranda ante las indefiniciones de Adelina
y hasta el creciente desinterés que manifiesta hacia su supuesto novio, quien
llega a enfurecerse cuando ella reaparece con un cierto o presunto sobrino al
que abruma con sus excesivas muestras de afecto.
El abuso, el menosprecio y hasta la burla de la mujer hacia el muchacho
transforma la historia en una inesperada vuelta de tuerca que “oscurece” cuanto
se narra, así como el mismo ambiente del relato. De manera que esa presunta
Buenos Aires se torna oscura y opresiva con final de tragedia.
Humberto, como señalé, contará la historia sin-final-feliz tres años más
tarde, embargado aún por la desazón, preguntándose quién había sido en verdad
Adelina, esa mujer para él indescifrable…
En tal sentido, el comienzo y el final de la historia, con sendas citas
bíblicas, parecen buscar la verdadera identidad de Adelina Güemes, pero en el
contexto del “juego” que habrían buscado los hermanos Canto más se asemeja a una
boutade, a una suerte de broma sin mayor sentido, antes que a algún intento de
“trascendencia”. La ambigüedad queda así reforzada. Y sin respuestas.
Más allá de la novela
En 1961 el diario La Nación convocó a un concurso de novela para el que
nombró a un jurado notable integrado por Jorge Luis Borges, Adolfo Bioy
Casares, Eduardo Mallea y Carmen Gándara, al que se sumó un representante de
dicho periódico. Por trascendidos posteriores se supo que los miembros del
jurado quedaron insatisfechos con los textos enviados hasta que se encontraron
con la novela aquí comentada que terminó siendo premiada por unanimidad.
Se sabe que, lamentablemente, gran parte de los certámenes actuales suelen tener ganador o ganadora “premeditados”. No ocurría así sesenta años atrás, máxime si Borges, Bioy, Mallea y Gándara eran jurados que actuaban de buena fe. Tanto que en ese caso premiaron a una total desconocida: Silvia Fernández del Barco que se presentó como una maestra sin ningún antecedente literario.
Y así quedó hasta que dos años más tarde la escritora Alicia Jurado “confesó” a Borges y
Bioy que Estela Canto le había contado que los verdaderos autores de la novela
eran ella y su hermano Patricio. Buscaron la complicidad de Fernández del Barco
para que concurriera como autora, porque consideraban que a ellos nunca los
premiarían por ser militantes comunistas, tan conocidos como rechazados por los
autores del jurado identificados con el Grupo Sur, anticomunistas por
definición. El acuerdo fue que, en caso de ganar el certamen, dividirían el
premio.
La confidente agregó otro dato que
fastidió a quienes fueron jurados. Contó que Canto le había expresado que junto a
su hermano había “diseñado quirúrgicamente” la ficción, atendiendo a las
aficiones de cada jurado: para Bioy la intriga policial y el “ambiente”, para
Mallea las connotaciones sociales, para Gándara los reiterados signos
religiosos, incluyendo la apertura y cierre del relato con las referidas citas
bíblicas. Y también por el hecho de que Adelina se aferraba casi místicamente a
una cruz que siempre llevaba con ella.
Para Borges el meta
mensaje (que el gran autor no quiso admitir) era más arduo y complejo,
también un tanto siniestro: Canto había sido años atrás el amor imposible del
escritor. También una mujer muy liberada para la época. De cierta manera la
forma de actuar del personaje central la recuerda. Y más aún a Beatriz Viterbo,
fantasma del relato “El Aleph”, obsesión del personaje Borges.
Dejando de lado estas
anécdotas, la controvertida ficción -que mantiene sus valores- “se perdió”
durante sesenta y cinco años hasta el presente cuando Jarkowski tuvo el buen
tino de recuperarla y ponerla de nuevo en circulación. Corresponde felicitarlo por
tal decisión.
Luz era su nombre, de Silvia Moyano del Barco (o de Estela y Patricio Canto)
Fondo de Cultura Económica, Buenos Aires, 2026, 125 páginas
Listado de fotografías (de arriba abajo): Jorge Luis Borges y Estela Canto en la década de 1940; ciudad de Buenos Aires a mediados de los años 50 del siglo pasado; taller mecánico de la época; Jorge Luis Borges, Adolfo Bioy Casares y Eduardo Mallea, jurados del certamen de La Nación; la llamada Casa Ocampo, en la zona de Recoleta en Buenos Aires, donde residían Bioy Casares y su esposa Silvina Ocampo; integrantes del Grupo Sur. Entre otras personas se encuentran las hermanas Silvina y Victoria Ocampo (ambas con anteojos negros), Jorge Luis Borges, Eduardo Mallea, Adolfo Bioy Casares, Alberto Girri y Alicia Jurado (de vestido claro); Borges y Estela Canto, en la década de 1980.








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