Justo a tiempo logró esconder el celular en una planta
muy tupida pegada a su mesa, de manera que el teléfono quedó convenientemente alejado de cualquier mirada.
Mejor, porque lo hizo en el mismo momento en que dos
violentos, con cascos de motociclistas cubriendo sus rostros, irrumpieron armados en el bar,
exigiendo dinero y móviles y carteras y cuanto se pudieran llevar. No había
demasiadas personas, pero sí suficientes entre empleados y clientes que
reprimieron gritos y protestas. Las armas hablaban por sí solas
Lástima grande lo que estaba pasando, cuando festejaba en
secreto su pequeño triunfo personal: el dinero que terminaba de recibir, quizás
el comienzo del nuevo camino. En todo caso una pausa -no sabe si merecida, no
era el momento de calificar- después de tantos yerros, de equivocaciones
injustificadas.
Como fuera, todo quedaba atrás. La idea de recomenzar. Lo
primero: salir (no, huir) de la pocilga en la que había estado sobreviviendo.
En cambio, instalarse en algún lugar sin pretensiones, alquilado al comienzo y
luego se vería. Como se vería (se vería, se vería…) la alternativa de buscar a
Martina. A lo mejor. Un futuro indiscernible.
Todo un problema, ahora, con los tipos apuntando. Por
suerte tuvo tiempo de esconder el teléfono. Y suerte doble, porque le había
quitado el sonido antes de entrar al bar, donde se había propuesto comenzar un
tímido festejo de whisky y unos sándwiches para no marearse. Una timidez de
espartano con la que en otro tiempo no se hubiera identificado.
Con cuidado. Con todo el cuidado del caso, para no volver
a caer.
Sin embargo, en ese momento impensado las armas y los
empujones y las malas palabras de los asaltantes lo han colocado en la misma
puerta del infierno.
En la misma puerta: a todos les piden los celulares y las
claves de sus cuentas.
Los modales bruscos se han incrementado.
“No traje celular”, contesta, con voz firme (eso cree, la
voz es vacilante, llevándolo al mismo límite de su mentira).
El vidrio invisible que lo separaba del resto reventó en
mil pedazos cuando uno de los dos (el otro seguía apuntando y vigilando) le
pegó varias trompadas que lo arrojaron al suelo escupiendo sangre.
Más allá de lo siniestro del momento, el asaltante tenía
sus razones: en el tiempo digital que se vive carecer de un teléfono móvil era
igual que querer caminar sin piernas. Le gritó que mentía, que confesara dónde
lo había escondido. Le revisó la ropa y encontró la billetera con dinero. Pero
sin tarjetas.
A medias pudo decir que no llevaba celular ni tarjeta.
“Solo plata”.
El tipo (mientras se apoderaba del dinero) aflojó. Sin
ganas, pero lo hizo, al punto de que lo ayudó a pararse.
El tío vivo se animó de golpe: los asaltantes ya se iban
y de inmediato aparecieron la casa sus nuevos propósitos Martina dos hijos el
proyecto en marcha Martina el viaje el auto nuevo la casa agrandada el parque
el avión la vibración las ansias el deseo el hambre satisfecha
Cuando sonó el celular.
Y no hubo más.
Y nunca más.

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