UNA VOZ FIRME DE MUJER (CUENTO INÉDITO)


 “A Venari se le dice que no”.

Repitió esas palabras al despertarse, arrastrándolas de un sueño vagaroso que se le escapaba. Las decía una mujer, desconocida. ¿Sería alta? ¿sería delgada? Una voz firme, en todo caso.

Pavadas. Los sueños no sirven de nada, flecos, humo, nubecitas que con el correr de las horas van desapareciendo hasta no volver más.

Pero decirle no a Venari era otra cosa. Demasiada electricidad. Solo ante el peligro. La bomba a punto de explotar.

La frase y la difusa figura de la mujer lo acompañaron durante la jornada, trastocada no solo por el tema de Venari, sino por su vida, vuelta una rama seca luego del portazo de Liliana. Aunque no fue portazo. Se retiró de su existencia llevándose pocas pertenencias. De inmediato la casa comenzó a secarse. Escuchaba (una manera de decir) el fragmento de la cancioncita: “Pero, ¿qué? si están tus cosas, pero tú no estás”.

Seca también su vida, demasiado rutinaria y previsible. Demasiados cincuenta y tantos años que pesaban, como sus piernas. El endurecimiento, ya no ligereza, de sus piernas. Y una ristra creciente de desilusiones cada vez más enraizadas.

En fin: lo que va quedando en la verdulería. Stock limitado y a punto de fenecer.

No se ayudaba para nada con tales pensamientos.

Es cierto: la soledad es la peor compañera. Lo que acompaña son los espacios vacíos y los recuerdos, que no tienen la menor consistencia y por lo tanto no pueden volverse objetos en los cuales verse reflejado. La nada acompaña y con esa nada se va a dormir y por ser la única compañía termina aplastándolo a pesar de su inconsistencia.

Es así: no está, no están y esos recuerdos vivos son uñas que atraviesan la piel y ahogan allí, bien adentro, bien en lo íntimo de su sensibilidad. Se duerme tarde, se duerme mal y se despierta a las cuatro o cinco de la mañana con una sensación extraña, como si terminara de conversar con alguien vivo. Una mujer.

Esa mujer que no era Liliana y que le había dicho (cree que le había dicho): A Venari se le dice que no.

Que le había ordenado contestarle de esa manera.

Esa noche se acostó con la seguridad de que demoraría en dormirse y que, además, se encontraría con pesadillas y disgustos similares que terminarían depositándolo en la mañana, o en el amanecer, de un nuevo día insoportable.

Pero no ocurrió así. Algo (¿blando? ¿llevadero? ¿agradable?) lo recibió a la mañana siguiente. ¿Estás bien?, le preguntó o le había preguntado una voz de mujer cuando lo acompañó al final de su último sueño.

El inesperado cálido sueño al despertar.

 

Ni cálido, ni mujer, ni nada parecido. Debía sacarse de encima esa confusión, un regalo que podía contener veneno porque le eclipsaría la realidad en la que le era imprescindible seguir existiendo. Aunque fuera penosa. Aunque no le diera ninguna satisfacción. Lo que era.

Aparte de que Venari esperaba a la vuelta de la esquina.  Un dinero que le debía y que el tipo, de la tribu de los feroces, aguardaba incrementado. Con impaciencia creciente.

Era una trampa explícita. En la emergencia necesitó una suma determinada que se transformó en otra mucho más grande y que debía volver de inmediato. Esa misma tarde porque, lamentablemente, en forma inexorable, los días pasaron demasiado rápido y no pudo retener ninguno.

El viernes, dijo el Hombre Montaña. El viernes.

Hoy mismo.

No contaba con esa plata. Nunca, en realidad. Simple, inexorable: no tenía dinero. Sus cálculos fueron inexactos, infantiles, si hago esto y después esto otro y sumo y resto y multiplico terminaré dominando al mundo. Una manera de decir. Ocurrió, como era de prever, exactamente lo contrario. Todo. Lo. Contrario.

Suma, multiplicación. División. Resta. Sobre todo esto último, humo en sus manos.

Era inútil preguntarle al vasto mensajero, una especie de montaña infame, de respiración profunda, de gestos desagradables, pasado en sudor, enviado del mismo infierno, qué le ocurriría si no pagaba. El viernes, de tarde. Único y último plazo.

No había más.

Buscó refugio en su casa. Pensó y volvió a pensar en salidas que, claro está, no existían. Si no aparecía el dinero Venari lo haría buscar y sería el final. No tenía forma de escaparse. Buscar otra ciudad era una respuesta fácil, adecuada. Si contara con dinero. Si contara con contactos.

Y en el caso milagroso de lo que lo consiguiera, solo lograría extender el plazo. Algunas semanas. De ninguna manera. Seamos honestos: días, apenas. Horas, lo más probable.

Porque Venari no podía permitir que le incumplieran. Que un tipo llamada Nada le terminara ganando, que lo dejara como un infeliz ante el resto, no lo podía permitir. Leyes del juego. En el mundo doloroso en el que se movía las leyes eran estrictas. No estaban escritas, pero daba lo mismo. Existían, por supuesto, y tenían que ser cumplidas.

Viernes. Unas horas más tarde, en la noche cerrada, tenía que hacerse presente en el lugar de la cita. Con todo el dinero reclamado.

“A Venari se le dice que no”.

No salió de su casa. Por el contrario, se acostó con la intención de dormir. Largamente. Sabía que la mujer lo esperaba.

Y entonces entró en el sueño eterno. 

“¿Qué importaba dónde uno yaciera una vez muerto? En un sucio sumidero o en una torre de mármol en lo alto de una colina. Muerto, uno dormía el sueño eterno y esas cosas no importaban. Petróleo y agua eran lo mismo que aire y viento para uno. Solo se dormía el sueño eterno y no importaba la suciedad donde uno hubiera muerto o donde cayera", Raymond Chandler 

Comentarios