ENTRE RAMAS ROTAS (CUENTO INÉDITO)

                                                           "Somos una rama que se rompe”, Jorge Lanata

En sus mayores días de desasosiego tuvo inesperadas noticias de Fede. Fue Julio el portador del mensaje. Después de mucho tiempo se habían encontrado por casualidad, en lo que fue casi un choque, porque ambos caminaban distraídos. En realidad, el distraído era él mismo.

Molesto, al margen de la vida podría decirse, estaba ensimismado pensando en su reciente separación. De ahí que no prestara atención a lo que ocurría a su alrededor. Tropezó con Julio, casi un fantasma que se corporizaba veintitantos años después. Julio, a quien creía muerto.

El amigo, mientras le apretaba la espalda con sus huesudos dedos, repetía “Increíble, increíble”. Porque le confirmó que había vuelto a la ciudad luego de tantos años solo para verlo. Y, también, para darle un mensaje.

Enmudecido, le devolvió el abrazo porque no encontraba las palabras adecuadas. ¿Cómo se le habla a quien creía tan muerto y que, de cierta manera, ante sus ojos no terminaba de revivir? Debería mostrarse feliz, serlo, además, porque experimentaba el reencuentro con el que había sido su mejor amigo.

Se esforzó por mostrar normalidad. Y fue Julio quien le dio noticias de Fede. De Federica.

Federica habla o hablaba demasiado. Un mundo de fantasías, el suyo. Y se ríe o solía reírse de forma contagiosa. Hasta que se deprimía de pronto, cayendo en un pozo personal e innominado. Terminaba cansando, aunque no a él porque le gustaba mucho esa mujer. Gustaba, pasado.

Sencillamente la había perdido de vista y en ese momento, cuando Julio la nombró, se percató de que eso era todo. Que Federica era ese todo. Y que las que malamente llegaron después a su vida nunca llegaron a sustituirla.

Que ese era su íntimo, verdadero desosiego.

La pérdida. Y al mismo tiempo la posibilidad de reencontrar a esa sombra en su hoy, tan perdida de vista como lo había sido Julio hasta hacia un instante.

Julio, el puente inesperado. Aunque las noticias de Fede no eran buenas. Julio lo supo, aunque no recordaba bien cómo se había enterado. Le preguntó donde vivía su antigua pareja. “en Madrid, como todos”, contestó el amigo como dando por sobreentendido lo que no era común. No, al menos, para él.

Fue de ese modo que se enteró que su amigo hacía años que vivía en España. Y Fede también, pero en un lugar impreciso que Julio parecía no poder recordar. Lo importante era que supiera que ella no se encontraba bien. Julio tampoco pudo precisarle el mal que la aquejaba.

Fueron a un bar y el recién llegado siguió hablando de cosas que no terminaba de redondear. A cada rato se detenía y dejaba lo que estaba contando sin concluir. Sus comentarios eran erráticos, como si el olvido le estuviera ganando la partida.

Cada tanto, callaba. De pronto le dijo “hora de partir” sin darle tiempo para nada, salvo para pagar a un mozo de mirada desconcertada.

Se sorprendió él también: Julio había dejado el café y el coñac intactos. Cuando lo buscó ya estaba en la calle. Le propuso caminar hacia el bulevar, pero su amigo optó por el sentido contrario y se le adelantó unos pasos en esa calle oscurecida por falta de iluminación.

Cuando no habían pasado uno o dos minutos lo perdió de vista, al punto de no volver a encontrarlo pese a que se cansó de caminar por la zona buscándolo hasta quedar agotado.

“Volverá”, se dijo.

Pero eso no ocurrió.

 

Miraba el agua de la laguna. Era el sitio que solía elegir para reflexionar sobre sus cosas cuando se torcían. Ahora pensaba en lo que había ocurrido. O en aquello que no había pasado.

Era posible que el episodio de Julio no fuera más que un sueño, pero lo dudaba. Persistían en su memoria los huesudos dedos del amigo incrustándose en su espalda.

Recordó la mirada confundida del mozo. A lo mejor estuvo solo en el bar, delirando. Quizás habló consigo mismo y nada más. Y nadie más.

Pensó en Fede. Podría ser que fuese su mensaje desesperado a través del redivivo Julio. Podría ser solo una entelequia dictada por su imaginación.

Fede podría estar muerta. Fede podía ser también apenas y no más que un recuerdo que se debilitaba día tras día.

Murmurando, se hace la pregunta que no se animaba a verbalizar:

“¿Y si vino solo por Fede?”.

 

¿Debería reservar pasaje a Madrid?

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