EL AGUA, LA ISLA, EL RANCHO, LA SOLEDAD (CUENTO INÉDITO)


Ricardo Supisiche, Figura en el paisaje, 1967



Al ingresar a la galería de arte quedó sorprendido e impactado por la mirada de Sabrina, propia de quien estaba asustada (o algo similar) por vaya a saberse qué. 

No estaba allí por esa mujer a la que conocía a medias, sino para acompañar al amigo Elizondo que con sus pinturas nunca saldría de la medianía y, menos, viviendo como vivía lejos del centro vital y capitalino en el que todo se decidía. Callaba su pesimista punto de vista y acompañaba a Elizondo muestra a muestra, pérdida a perdida, indiferencia tras indiferencia sobre sus cuadros repetitivos: el agua, el rancho, la isla, la soledad.

Casualmente su amigo, de espaldas al público, observaba uno de sus cuadros de una manera casi excesiva, como si no pudiera apartar su mirada.

Algo se alteró en el ambiente calmo de la exposición. Algo que ocurría al frente de la sala. Él tampoco miraba hacia dicho sector, por lo que se dio vuelta para encontrarse con la figura densa y poco feliz del empresario Aroldi, marido de Sabrina, que terminaba de ingresar y se había parado, ostentoso, grueso, ante su mujer.

Ambos se observaban sin hablarse. Una película congelada.

Cuando se disponía a hacerle algún comentario a Elizondo quedó sorprendido porque el pintor era prácticamente el único que parecía negarse a contemplar el "espectáculo" que ofrecía la pareja silenciosa, silenciada. Como si el cuadro que había pintado, el fiel reflejo de la soledad isleña (una persona de espaldas, un rancho trémulo, la soledad extrema) fuera el único centro de su interés.

En ese momento no. Seguro que no. Porque impensadamente Aroldi le dio una límpida, sonora, brutal cachetada a su esposa que cayó de largo a largo en el piso sin queja ninguna. Dos o tres se abalanzaron sobre el hombre robusto que se desprendió de ellos con cierta facilidad y, también sin decir palabra, dejó el local. En tanto, algunas mujeres habían acudido en auxilio de Sabrina que siempre muda aceptó sentarse al tiempo que miraba a la distancia, con la misma mirada de susto o angustia que le había visto al ingresar a la galería.

Con su mirada parecía buscar a Elizondo quien. a su vez, inmutable, permanecía de espaldas al acontecimiento del mundo. Paralizado. Estatua de piedra.

Allá ellos, pensó. Dejó al amigo sin despedirse. Miró como al pasar a Sabrina, ella también ajena al mundo, viviendo su derrumbe.

Y lo que vino después fue lo que vino después. Mañana y mañana y mañana, dijo Faulkner, refiriéndose a los que nada pueden esperar en el futuro. Y el tango dijo que importa del después toda mi vida se detiene en el pasado.

Allí, donde ellos pudieron estar.

Allí, donde nunca pudieron estar.

 

El agua, el rancho, la isla. La soledad. 

Comentarios