Al ingresar a la galería de arte quedó sorprendido e
impactado por la mirada de Sabrina, propia de quien estaba asustada (o algo
similar) por vaya a saberse qué.
No estaba allí por esa mujer a la que conocía a medias,
sino para acompañar al amigo Elizondo que con sus pinturas nunca saldría de la
medianía y, menos, viviendo como vivía lejos del centro vital y capitalino en
el que todo se decidía. Callaba su pesimista punto de vista y acompañaba a
Elizondo muestra a muestra, pérdida a perdida, indiferencia tras indiferencia
sobre sus cuadros repetitivos: el agua, el rancho, la isla, la soledad.
Casualmente su amigo, de espaldas al público, observaba
uno de sus cuadros de una manera casi excesiva, como si no pudiera apartar su
mirada.
Algo se alteró en el ambiente calmo de la exposición.
Algo que ocurría al frente de la sala. Él tampoco miraba hacia dicho sector, por lo que se dio vuelta para encontrarse con la figura densa y poco
feliz del empresario Aroldi, marido de Sabrina, que terminaba de ingresar y se
había parado, ostentoso, grueso, ante su mujer.
Ambos se observaban sin hablarse. Una película congelada.
Cuando se disponía a hacerle algún comentario a Elizondo quedó sorprendido porque el pintor era prácticamente el único que parecía negarse a contemplar el "espectáculo" que ofrecía la pareja silenciosa, silenciada. Como si el
cuadro que había pintado, el fiel reflejo de la soledad isleña (una persona de espaldas, un rancho trémulo, la soledad extrema) fuera el único centro de su
interés.
En ese momento no. Seguro que no. Porque impensadamente
Aroldi le dio una límpida, sonora, brutal cachetada a su esposa que cayó de
largo a largo en el piso sin queja ninguna. Dos o tres se abalanzaron sobre el
hombre robusto que se desprendió de ellos con cierta facilidad y, también sin
decir palabra, dejó el local. En tanto, algunas mujeres habían acudido en
auxilio de Sabrina que siempre muda aceptó sentarse al tiempo que miraba a la
distancia, con la misma mirada de susto o angustia que le había visto al
ingresar a la galería.
Con su mirada parecía buscar a Elizondo quien. a su vez,
inmutable, permanecía de espaldas al acontecimiento del mundo. Paralizado.
Estatua de piedra.
Allá ellos, pensó. Dejó al amigo sin despedirse. Miró
como al pasar a Sabrina, ella también ajena al mundo, viviendo su derrumbe.
Y lo que vino después fue lo que vino después. Mañana y
mañana y mañana, dijo Faulkner, refiriéndose a los que nada pueden esperar en
el futuro. Y el tango dijo que importa del después toda mi vida se detiene en
el pasado.
Allí, donde ellos pudieron estar.
Allí, donde nunca pudieron estar.
El agua, el rancho, la isla. La soledad.

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