EL INVITADO: CUENTOS DE RAÚL HERNÁNDEZ VIVEROS (ESCRITOR MEXICANO)

 


(diseño de Gerardo Morán)

Fama

Hasta que una noche, mientras comía huevos rancheros…


Nadie advierte el momento exacto en que la escritura deja de pertenecernos. No hay aviso, ni estruendo, ni una línea final subrayada en rojo. Ocurre como ocurre la humedad en las paredes: primero una mancha leve, casi decorativa; después, el derrumbe.

Durante años creí que escribir era un oficio solitario, una batalla íntima entre la página en blanco y la respiración. No sospechaba que la literatura también podía heredarse, corregirse desde la cocina o apropiarse con la paciencia de quien cose en silencio. El éxito, ese animal caprichoso, había pasado por mi vida y dejó suficientes migajas para engañarme: premios, entrevistas, aplausos. Yo creí que bastaban.

Pero las palabras no son fieles. Se mueven. Cambian de dueño. Aprenden otras voces.

No trata del fracaso, sino de algo más inquietante: la sustitución. La forma en que una vida puede ser reescrita por otros, con mejor puntuación y mayor éxito editorial. Aquí, el hogar no es refugio, sino taller clandestino; la familia, un comité de corrección; el amor, una coartada.

Lo que sigue no pretende ajustar cuentas ni reclamar autorías. Es apenas mi testimonio de un hombre que vio cómo sus frases comenzaron a pronunciarse con otra boca, cómo sus libros encontraron mejores manos, y cómo el silencio —ese antiguo enemigo— terminó por ser el único espacio verdaderamente suyo.

El éxito que tuve hace muchos años —cinco libros de cuentos, una novela— fue suficiente para sostenerme durante la vida posterior. Aún recuerdo el alud de reseñas, los suplementos culturales abiertos como alas, las entrevistas en diarios, revistas y noticiarios. Fue mi instante glorioso. Algunos relatos entraron en antologías nacionales e hispanoamericanas. Gané premios. Gané dinero. Gané, incluso, una peligrosa confianza en mí mismo.

Talento, dedicación y oficio parecían avanzar en perfecta sincronía. Hasta que un día mi suegra llegó a casa.

No vino de visita: vino a quedarse. Un año entero leyendo mis libros, subrayándolos con lápiz, doblando esquinas, haciendo anotaciones al margen. Cierta mañana, mientras desayunábamos, levantó la vista del plato y dijo:

—Federico, tú no eres escritor. Eres mi yerno favorito.

Sentí un golpe seco en el estómago. Mi mujer añadió, sin levantar la vista del café:

—Estoy de acuerdo, mamá. Federico es buen amo de casa. Pero pésimo esposo. Y peor escritor.

Ahí empezó mi caída. Busqué refugio en Jean-Paul Sartre. Luego en la crítica. Decidí escribir un volumen de ensayos sobre la narrativa y la poesía de mi tierra. Leí, fiché, clasifiqué. Un fin de semana terminé el libro y lo dejé sobre la mesa del comedor.

A la mañana siguiente descubrí anotaciones al margen. Reconocí la letra de mi suegra. No me atreví a decir nada. Sus comentarios eran certeros. Dolorosamente certeros.

—¿Por qué se queda tanto tiempo tu mamá? —le pregunté a mi esposa.

—Quiere pasar aquí el resto de sus días —respondió—. Es terca. Como yo.

Me resigné. El libro se convirtió en texto universitario. Llegaron reconocimientos. Dinero. No les dije nada. Bajo el pretexto de adelantar nuestro aniversario, las llevé a un restaurante de lujo.

Por las noches instalé mi refugio: el cuarto de los libros. Coloqué mis Obras Completas en vitrinas. Leía en voz alta los discursos que algún día —me decía— pronunciaría en un homenaje nacional.

Hasta que una mañana, mientras comía huevos rancheros, mi suegra recitó fragmentos de mi ensayo. De memoria. Con una cadencia impecable.

Se me erizó la piel. Hui. Fui al bar frente a la Alameda. Tres tragos. Luego una botella. Saqué mis cuadernos, mi pluma Montblanc —mi único lujo— y escribí como un poseso. Tres horas después, la obra maestra descansaba sobre la mesa.

La envié a mi editor. Volví a casa. Silencio. Nadie escribía. Nadie corregía. Dormí.

Pero el silencio no duró.

Una noche de octubre, mi esposa entró al cuarto de los libros. Me miró. Me bajó los pantalones. Me violó contra una montaña de revistas.

—No grites —susurró—. Vas a despertar a mamá.

Gracias a ese acto escribí otro cuento. Le puse mi seudónimo: El de la triste figura. Lo envié.

Un martes sonó el teléfono. Mi suegra contestó.

—Buscan a la Caperucita Roja.

Era el apodo de mi esposa.

—Ganaste un concurso —dije, al borde del colapso.

—Diez mil dólares —respondió ella, sonriendo—. Me aburría.

No era mi suegra. Era mi esposa.

Con el dinero compraron computadoras, impresoras, libreros. El cuarto de las escobas se convirtió en editorial. Mi suegra corregía. Mi esposa escribía.

Un año después su novela fue un éxito. Traducciones. Cine. Fotografías. Autógrafos.

Yo bebía en el bar. Le contaba todo al mesero, mi único amigo: Pancho.

—Nadie me creería —decía— si les dijera hasta dónde llegó.

Seguía dando clases. Nadie escuchaba. Pensaba que quizá el único destino posible era colgar la foto de la famosa escritora en el bar, junto a las botellas, como trofeo ajeno.

Y aprender, por fin, que el éxito también puede heredarse… o robarse con amor.


Noche

 La noche no llega cuando se apagan las luces sino cuando el hombre descubre que ha sido olvidado

 


Nadie recuerda con exactitud el momento en que la noche comenzó a respirar dentro de los hombres. No hubo una fecha precisa ni una señal evidente. Ocurrió, como ocurren las cosas verdaderas: en silencio, a ras del suelo, mientras la ciudad seguía creyéndose despierta.

Hay cuerpos que caen antes de tocar el pavimento. Vidas que se fracturan mucho antes del golpe. En esas grietas —invisibles para quien camina deprisa— se instala la noche: una materia espesa que no siempre es oscuridad, sino memoria, culpa, deseo, miedo. La noche no llega cuando se apagan las luces, sino cuando el hombre descubre que ha sido olvidado.

Noche es el recorrido de hombres que habitan el límite: entre la risa y el derrumbe, entre el amor y la renuncia, entre el deseo de vivir y la tentación de desaparecer. No son héroes ni mártires. Son cuerpos expuestos. Almas que buscan un sitio donde descansar sin ser juzgadas.

Quien entre aquí debe saberlo: no hay promesas de consuelo. Solo una voz que insiste en contar lo que ocurre cuando nadie mira. Cuando el ruido sigue, pero el hombre cae. Cuando aún se respira… y, aun así, si está solo grita para intentar la salvación.

—¡Ayúdeme… por favor!

El hombre agitó los brazos como si quisiera alzar el vuelo, escapar de la esquina en una calle céntrica. Carlos yacía pegado al pavimento, frío, cubierto de polvo y basura, intentando protegerse entre la banqueta y el escalón de la papelería El Fénix. Los transeúntes no lo miraban. Pasaban junto a él como si fuera parte del suelo. Sólo los niños, entre curiosidad y miedo, se detenían un instante para observar al cuerpo maltrecho que se quejaba a esas horas de la mañana.

Carlos no podía abrir los ojos. Sentía que los músculos comenzaban a hincharse, a inflarse desde dentro. Su vientre resonaba como un tambor hueco. Los intestinos parecían a punto de estallar; brazos y piernas se le antojaban vejigas enormes, como las que cuelgan los carniceros en sus negocios. Respirar era una tarea dolorosa, casi imposible.

—¡Ayúdenme! —logró decir, con la voz quebrada—. ¡No ven que voy a morirme!

Pero la ciudad seguía su curso. La gente entraba y salía del mercado, subía y bajaba de los camiones urbanos, caminaba por las banquetas con la certeza de que el cielo, a esa hora y en ese día, siempre estaba rasgado por pequeñas nubes blancas. Nadie parecía notar que un hombre agonizaba a pedazos, tendido en la suciedad del pavimento.

Carlos intentó ponerse boca arriba, pero sus brazos no lograron sostener el tronco moreno, pesado, deformado por la hinchazón. El polvo olía a hierbas secas y gasolina; ese olor se mezclaba con el golpe seco de los zapatos contra el cemento. Por tercera vez —o eso creyó— su cerebro le ordenó moverse. Empujó con las manos, tensó los brazos y, con un esfuerzo brutal, consiguió girar el cuerpo. Quedó de frente al alero de la papelería El Fénix.

Llevaba horas deseando contemplar lo que lo rodeaba. Ya había pensado en la muerte. Esa idea le dejó en la boca un sabor amargo, metálico, asqueroso. Escupió. Apenas unas gotas de saliva espesa resbalaron por su barba. Tenía los labios agrietados, la lengua hinchada, la boca seca como un trapo viejo.

Entonces volvió la sensación: el cuerpo abandonándolo. El aire se colaba en los huesos, inflándolos; el vacío entre carne y osamenta crecía. La piel se estiraba de forma grotesca cada vez que intentaba respirar. Carlos sintió que su cuerpo invadía la calle, que se expandía más allá de sí mismo. La piel rozaba banquetas y muros; la gente, ahora sí, huía asustada por las calles vecinas.

Intentó cerrar los ojos. No pudo. Se habían convertido en ventanas abiertas. A través de ellos asomaban mujeres murmurando rezos:

—Padre nuestro…

—Yo pecador…

Ahí estaba la prueba irrefutable de que no soñaba.

Las lágrimas llenaron sus ojos negros. Tenía el cabello rizado, casi ensortijado. El rostro deformado mostraba cicatrices en la frente y los pómulos. La barba denunciaba un mes de abandono. Todo en él olía a miseria. La camisa azul estaba manchada de sangre; el pantalón, húmedo de orina, cargaba un bulto de desechos. Los zapatos, demasiado grandes para sus pies, parecían nuevos pese a la capa de lodo.

Cerró los ojos con fuerza, deseando no ver las moscas que se posaban en su rostro. La certeza de saberse muerto en ese lugar lo dejó ciego por dentro. Admiró, con una tristeza infinita, a la gente que lo rodeaba: caminaban alegres, vivos, ajenos. De vez en cuando, algún niño apretaba la mano de su madre.

—Mamá… —susurraban, señalándolo—. El señor está dormido.

Carlos comprendió que debía aceptar su destino. A ratos, sin embargo, una extraña calma lo invadía, y la pesadilla de reventar se alejaba, permitiéndole pensar con cierta claridad. El sol, ese sol que a veces parecía olvidarlo, se escondía entre las nubes.

Pasaron unos minutos antes de que el silencio se instalara dentro de él. Antes de que una quietud engañosa le cerrara los ojos. Con cuidado, Carlos se dejó caer en un abismo interior, provocado por la sensación de que su cuerpo había estallado en fragmentos, quizá para siempre. Mordió el labio inferior hasta hacerse daño.

Las luces eléctricas comenzaron a encenderse. La ciudad se iluminó.

—No me dejen aquí… —murmuró—. No quiero morir.

Sintió entonces una mano firme.

—Carlos… —dijo una voz conocida—. Ya estoy aquí.

Logró incorporarse a medias. Las piernas le dolían, temblaban. Se sostuvo del brazo de su mujer. Estaba empapado de sudor, orina y vergüenza. Ella detuvo un taxi y lo ayudó a subir. La mujer llevaba una pañoleta atada a la cabeza, ocultando el cabello. Sonrió con alivio.

—Gracias a Dios que me avisaron dónde estabas abandonado en la vía pública —dijo—. Gracias al chofer de la camioneta de anuncios publicitarios, nuestro vecino.

Carlos apoyó la cabeza en su hombro. No se atrevió a hablar. Le avergonzaba su olor, su estado. pero en sus ojos brillaba algo parecido a la gratitud, a la ternura. Un poco de vida. Un poco de amor. Después, llegaron hasta las zonas marginadas de la ciudad, y se detuvieron frente a una casa en ruinas.

—Es aquí —dijo ella al chofer—. Por favor, en esa calle.

Mientras el taxi se detenía, Carlos volvió a cerrar los ojos. El silencio regresó, esta vez más suave. Se dejó caer, otra vez, en ese abismo íntimo donde el cuerpo parecía romperse y recomponerse. Pensó, antes de perderse del todo:

“¿Ni siquiera me está permitido tener hijos?”

La noche cayó por completo sobre la ciudad.

—Gracias a Dios que me avisaron que estabas en ese lugar —dijo ella—. Gracias al chofer de la camioneta de propaganda.

Carlos dejó caer la cabeza en el hombro de su mujer. No se atrevió a responder. Le avergonzaba el olor de su cuerpo, la humedad del sudor, la orina, la miseria pegada a la piel. Aun así, en sus ojos se asomó un gesto de gratitud y ternura. Un resto de vida. Un poco de amor. No lograba aceptar su realidad. Si al menos estuviera limpio, pensó. Si pudiera decirle cuánto le agradecía haberlo rescatado, haberlo salvado de una muerte segura. Aunque conocía bien su voz, se estremeció cuando recordó escuchar a su esposa dirigirse al chofer:

—Es aquí… por favor, en esa casa.

Transcurrieron unos minutos antes de que el silencio se acomodara dentro de él, antes de que una quietud benigna le cerrara los ojos. Con sumo cuidado, Carlos se dejó caer en un abismo interior, provocado por la sensación de que su cuerpo había estallado en fragmentos, quizá para siempre. Mordió los pellejos del labio inferior, como aceptando ese destino. Sus ojos exploraron el atardecer. Las luces eléctricas comenzaron a encenderse, una a una, iluminando la ciudad.

—¿O no me está permitido tener hijos? —murmuró, compadeciéndose de sí mismo.

A veces besaba los labios de Sonia, y ella creía que ese instante marcaría el comienzo. Sin embargo, la decisión seguía firme desde el día del casamiento, indestructible. No podían romper los lazos preciosos que sostienen la vida entre un hombre y una mujer. Luego apareció la enfermedad, esa dolencia lamentable que lo obligaba a caer de rodillas ante la imagen de un santo, en cualquier iglesia, rogando para que su vida cambiara, aunque fuera un poco.

Entre los efluvios del alcohol, Carlos estaba convencido de que existía la posibilidad de sentirse un hombre predestinado a ser admirado, aplaudido, reconocido por su manera de hacer reír a la gente. Vivía como millones de individuos en el territorio de un país y, sin embargo, la crisis de su enfermedad avanzaba cada día. La pesadilla de no desear hijos lo destruía lentamente, hasta hacerlo caer desmayado en cualquier punto de la ciudad durante las giras. Siempre necesitaba a alguien que lo acompañara, que lo cuidara, que lo sostuviera.

Observó el cuarto humilde por unos cuantos instantes. Le disgustó descubrir que todos los cuartos a los que llegaban eran iguales. Hundió la cabeza bajo la almohada. Antes de perder la lucidez, sintió las barbas ásperas de las cobijas acariciándole la frente. Las figuras discretas doblaron la esquina de su conciencia y desaparecieron. Habían quedado esa mañana en asistir a la función del Circo Fratelli. La tarde se agotaba y aceptaron la llegada de la noche. Los foquitos de la carpa le daban a la estructura una aureola mágica, casi sagrada.

Al día siguiente, Carlos se sentía recuperado, con deseos de trabajar. Una pasión extraña y desbordada alimentaba su optimismo: la necesidad de justificar su presencia en el Circo Fratelli. Poco después, al conversar con el administrador, se sintió orgulloso, consagrado. Comprendió —con razones que no necesitaban explicación— que no tenía cimientos en ningún sitio, y que precisamente por eso podía estar allí.

Su ausencia de un mes en el espectáculo lo había transformado. Apenas logró dibujar una mueca de espanto cuando el administrador se dirigió a él:

—Estamos muy preocupados por tu salud. Deberías cuidarte más. No andes solo por la ciudad.

El administrador miró con admiración casi religiosa a Sonia. Carlos recordó que había sido él quien los unió en una boda que se volvió acontecimiento social. Periodistas, cámaras, flashes. La bendición en la iglesia. Incluso había anunciado, en una conferencia, que tendrían muchos hijos, describiendo con entusiasmo todos los episodios amorosos.

De regreso a la casa abandonada, Carlos revivió su primer encuentro con Sonia. Reconoció su historia: la de ambos. Ya no le interesaba saber nada de sus compañeros de trabajo. Ante la muchedumbre iba a volver a aparecer maquillado, pintarrajeado, y la inseguridad volvió a trepar por los muros despintados llenos de humedad de la casa, y salió vestido de payaso.

En otro lugar, Leonardo alzó la vista y notó que los últimos árboles resistían heroicamente el ataque de los gases de la ciudad. imaginó que habría sido mejor hablarle a su hijo de esas cosas, en lugar de engañarlo. Comprendió que no podría decirle nada, que ni siquiera podría enfrentarse a la resistencia verbal del heredero inexistente. Como pronto cenarían, sonó en la adhesión de mandarlo a lavarse las manos.

Esa noche, una hora después de acostarse, Leonardo intentó escribirle a Teresa. No supo qué decir. Guardó la tarjeta en una caja de cartón, entre libros viejos. Una luz tenue iluminó las figuras dormidas de unos hijos que nunca habían podido procrear.

Desde su cama, su esposa hundía el rostro en la almohada. Leonardo la escuchó suspirar profundamente. Las sombras que jugaban en el techo, mezclándose con las manchas de humedad en las paredes, lo empujaron a pensar que también él deseaba descansar, perderse en la bienaventurada inmensidad del sueño de los inocentes.


Ver para mirar

La libertad es ver sin mirar

 


Cada lunes, las tarjetas amarillas marcaban el inicio del rito. Las hojas blancas, diseñadas con precisión, contenían nuestras metas. Años de papeles, cifras, informes. Varios tomos conservaban nuestro espejismo: el de pasta blanca narraba la historia oficial; el azul mostraba los retratos de las ceremonias; el café acumulaba discursos de los jerarcas. Los verdes, mis preferidos, guardaban las increíbles aportaciones de nuestro simulado prestigio de avances en la distribución del conocimiento.

En la oficina principal, un muro sostenía el mapa del futuro: cuadros, líneas, flechas que nadie se atrevía a borrar. A veces las ideas flotaban sobre nuestras cabezas como pelusas luminosas; las espantábamos con periódicos enrollados, entre risas.

—¡Ahí van nuestras líneas de investigación! —gritaba el director.

Y todos reíamos mientras lo felicitábamos con suavidad sobre su espalda cubierta de un abrigo negro.

—Contad las ideas —decía después—, las que sobrevivan serán nuestras victorias.

Un día, mientras observaba aquel mapa, las letras comenzaron a moverse como insectos. Intenté enfocarlas, pero una sombra se extendió dentro de mi ojo derecho.

El mundo se inclinó hacia el costado izquierdo.

—Creo que me estoy quedando ciego —dije.

Mis compañeros sonrieron, imaginaron que era una broma.

—No exageres, hombre—respondió uno de mis colegas

El director, con su voz suave, añadió:

—Ve al oculista. Todavía no eres tan viejo como crees.

Sus palabras, disfrazadas de ternura, me hundieron. Me sentí como un animal enfermo a punto de ser sacrificado. Luego, en secreto, el director me susurró:

—Si alguna vez digo algo mal, corrígeme en público. Eres el más antiguo del grupo.

No supe si era una orden o una despedida.

Aquella noche comprendí que mi nombre no figuraba en los registros, sólo era yo un número negro sobre una hoja blanca. Formaba parte del inventario humano. Así que, en mi última reunión, hablé sin control, dejé que la voz se me desbordara. Ellos escucharon con asombro mi confesión sobre la nada que habíamos construido. Cuando terminé, los aplausos resonaron largos, mecánicos, detrás de mí. En el pasillo, el viento frío me golpeó la espalda. Al fin libre, finalizaba una vida desgastada entre reuniones de conversaciones aburridas y el file de avances mediocres que pulverizaron los pocos días de mi existencia.

Pero afuera la libertad olía a óxido. Durante los días siguientes no supe qué hacer con tanto aire. Discutía con mi esposa, con mis hijos, conmigo mismo. Frente al escenario de sillones y sofás de piel. Mientras, mi ojo enfermo lloraba de tristeza. Cuando todos salían, encendía la pantalla para mirar alguna serie policiaca. Detrás del reloj: tic-tac, tic-tac. Era el único sonido que seguía hablándome.

A veces sonreía recordando a mis colegas. Extrañaba incluso el olor de las tintas, el roce de los papeles. Entonces comprendí: mi libertad era una prisión sin barrotes.

El jueves desperté con un impulso de resurrección. Mi esposa me miró desde la puerta:

—Dormiste tres días seguidos.

—Tal vez soñé demasiado —respondí.

Luego bajo la ducha, comencé a cantar.

—“Como un abanicar de pavorreales, quieren volver los amores de ayer a inquietarme”.

—¿Qué dices? —preguntó ella.

—Nada, sólo hablo con los ecos —contesté.

Salí a la calle, y me puse anteojos oscuros. En el consultorio, una joven pálida me preguntó:

—¿Tiene cita, señor?

—Sí, con la doctora que cura las sombras.

—¿El señor Roderich?

—No, por favor, Raderick.

La oculista me revisó durante horas. Finalmente, escribió la sentencia:

—Reposo. Tres semanas. Hay un coágulo… podría ser un infarto.

Sonreí. Al fin alguien me daba un diagnóstico para el alma.

Después vinieron más médicos, más diagnósticos, más operaciones. La retina se rompió. Dejé de ver, y en la oscuridad algo comenzó a moverse: una luz tenue, como el reflejo de una vela dentro del cráneo. Entonces comprendí: no estaba ciego, sólo había cambiado de visión. Comencé a ver lo que antes no podía, dentro de mi cabeza.

En el silencio de mi cuarto, los muros respiraban. De las sombras surgían los rostros de mis antiguos compañeros, no como eran, sino como los había soñado: seres de humo, flotando sobre papeles en blanco.

—¿Nos recuerdas? —preguntaron.

—Los inventé tantas veces que ya no sé si existieron.

—Nos diste nombres. Ahora somos tus palabras.

Detrás de ellos apareció el director, más joven que nunca, con una sonrisa triste.

—¿Aún crees que trabajábamos? —me dijo—. Éramos sólo pensamientos dentro de tu cabeza cansada. Tú nos inventaste para no estar solo.

Quise responder, pero el aire se volvió líquido. Las letras del viejo mapa se desprendieron de la pared y comenzaron a girar en espiral, formando un ojo inmenso que todo lo veía. Dentro de esa pupila ardiente flotaba una llama que me llamó por mi nombre.

—Ven, Raderick. Mira más allá.

Entonces vi: el río de los años, las manos escribiendo en la nada, los rostros fundiéndose con la tinta, la vida entera convertida en un manuscrito de luz. Comprendí que la libertad no estaba en la calle, ni en el trabajo, ni en los ojos.

La libertad era ver sin mirar. Desde entonces, mi cuerpo permanece sentado, cubierto de polvo. Nadie sabe que sigo allí, respirando despacio, viendo lo invisible. Porque más allá de la realidad, alguien me dicta todavía las últimas líneas de mi informe. Y cada palabra que escribo ilumina, en silencio, el otro lado del mundo.

Datos para una biografía

 

Raúl Hernández Viveros (Ciudad Mendoza, México, 1944). Narrador. Entre otros títulos ha publicado Los tlaconetes, Entre la pena y la nada, La invasión de los chinos, Los otros alquimistas, Secretos de una musa, Anda Luz y Ver para mirar.

Estudió en la Facultad de Letras de la Universidad Veracruzana. Ha sido encargado del Departamento Editorial de dicha casa de altos estudios; fue director de La Palabra y El Hombre, Academus y Cosmos. Actualmente dirigida Cultura de Veracruz. Fue becario de las universidades de Varsovia, Polonia, y Sofía, Bulgaria, en 1970 y 1982, respectivamente, como escritor residente. Reside en Xalapa, México. 

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