Fama
Hasta que una noche, mientras comía huevos rancheros…
Nadie advierte el momento exacto en que la escritura deja de pertenecernos. No hay aviso, ni estruendo, ni una línea final subrayada en rojo. Ocurre como ocurre la humedad en las paredes: primero una mancha leve, casi decorativa; después, el derrumbe.
Durante años creí que escribir era un
oficio solitario, una batalla íntima entre la página en blanco y la
respiración. No sospechaba que la literatura también podía heredarse,
corregirse desde la cocina o apropiarse con la paciencia de quien cose en silencio.
El éxito, ese animal caprichoso, había pasado por mi vida y dejó suficientes
migajas para engañarme: premios, entrevistas, aplausos. Yo creí que bastaban.
Pero las palabras no son fieles. Se
mueven. Cambian de dueño. Aprenden otras voces.
No trata del fracaso, sino de algo más
inquietante: la sustitución. La forma en que una vida puede ser reescrita por
otros, con mejor puntuación y mayor éxito editorial. Aquí, el hogar no es
refugio, sino taller clandestino; la familia, un comité de corrección; el amor,
una coartada.
Lo que sigue no pretende ajustar
cuentas ni reclamar autorías. Es apenas mi testimonio de un hombre que vio cómo
sus frases comenzaron a pronunciarse con otra boca, cómo sus libros encontraron
mejores manos, y cómo el silencio —ese antiguo enemigo— terminó por ser el
único espacio verdaderamente suyo.
El éxito que tuve hace muchos años
—cinco libros de cuentos, una novela— fue suficiente para sostenerme durante la
vida posterior. Aún recuerdo el alud de reseñas, los suplementos culturales
abiertos como alas, las entrevistas en diarios, revistas y noticiarios. Fue mi
instante glorioso. Algunos relatos entraron en antologías nacionales e
hispanoamericanas. Gané premios. Gané dinero. Gané, incluso, una peligrosa
confianza en mí mismo.
Talento, dedicación y oficio parecían
avanzar en perfecta sincronía. Hasta que un día mi suegra llegó a casa.
No vino de visita: vino a quedarse. Un
año entero leyendo mis libros, subrayándolos con lápiz, doblando esquinas,
haciendo anotaciones al margen. Cierta mañana, mientras desayunábamos, levantó
la vista del plato y dijo:
—Federico, tú no eres escritor. Eres mi
yerno favorito.
Sentí un golpe seco en el estómago. Mi
mujer añadió, sin levantar la vista del café:
—Estoy de acuerdo, mamá. Federico es
buen amo de casa. Pero pésimo esposo. Y peor escritor.
Ahí empezó mi caída. Busqué refugio en
Jean-Paul Sartre. Luego en la crítica. Decidí escribir un volumen de ensayos
sobre la narrativa y la poesía de mi tierra. Leí, fiché, clasifiqué. Un fin de
semana terminé el libro y lo dejé sobre la mesa del comedor.
A la mañana siguiente descubrí
anotaciones al margen. Reconocí la letra de mi suegra. No me atreví a decir
nada. Sus comentarios eran certeros. Dolorosamente certeros.
—¿Por qué se queda tanto tiempo tu
mamá? —le pregunté a mi esposa.
—Quiere pasar aquí el resto de sus días
—respondió—. Es terca. Como yo.
Me resigné. El libro se convirtió en
texto universitario. Llegaron reconocimientos. Dinero. No les dije nada. Bajo
el pretexto de adelantar nuestro aniversario, las llevé a un restaurante de
lujo.
Por las noches instalé mi refugio: el
cuarto de los libros. Coloqué mis Obras Completas en vitrinas. Leía en voz alta
los discursos que algún día —me decía— pronunciaría en un homenaje nacional.
Hasta que una mañana, mientras comía
huevos rancheros, mi suegra recitó fragmentos de mi ensayo. De memoria. Con una
cadencia impecable.
Se me erizó la piel. Hui. Fui al bar
frente a la Alameda. Tres tragos. Luego una botella. Saqué mis cuadernos, mi
pluma Montblanc —mi único lujo— y escribí como un poseso. Tres horas después,
la obra maestra descansaba sobre la mesa.
La envié a mi editor. Volví a casa.
Silencio. Nadie escribía. Nadie corregía. Dormí.
Pero el silencio no duró.
Una noche de octubre, mi esposa entró
al cuarto de los libros. Me miró. Me bajó los pantalones. Me violó contra una
montaña de revistas.
—No grites —susurró—. Vas a despertar a
mamá.
Gracias a ese acto escribí otro cuento.
Le puse mi seudónimo: El de la triste figura. Lo envié.
Un martes sonó el teléfono. Mi suegra
contestó.
—Buscan a la Caperucita Roja.
Era el apodo de mi esposa.
—Ganaste un concurso —dije, al borde
del colapso.
—Diez mil dólares —respondió ella,
sonriendo—. Me aburría.
No era mi suegra. Era mi esposa.
Con el dinero compraron computadoras,
impresoras, libreros. El cuarto de las escobas se convirtió en editorial. Mi
suegra corregía. Mi esposa escribía.
Un año después su novela fue un éxito.
Traducciones. Cine. Fotografías. Autógrafos.
Yo bebía en el bar. Le contaba todo al
mesero, mi único amigo: Pancho.
—Nadie me creería —decía— si les dijera
hasta dónde llegó.
Seguía dando clases. Nadie escuchaba.
Pensaba que quizá el único destino posible era colgar la foto de la famosa
escritora en el bar, junto a las botellas, como trofeo ajeno.
Y aprender, por fin, que el éxito
también puede heredarse… o robarse con amor.
Noche
La noche no llega cuando se apagan las luces sino cuando el hombre descubre que ha sido olvidado
Nadie recuerda con exactitud el
momento en que la noche comenzó a respirar dentro de los hombres. No hubo una
fecha precisa ni una señal evidente. Ocurrió, como ocurren las cosas
verdaderas: en silencio, a ras del suelo, mientras la ciudad seguía creyéndose
despierta.
Hay cuerpos que caen antes de tocar
el pavimento. Vidas que se fracturan mucho antes del golpe. En esas grietas
—invisibles para quien camina deprisa— se instala la noche: una materia espesa
que no siempre es oscuridad, sino memoria, culpa, deseo, miedo. La noche no
llega cuando se apagan las luces, sino cuando el hombre descubre que ha sido
olvidado.
Noche es el recorrido de hombres que
habitan el límite: entre la risa y el derrumbe, entre el amor y la renuncia,
entre el deseo de vivir y la tentación de desaparecer. No son héroes ni
mártires. Son cuerpos expuestos. Almas que buscan un sitio donde descansar sin
ser juzgadas.
Quien entre aquí debe saberlo: no hay
promesas de consuelo. Solo una voz que insiste en contar lo que ocurre cuando
nadie mira. Cuando el ruido sigue, pero el hombre cae. Cuando aún se respira…
y, aun así, si está solo grita para intentar la salvación.
—¡Ayúdeme… por favor!
El hombre agitó los brazos como si
quisiera alzar el vuelo, escapar de la esquina en una calle céntrica. Carlos
yacía pegado al pavimento, frío, cubierto de polvo y basura, intentando
protegerse entre la banqueta y el escalón de la papelería El Fénix. Los
transeúntes no lo miraban. Pasaban junto a él como si fuera parte del suelo.
Sólo los niños, entre curiosidad y miedo, se detenían un instante para observar
al cuerpo maltrecho que se quejaba a esas horas de la mañana.
Carlos no podía abrir los ojos.
Sentía que los músculos comenzaban a hincharse, a inflarse desde dentro. Su
vientre resonaba como un tambor hueco. Los intestinos parecían a punto de
estallar; brazos y piernas se le antojaban vejigas enormes, como las que
cuelgan los carniceros en sus negocios. Respirar era una tarea dolorosa, casi
imposible.
—¡Ayúdenme! —logró decir, con la voz
quebrada—. ¡No ven que voy a morirme!
Pero la ciudad seguía su curso. La
gente entraba y salía del mercado, subía y bajaba de los camiones urbanos,
caminaba por las banquetas con la certeza de que el cielo, a esa hora y en ese
día, siempre estaba rasgado por pequeñas nubes blancas. Nadie parecía notar que
un hombre agonizaba a pedazos, tendido en la suciedad del pavimento.
Carlos intentó ponerse boca arriba,
pero sus brazos no lograron sostener el tronco moreno, pesado, deformado por la
hinchazón. El polvo olía a hierbas secas y gasolina; ese olor se mezclaba con
el golpe seco de los zapatos contra el cemento. Por tercera vez —o eso creyó—
su cerebro le ordenó moverse. Empujó con las manos, tensó los brazos y, con un
esfuerzo brutal, consiguió girar el cuerpo. Quedó de frente al alero de la
papelería El Fénix.
Llevaba horas deseando contemplar lo
que lo rodeaba. Ya había pensado en la muerte. Esa idea le dejó en la boca un
sabor amargo, metálico, asqueroso. Escupió. Apenas unas gotas de saliva espesa
resbalaron por su barba. Tenía los labios agrietados, la lengua hinchada, la
boca seca como un trapo viejo.
Entonces volvió la sensación: el
cuerpo abandonándolo. El aire se colaba en los huesos, inflándolos; el vacío
entre carne y osamenta crecía. La piel se estiraba de forma grotesca cada vez
que intentaba respirar. Carlos sintió que su cuerpo invadía la calle, que se
expandía más allá de sí mismo. La piel rozaba banquetas y muros; la gente,
ahora sí, huía asustada por las calles vecinas.
Intentó cerrar los ojos. No pudo. Se
habían convertido en ventanas abiertas. A través de ellos asomaban mujeres
murmurando rezos:
—Padre nuestro…
—Yo pecador…
Ahí estaba la prueba irrefutable de
que no soñaba.
Las lágrimas llenaron sus ojos
negros. Tenía el cabello rizado, casi ensortijado. El rostro deformado mostraba
cicatrices en la frente y los pómulos. La barba denunciaba un mes de abandono.
Todo en él olía a miseria. La camisa azul estaba manchada de sangre; el
pantalón, húmedo de orina, cargaba un bulto de desechos. Los zapatos, demasiado
grandes para sus pies, parecían nuevos pese a la capa de lodo.
Cerró los ojos con fuerza, deseando
no ver las moscas que se posaban en su rostro. La certeza de saberse muerto en
ese lugar lo dejó ciego por dentro. Admiró, con una tristeza infinita, a la
gente que lo rodeaba: caminaban alegres, vivos, ajenos. De vez en cuando, algún
niño apretaba la mano de su madre.
—Mamá… —susurraban, señalándolo—. El
señor está dormido.
Carlos comprendió que debía aceptar
su destino. A ratos, sin embargo, una extraña calma lo invadía, y la pesadilla
de reventar se alejaba, permitiéndole pensar con cierta claridad. El sol, ese
sol que a veces parecía olvidarlo, se escondía entre las nubes.
Pasaron unos minutos antes de que el
silencio se instalara dentro de él. Antes de que una quietud engañosa le
cerrara los ojos. Con cuidado, Carlos se dejó caer en un abismo interior,
provocado por la sensación de que su cuerpo había estallado en fragmentos,
quizá para siempre. Mordió el labio inferior hasta hacerse daño.
Las luces eléctricas comenzaron a
encenderse. La ciudad se iluminó.
—No me dejen aquí… —murmuró—. No
quiero morir.
Sintió entonces una mano firme.
—Carlos… —dijo una voz conocida—. Ya
estoy aquí.
Logró incorporarse a medias. Las
piernas le dolían, temblaban. Se sostuvo del brazo de su mujer. Estaba empapado
de sudor, orina y vergüenza. Ella detuvo un taxi y lo ayudó a subir. La mujer
llevaba una pañoleta atada a la cabeza, ocultando el cabello. Sonrió con
alivio.
—Gracias a Dios que me avisaron dónde
estabas abandonado en la vía pública —dijo—. Gracias al chofer de la camioneta
de anuncios publicitarios, nuestro vecino.
Carlos apoyó la cabeza en su hombro.
No se atrevió a hablar. Le avergonzaba su olor, su estado. pero en sus ojos
brillaba algo parecido a la gratitud, a la ternura. Un poco de vida. Un poco de
amor. Después, llegaron hasta las zonas marginadas de la ciudad, y se
detuvieron frente a una casa en ruinas.
—Es aquí —dijo ella al chofer—. Por
favor, en esa calle.
Mientras el taxi se detenía, Carlos
volvió a cerrar los ojos. El silencio regresó, esta vez más suave. Se dejó
caer, otra vez, en ese abismo íntimo donde el cuerpo parecía romperse y
recomponerse. Pensó, antes de perderse del todo:
“¿Ni siquiera me está permitido tener
hijos?”
La noche cayó por completo sobre la
ciudad.
—Gracias a Dios que me avisaron que
estabas en ese lugar —dijo ella—. Gracias al chofer de la camioneta de
propaganda.
Carlos dejó caer la cabeza en el
hombro de su mujer. No se atrevió a responder. Le avergonzaba el olor de su
cuerpo, la humedad del sudor, la orina, la miseria pegada a la piel. Aun así,
en sus ojos se asomó un gesto de gratitud y ternura. Un resto de vida. Un poco
de amor. No lograba aceptar su realidad. Si al menos estuviera limpio, pensó.
Si pudiera decirle cuánto le agradecía haberlo rescatado, haberlo salvado de
una muerte segura. Aunque conocía bien su voz, se estremeció cuando recordó
escuchar a su esposa dirigirse al chofer:
—Es aquí… por favor, en esa casa.
Transcurrieron unos minutos antes de
que el silencio se acomodara dentro de él, antes de que una quietud benigna le
cerrara los ojos. Con sumo cuidado, Carlos se dejó caer en un abismo interior,
provocado por la sensación de que su cuerpo había estallado en fragmentos,
quizá para siempre. Mordió los pellejos del labio inferior, como aceptando ese
destino. Sus ojos exploraron el atardecer. Las luces eléctricas comenzaron a
encenderse, una a una, iluminando la ciudad.
—¿O no me está permitido tener hijos?
—murmuró, compadeciéndose de sí mismo.
A veces besaba los labios de Sonia, y
ella creía que ese instante marcaría el comienzo. Sin embargo, la decisión
seguía firme desde el día del casamiento, indestructible. No podían romper los
lazos preciosos que sostienen la vida entre un hombre y una mujer. Luego
apareció la enfermedad, esa dolencia lamentable que lo obligaba a caer de
rodillas ante la imagen de un santo, en cualquier iglesia, rogando para que su
vida cambiara, aunque fuera un poco.
Entre los efluvios del alcohol,
Carlos estaba convencido de que existía la posibilidad de sentirse un hombre
predestinado a ser admirado, aplaudido, reconocido por su manera de hacer reír
a la gente. Vivía como millones de individuos en el territorio de un país y,
sin embargo, la crisis de su enfermedad avanzaba cada día. La pesadilla de no
desear hijos lo destruía lentamente, hasta hacerlo caer desmayado en cualquier
punto de la ciudad durante las giras. Siempre necesitaba a alguien que lo
acompañara, que lo cuidara, que lo sostuviera.
Observó el cuarto humilde por unos
cuantos instantes. Le disgustó descubrir que todos los cuartos a los que
llegaban eran iguales. Hundió la cabeza bajo la almohada. Antes de perder la
lucidez, sintió las barbas ásperas de las cobijas acariciándole la frente. Las
figuras discretas doblaron la esquina de su conciencia y desaparecieron. Habían
quedado esa mañana en asistir a la función del Circo Fratelli. La tarde se
agotaba y aceptaron la llegada de la noche. Los foquitos de la carpa le daban a
la estructura una aureola mágica, casi sagrada.
Al día siguiente, Carlos se sentía
recuperado, con deseos de trabajar. Una pasión extraña y desbordada alimentaba
su optimismo: la necesidad de justificar su presencia en el Circo Fratelli.
Poco después, al conversar con el administrador, se sintió orgulloso,
consagrado. Comprendió —con razones que no necesitaban explicación— que no
tenía cimientos en ningún sitio, y que precisamente por eso podía estar allí.
Su ausencia de un mes en el
espectáculo lo había transformado. Apenas logró dibujar una mueca de espanto
cuando el administrador se dirigió a él:
—Estamos muy preocupados por tu
salud. Deberías cuidarte más. No andes solo por la ciudad.
El administrador miró con admiración
casi religiosa a Sonia. Carlos recordó que había sido él quien los unió en una
boda que se volvió acontecimiento social. Periodistas, cámaras, flashes.
La bendición en la iglesia. Incluso había anunciado, en una conferencia, que
tendrían muchos hijos, describiendo con entusiasmo todos los episodios
amorosos.
De regreso a la casa abandonada,
Carlos revivió su primer encuentro con Sonia. Reconoció su historia: la de
ambos. Ya no le interesaba saber nada de sus compañeros de trabajo. Ante la
muchedumbre iba a volver a aparecer maquillado, pintarrajeado, y la inseguridad
volvió a trepar por los muros despintados llenos de humedad de la casa, y salió
vestido de payaso.
En otro lugar, Leonardo alzó la vista
y notó que los últimos árboles resistían heroicamente el ataque de los gases de
la ciudad. imaginó que habría sido mejor hablarle a su hijo de esas cosas, en
lugar de engañarlo. Comprendió que no podría decirle nada, que ni siquiera
podría enfrentarse a la resistencia verbal del heredero inexistente. Como
pronto cenarían, sonó en la adhesión de mandarlo a lavarse las manos.
Esa noche, una hora después de
acostarse, Leonardo intentó escribirle a Teresa. No supo qué decir. Guardó la
tarjeta en una caja de cartón, entre libros viejos. Una luz tenue iluminó las
figuras dormidas de unos hijos que nunca habían podido procrear.
Desde su cama, su esposa hundía el
rostro en la almohada. Leonardo la escuchó suspirar profundamente. Las sombras
que jugaban en el techo, mezclándose con las manchas de humedad en las paredes,
lo empujaron a pensar que también él deseaba descansar, perderse en la
bienaventurada inmensidad del sueño de los inocentes.
Ver para mirar
La libertad es ver sin mirar
Cada
lunes, las tarjetas amarillas marcaban el inicio del rito. Las hojas blancas,
diseñadas con precisión, contenían nuestras metas. Años de papeles, cifras,
informes. Varios tomos conservaban nuestro espejismo: el de pasta blanca
narraba la historia oficial; el azul mostraba los retratos de las ceremonias;
el café acumulaba discursos de los jerarcas. Los verdes, mis preferidos,
guardaban las increíbles aportaciones de nuestro simulado prestigio de avances
en la distribución del conocimiento.
En
la oficina principal, un muro sostenía el mapa del futuro: cuadros, líneas,
flechas que nadie se atrevía a borrar. A veces las ideas flotaban sobre
nuestras cabezas como pelusas luminosas; las espantábamos con periódicos
enrollados, entre risas.
—¡Ahí
van nuestras líneas de investigación! —gritaba el director.
Y
todos reíamos mientras lo felicitábamos con suavidad sobre su espalda cubierta
de un abrigo negro.
—Contad
las ideas —decía después—, las que sobrevivan serán nuestras victorias.
Un
día, mientras observaba aquel mapa, las letras comenzaron a moverse como
insectos. Intenté enfocarlas, pero una sombra se extendió dentro de mi ojo
derecho.
El
mundo se inclinó hacia el costado izquierdo.
—Creo
que me estoy quedando ciego —dije.
Mis
compañeros sonrieron, imaginaron que era una broma.
—No
exageres, hombre—respondió uno de mis colegas
El
director, con su voz suave, añadió:
—Ve
al oculista. Todavía no eres tan viejo como crees.
Sus
palabras, disfrazadas de ternura, me hundieron. Me sentí como un animal enfermo
a punto de ser sacrificado. Luego, en secreto, el director me susurró:
—Si
alguna vez digo algo mal, corrígeme en público. Eres el más antiguo del grupo.
No
supe si era una orden o una despedida.
Aquella
noche comprendí que mi nombre no figuraba en los registros, sólo era yo un
número negro sobre una hoja blanca. Formaba parte del inventario humano. Así
que, en mi última reunión, hablé sin control, dejé que la voz se me desbordara.
Ellos escucharon con asombro mi confesión sobre la nada que habíamos
construido. Cuando terminé, los aplausos resonaron largos, mecánicos, detrás de
mí. En el pasillo, el viento frío me golpeó la espalda. Al fin libre,
finalizaba una vida desgastada entre reuniones de conversaciones aburridas y el
file de avances mediocres que pulverizaron los pocos días de mi existencia.
Pero
afuera la libertad olía a óxido. Durante los días siguientes no supe qué hacer
con tanto aire. Discutía con mi esposa, con mis hijos, conmigo mismo. Frente al
escenario de sillones y sofás de piel. Mientras, mi ojo enfermo lloraba de
tristeza. Cuando todos salían, encendía la pantalla para mirar alguna serie
policiaca. Detrás del reloj: tic-tac, tic-tac. Era el único sonido que seguía
hablándome.
A
veces sonreía recordando a mis colegas. Extrañaba incluso el olor de las
tintas, el roce de los papeles. Entonces comprendí: mi libertad era una prisión
sin barrotes.
El
jueves desperté con un impulso de resurrección. Mi esposa me miró desde la
puerta:
—Dormiste
tres días seguidos.
—Tal
vez soñé demasiado —respondí.
Luego
bajo la ducha, comencé a cantar.
—“Como
un abanicar de pavorreales, quieren volver los amores de ayer a inquietarme”.
—¿Qué
dices? —preguntó ella.
—Nada,
sólo hablo con los ecos —contesté.
Salí
a la calle, y me puse anteojos oscuros. En el consultorio, una joven pálida me
preguntó:
—¿Tiene
cita, señor?
—Sí,
con la doctora que cura las sombras.
—¿El
señor Roderich?
—No,
por favor, Raderick.
La
oculista me revisó durante horas. Finalmente, escribió la sentencia:
—Reposo.
Tres semanas. Hay un coágulo… podría ser un infarto.
Sonreí.
Al fin alguien me daba un diagnóstico para el alma.
Después
vinieron más médicos, más diagnósticos, más operaciones. La retina se rompió.
Dejé de ver, y en la oscuridad algo comenzó a moverse: una luz tenue, como el
reflejo de una vela dentro del cráneo. Entonces comprendí: no estaba ciego,
sólo había cambiado de visión. Comencé a ver lo que antes no podía, dentro de
mi cabeza.
En
el silencio de mi cuarto, los muros respiraban. De las sombras surgían los
rostros de mis antiguos compañeros, no como eran, sino como los había soñado:
seres de humo, flotando sobre papeles en blanco.
—¿Nos
recuerdas? —preguntaron.
—Los
inventé tantas veces que ya no sé si existieron.
—Nos
diste nombres. Ahora somos tus palabras.
Detrás
de ellos apareció el director, más joven que nunca, con una sonrisa triste.
—¿Aún
crees que trabajábamos? —me dijo—. Éramos sólo pensamientos dentro de tu cabeza
cansada. Tú nos inventaste para no estar solo.
Quise
responder, pero el aire se volvió líquido. Las letras del viejo mapa se
desprendieron de la pared y comenzaron a girar en espiral, formando un ojo
inmenso que todo lo veía. Dentro de esa pupila ardiente flotaba una llama que
me llamó por mi nombre.
—Ven,
Raderick. Mira más allá.
Entonces
vi: el río de los años, las manos escribiendo en la nada, los rostros
fundiéndose con la tinta, la vida entera convertida en un manuscrito de luz.
Comprendí que la libertad no estaba en la calle, ni en el trabajo, ni en los
ojos.
La
libertad era ver sin mirar. Desde entonces, mi cuerpo permanece sentado,
cubierto de polvo. Nadie sabe que sigo allí, respirando despacio, viendo lo
invisible. Porque más allá de la realidad, alguien me dicta todavía las últimas
líneas de mi informe. Y cada palabra que escribo ilumina, en silencio, el otro
lado del mundo.
Datos para una biografía
Raúl Hernández Viveros (Ciudad Mendoza,
México, 1944). Narrador. Entre otros títulos ha publicado Los tlaconetes,
Entre la pena y la nada, La invasión de los chinos, Los otros
alquimistas, Secretos de una musa, Anda Luz y Ver para
mirar.
Estudió en la Facultad de Letras de la Universidad Veracruzana. Ha sido encargado del Departamento Editorial de dicha casa de altos estudios; fue director de La Palabra y El Hombre, Academus y Cosmos. Actualmente dirigida Cultura de Veracruz. Fue becario de las universidades de Varsovia, Polonia, y Sofía, Bulgaria, en 1970 y 1982, respectivamente, como escritor residente. Reside en Xalapa, México.





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