En la Feria del
Libro de Santa Fe tuvo el gran gusto de presentar la nueva novela de mi
coterráneo Carlos María Gómez Detectives
en la niebla, oportunidad en que también se rindió homenaje al director de
cine y artista plástico Mario Cuello, fallecido recientemente.
La novela está
coeditada por la Editorial de la Universidad Nacional del Litoral y Grupo de
Cine, entidad que integrara Cuello. El mismo artista ilustró la tapa del libro
de Gómez y Julio Hiver, miembro del Grupo, destacó el hecho, así como la
personalidad del cineasta fallecido, gran colaborador y mejor amigo, a quien
sin duda extrañamos.
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Con Mario, en 2017 |
Previo a las
palabras de Hiver, habló en representación de la editorial universitaria María
Alejandra Cedrán, destacando el hecho de que el sello lleva publicados varios
trabajos de Gómez, tanto por el nivel de su obra como por la política que lleva
adelante la Universidad del Litoral de dar espacio a escritoras y escritores de
la región.
Luego de mi
presentación, tuvo lugar un intercambio de opiniones con Gómez, quien señaló
que ha dejado de lado la “documentación” que solía acompañar a las novelas de
intriga de su autoría, porque muchos de los delitos denunciados en sus libros
han quedado impunes.
En otro orden,
al referirse a su también reciente novela Suspiros
del tiempo, el novelista destacó que en ella ha rendido homenaje al
desaparecido profesor Ricardo Ahumada, brillante docente fallecido años atrás
en Santa Fe, quien fue un gran apoyo en el desarrollo de la tarea literaria de
Gómez.
Cuarenta años atrás
En la presentación
de Detectives en la niebla, que lleva
prólogo con mi firma, expresé:
Aunque podría
hablarse de una “prehistoria” literaria, la confirmación de Carlos María Gómez
como novelista se la puede situar cuarenta, exactos, años atrás, cuando en uno
de los momentos más difíciles de la Argentina contemporánea (plena dictadura
militar) da a conocer su contundente Veneno
de cachiporra.
Se trató de una
violenta muestra de lo que era, en realidad, la violencia imperante en esos
días. Se ha vuelto casi un lugar común, pero estamos ante un ejemplo evidente
de “la verdad de las mentiras”, de la que ha hablado Mario Vargas Llosa al
referirse a la verdad profunda que encierra la ficción literaria.
Gómez siguió
por el derrotero de lo que se puede calificar de “sanción moral”, tan propio
del género que se iniciara en plena Depresión norteamericana y en las revistas
populares que eran conocidas como Pulp
Fiction, una ficción menor, de quiosco, en la que escribían autores
necesitados de dinero, ya que no de fama, porque resultaba difícil trascender
si se publicaba en esos medios casi marginales.
Pese a ello, en
tales desprestigiados medios hicieron sus primeras armas notables autores de la
época, entre quienes se encontraron los “fundadores” del género noir, es decir Dashiell Hammett y
Raymond Chandler. Esos dos grandes escritores y muchos más que les siguieron,
nos contaron la “verdad” de lo que vivía Estados Unidos de la época.
Y hubo “verdad”
en lo que vino después, tanto en Estados Unidos como en países europeos como en
el nuestro, donde el género se afianzó, precisamente, en aquellos años negros,
en los que se empezó a develar la “verdad” a través de relatos duros que
afincaban en el realismo y que resultaron una suerte de metáfora de lo que nos
estaba ocurriendo.
Las novelas
negras siguieron. Y Carlos prosiguió un personal derrotero. Suele decir que no
le gusta que lo ubiquen como escritor de policiales. Y eso es cierto, porque tanto
en esa “prehistoria” narrativa de la que hablé, en la que publicó su novela El desarrollo y los cuentos de Solamente con mirar como en textos más
contemporáneos –entre otros sus novelas Regreso
al sur, Cielo lejano y la muy
actual Suspiros del tiempo- nuestro
narrador ha incursionado en otros campos y temáticas.
Pero la mayoría
de los textos de Carlos María Gómez hablan del poder, como bien lo vimos en Alrededor de la plaza y, también, en
otro plano, en Los chacales del arroyo,
ficción en la que incorporó el doble crimen de dos abogadas, registrados en
Santa Fe en la tantas veces mitificada década del ’70.
Carlos escribe
de manera incesante, sorprendente. Este mismo año publicó dos novelas que
guardan una cierta ligazón: Suspiros del
tiempo y la que ahora estoy presentando; Detectives en la niebla. En esta última el axioma de Chandler se
presenta con total nitidez. Hablo de aquello de “no es un mundo muy fragante,
pero es el mundo en el que vivimos”.
En su última
ficción, el novelista ha “convocado” a los investigadores privados Anselmo
Chino Bustos y Venancio Vega para que indaguen, o sigan, a la mujer del
poderoso empresario Bernardo Waissermann. De esa manera comienza una historia
de encuentros, desencuentros, amores ciertos o fingidos, de amenazas, crímenes,
violencia, porque, parece decirnos Carlos, vivimos en un mundo violento que
poco concede y en el que el daño al otro deviene, casi, constante.
En Detectives en la niebla no hay, ha
advertido Carlos en un reportaje, nada relacionado con lo político, no aparece
esa documentación “extraída”, digamos, de la realidad, que ha caracterizado a varios
de sus textos anteriores. Pero esa “niebla” del título nos habla de un tiempo,
el nuestro, contradictorio, en el que nada se alcanza a ver bien, es decir de
una manera nítida.
Es en ese mundo
discordante en el que se mueven tanto estos detectives menores y muchos de los
personajes de la novela signados por el desconcierto, cuando no por la derrota.
Queda al lector, a la lectora, descubrirlo.
“Pidió un whisky con hielo y lo fue tomando despacito
mientras una serie de personajes más que conocidos comenzaban a rodearlo como
participando de una danza macabra sin sonido. Eran encabezados por la señora
Nora con un gran agujero en su cabeza, luego los dos amantes desnudos y
abrazados, sobre un charco de sangre, además de los hermanos Barraza
esgrimiendo amenazadoramente sus armas”.
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María Mercedes Martorell (esposa de Mario Cuello) con su nieto, Carlos Morán, Carlos Gómez, Julio Hiver y Javier Ignacio Cuello |
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