Tusquets,
Barcelona-Buenos Aires, 2016, 840 páginas.
Traducción de
Carlos Milla Soler.
En España:
23.90 euros. En Argentina: 489 pesos.
Al término de la copiosa lectura de la extensa “El
bosque infinito”, se podría afirmar que la vida vale muy poco, pero que el ser
humano ha logrado persistir no por milagro, sino por su increíble tozudez.
Luchando todo el tiempo contra la adversidad, esforzándose por persistir y
legando en sus descendientes defectos y sabiduría, experiencia y errores, es
decir las luces y las sombras que son propias de la vida.
En la novela, Proulx recorre trescientos años de
historia que centralmente transcurren en lo que hoy es Canadá y el norte de los
Estados Unidos, aunque también hay lugar para las aventuras del mar, o para
historias que transcurren en China, Europa, Australia y Nueva Zelanda, entre
otros territorios. Son más de tres siglos que viven los descendientes de René
Sel y Charles Duquet, dos dejados de la mano de Dios que arriban al bosque
infinito donde ha comenzado su existencia lo que en principio se denominaría
Nueva Francia y más tarde Canadá. Duquet huye de los dominios de Monsieur
Trepagny y emprenderá una carrera de ávido y visionario empresario, que
heredarán sus ricos y ambiciosos descendientes, quienes durante generaciones se
dedicarán a vivir de la madera, explotar a las tribus originarias y depredar
los bosques.
De Sel se tendrán pocas noticias y, aunque
mestizos, sus herederos serán considerados indígenas de la tribu mi’kmaq,
quienes deberán librar una constante lucha contra los blancos (primero contra
los franceses, luego contra los ingleses, más tarde contra los descendientes de
ambas poblaciones, ya afincados en territorio americano) quienes los utilizarán
en forma constante, robarán y los terminarán exterminando. Como exterminan
durante centurias los bosques milenarios sobre cuya historia se detiene en
interminables detalles la narradora.
Cuando Sel y Duquet arriban a ese nuevo mundo se encuentran con el
bosque inabarcable, casi indescriptible, para nada semejante a los que
conocieron en Europa: “Crecían allí árboles descomunales, de un tamaño no visto
en la madre patria desde hacía siglos, coníferas más altas que catedrales, píceas
y tsugas que traspasaban las nubes. Colosales árboles caducifolios se alzaban
muy espaciados entre sí, pero en las copas las ramas colmadas de hojas se fundían
en un falso cielo, oscuro y brutal”.
Brutal es la palabra apropiada para definir esta historia, en la que mientras
unos (los blancos) buscan, y logran, el enriquecimiento a toda costa, a través
fundamentalmente de la depredación, otros (los indígenas, los mestizos) tienen
que retroceder sin solución de continuidad, adaptándose a los constantes
cambios que operan en su contra de manera permanente.
A
Proulx le preocupa la forma en la que el ser humano agrede a la naturaleza.
En diálogo con Pablo Ximénez de Sandoval,
de “El País”, de Madrid, señala que su novela “es una historia sobre
capitalismo; en vez de la palabra conquistar (el Nuevo Mundo) se podría
utilizar destruir, arrancar”. Ella trata de entender a los
habitantes europeos que llegaron por primera vez a América, llevados por su
ambición de volverse ricos. “No les interesaba luchar contra la naturaleza”,
sino extraer de ella cuanto pudiesen y en el menor tiempo posible, para
volverse ricos, para ser poderosos.
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La edición en inglés |
Altos precios. Durante centurias la tarea consiste en abatir árboles, acumular sus
troncos, hacerlos derivar por ríos caudalosos y luego subirlos a los buques
para llevarlos a Europa, donde la madera acopiada tendrá múltiple destino. Más
tarde llegarán los aserraderos, y en todos los casos la tarea será siempre peligrosa,
por lo que enfermar, lastimarse o morir se tornará una constante moneda de cambio.
La vida, como señalé al comienzo, vale muy poco en ese ambiente en el que no
quedaba registro de casi nada, salvo la riqueza acumulada, muchas veces, la gran
mayoría, al margen de cualquier ley.
Aunque
intenta la equivalencia y no juzgar, es bastante evidente que Proulx se muestra
más condescendiente y comprensiva con los descendientes de Sel que con los de
Duquet, (que se llamarán a sí mismos Duke con el paso de algunas generaciones), pese a que le haya expresado a Laura Revuelta,
de “ABC”, de Madrid: “Yo no doy la victoria a ninguna de las dos caras de
estas características (‘creo en la extraordinaria ambivalencia de los seres
humanos que son portadores de impulsos destructivos y creativos en un mismo cuerpo’)
enfrentadas que forman parte integrante de nuestra especie”.
En extendidos
capítulos alternativos, Proulx va contando las historias de los Sel y los Duke,
mostrando a los primeros tratando de resistir la embestida permanente de los
blancos, que va alejándolos de sus primigenias costumbres, en tanto los Duke
buscan, como se dijo, el poder que da el dinero. O, lo mismo, el dinero que da
el poder.
Estos
depredarán, como también lo harán los miles de colonos que arribarán sin solución
de continuidad al, para ellos, nuevo continente, arrasando con bosques
milenarios para sus requerimientos agrícolas. En vez de preservar, los Duke
buscarán nuevos bosques virginales y cuando no los encuentran en los nuevos
Estados Unidos, en la flamante Canadá, buscarán seguir haciendo sus diferencias
en lugares tan distantes como Nueva Zelanda o Brasil.
Aunque
la novela cubre el extenso tiempo que va desde 1693 a 2013, habrá que esperar
hasta que a mediados del siglo XIX arribe a América Dieter Breitsprecher, quien
de manera tímida al principio, más decidida luego, introducirá las primeras
nociones de preservación de los bosques con sus conocimientos de silvicultura.
El
libro cerrará con la figura de Sapatisia Sel, especializada en cuestiones
relacionadas con la preservación del medio ambiente. Ella reunirá a un número
reducido de tenaces y poco comprendidos emprendedores que aceptan desarrollar
una lucha desigual para recuperar los bosques perdidos, cuando ya ha comenzado
el siglo actual y el calentamiento global se hace sentir con toda su
intensidad, más allá de Donald Trump y similares.
Lo que
Proulx se guarda en la manga es por qué Sapatisia recibe un cierto apoyo económico
de la fundación que lleva el apellido de Breitsprecher (heredero, en parte, del
imperio de los Duke) y si una enorme mesa que está en su poder es o no es un
mueble anhelado durante generaciones por los descendientes de Charles Duquet y
nunca conseguida. Con esas preguntas se cierra un libro didáctico, histórico,
preñado de información y aventuras, con el que Proulx expresa su mundo y vuelve
a sorprender.
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Bosque de alerces |
“En los años transcurridos desde que los Sel se
fueron a trabajar al Gatineau, Maine se había independizado de Massachusetts,
aunque eran muchos los que preveían una guerra declarada con el estado de la
bahía; lo había augurado un meteoro que traspasó el cielo con sus chispas rojas
como la sangre. Pero nada ocurrió, y Maine se pobló de hombres, no sólo toscos
leñadores que se corrían jaranas de tres días, sino también contratistas y
agentes inmobiliarios, y bostonianos deseosos de comprar parcelas de los
menguados pinares, que hablaban también de píceas y alerces tamarack, cortezas
de tsuga y madera de frondosas. Los pinares restantes eran escasos y remotos,
pero existía un mercado creciente para otras maderas. La tendencia era desbocar
y embolsarse el beneficio. En todas partes, el gran manto forestal había
quedado dividido en pequeñas porciones, cientos de miles de hectáreas reducidas
a tocones y residuos de madera. Las talas arrasaron riberas antes umbrías y
dejaron los cauces de agua expuestos a la dura luz del sol. Las charcas
cenagosas y los bancos de grava ahuyentaban a las truchas. En las poblaciones
reinaba el bullicio de las cantinas, las casas de comida, los hoteles y los
palacios del placer, y el retumbo de los troncos en primavera y verano. Los
aserraderos trabajaban día y noche; las sierras debían repararse sin cesar; el
peligro de incendio era omnipresente. Innumerables carromatos transportaban la
madera trozada a los muelles. Bangor se jactaba de ser el mayor centro mundial
del embarque maderero”.
Datos para una biografía:
Edna Annie Proulx (Norwich, Connecticut, 1935) estudió historia y se dedicó al periodismo
durante casi dos décadas. Su irrupción en el mundo literario, ya en la
cincuentena, fue tan tardía como deslumbrante. Su célebre novela Atando
cabos, llevada al cine en 2001 por Lasse Hallström, mereció el
Premio Pulitzer y el National Book Award, y cosechó un rotundo éxito entre la
crítica y los lectores. Le siguieron un volumen de cuentos, Canciones del corazón y dos novelas: Los
crímenes del acordeón y Un
as en la manga. El relato Brokeback Mountain,
convertido en película ganadora de tres Oscar, dirigida por Ang Lee, volvió a
llevarla a la actualidad. Su trayectoria literaria ha merecido, además de los
premios citados, el PEN/Faulkner Award, el John Dos Passos Prize, el The New
Yorker Book Award y, en dos ocasiones, el O. Henry Prize de relatos.
Considerada una voz ya clásica de la narrativa en lengua inglesa, se afirma que
Proulx se halla entre «los más grandes escritores norteamericanos» (The
Independent) y su
prosa, además de «poseer un gran oído para el diálogo y un ritmo contagioso» (The
Times), combina «brillantez con ternura» (Daily Telegraph) y «recrea como pocas la belleza de lo
cotidiano» (Independent on Sunday).
Con “El bosque infinito”, publicada el año pasado, Proulx volvió a la ficción
luego de catorce años. Otros libros de la autora son Brokeback Mountain. En terreno vedado, Postales y Wyoming.
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