viernes, 8 de abril de 2016

"Sueños de trenes", de Denis Johnson. Pequeña pero sólida obra maestra

“Sueños de trenes” (“Train Dreams. A novella”), de Denis Johnson.
Penguin Random House, Barcelona, 2015 – Buenos Aires, 2016, 137 páginas.
Traducción de Javier Calvo.
En España: 14,90 euros. En Argentina: 229 pesos.
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“En el verano de 1917 Robert Grainier participó en el intento de matar a un jornalero chino al que habían pillado robando, o al menos lo acusaban de haber robado, en los almacenes de la compañía ferroviaria Spokane International, en el corredor septentrional de Idaho”.

Con estilo medido, con estricta economía de recursos, el norteamericano Denis Johnson en el mismo comienzo de su novela breve “Sueños de trenes”, nos sitúa en un momento histórico determinado de su país, explicita una moral, una manera de entender las relaciones humanas, la justicia. Y nos habla de paso de una sociedad productiva en tensión permanente. El chino había sido encontrado robando y “correspondía” matarlo, la ley y la propia justicia al margen. Aunque no estaba claro si había robado: “O al menos lo acusaban de haber robado”. A todas luces injusto, pero suficiente para una sociedad racista, marcada por la mal llamada justicia de mano propia. Una sociedad de trabajo incesante, forjada a los golpes.

En “Sueños de trenes”, la vida del protagonista Grainier está contada en breves trazos, en un estilo terso, espartano, que a veces deviene epifánico, propio de un autor sólido, de ambiciosa escritura, que ha publicado cuentos, novelas cortas y largas, teatro, poesía, ensayos y textos periodísticos, abordando distintos géneros con parecida eficacia. Aunque es autor de una veintena de títulos, menos de cinco se conocen en nuestro idioma y generalmente no de manera inmediata. Así, “Sueños de trenes”, que fue publicada en los primeros años del siglo en The Paris Review, alcanzó el formato del libro en 2011 y sólo el año pasado apareció en España. En Argentina fue distribuida en las últimas semanas.

La vida de Greinier, centralmente vinculada a la tala de árboles y a la marcha incesante del ferrocarril, conquistando nuevas tierras, produciendo enormes obras y transformaciones de todo orden, está sintetizada en el libro en pocas líneas, parte de las cuales dicen: “Grainier vivió más de ochenta años; durante su vida viajó en dirección oeste hasta quedarse a siete kilómetros del Pacífico, aunque jamás llegó a ver el océano, y en dirección este hasta la población de Libby. Tuvo una única amante, su mujer Gladys, fue propietario de media hectárea de tierra, dos yeguas y un carromato. Jamás se emborrachó, adquirió un arma de fuego ni habló por teléfono. Jamás averiguó quiénes eran sus padres y no dejó ningún heredero”.

Pero literatura siempre es el lenguaje con el que se cuenta y en el caso de Johnson y su “Sueño de trenes” a lo largo de sus páginas cuanto dice vale, hasta grávido, por la eficacia de su relato, por su riqueza expresiva, porque cada episodio, debido a ese valor añadido, se vuelve importante.

Grainier se dedica a la tala de árboles, de grandes píceas (especie parecida al abeto; foto), un oficio agotador que obliga al trabajo brutal y permanente, ya sea con un calor agobiante o en medio del frío más intenso. Su vida se vincula con el ferrocarril que de manera incesante avanza hacia el oeste norteamericano en una geografía gigantesca y en una sociedad individualista en la que los derechos laborales se encuentran olvidados. Johnson en ningún momento cuestiona o da cátedra, le basta con exponer los hechos cotidianos, que muchas veces refieren a la crueldad, a la ausencia de solidaridad, al trabajo duro e inflexible.

Grainier lleva una vida sin demasiados matices. En un momento conoce a Gladys y la lleva a vivir con él a un lugar solitario, en el que levanta una cabaña. Allí tienen una hija y a él le aguarda el trabajo agotador y solitario, participando en las cuadrillas que abaten las píceas, en una tarea que aparenta no tener descanso ninguno, tampoco un final a la vista. Pero en un momento, poco tiempo después, sucede una gran desgracia y Grainier vuelve a quedar solo, con escasos anhelos y la fuerza bruta de su cuerpo, que al tiempo de posibilitarle el trabajo se ve agobiado por diversos malestares físicos, que van limitando su capacidad y por ende sus ingresos.

Si bien es cierto que Grainier, pese a todos sus achaques, llega a superar los ochenta años (y hasta tiene la oportunidad de ver en un tren al mismísimo Elvis Presley; foto), lo central de la historia es aquello que le ocurre –lo que vive, lo que sueña, lo que cree que le está pasando más allá de lo “normal”- en una zona primitiva de los Estados Unidos, en el límite con Canadá, en las primeras décadas del siglo XX.

Se podría decir que Grainier es un desclasado, de su tiempo, de la gente. Vive para Gladys y luego para reconstruir una cabaña en medio del páramo y rodeado de lobos (que tendrán una gran significación en la historia). Vive para sí, para sobrevivir en medio de cambios constantes que no termina de entender ni asimilar (“jamás habló por teléfono”). Queda en el lector la interpretación de aquello que nos ha querido decir Johnson a través de este personaje, de esta historia que va enrareciéndose, mutando, hasta salirse del verismo e ingresar en una zona fantástica.

Johnson en todo caso nos habla del progreso y de la pérdida de una cierta, quizás nunca existente, inocencia. Y es por sobre todo, como expresé, su modo de narrar el que prevalece. Es su riqueza expresiva que se impone a pesar de la economía de recursos apuntada. Y es su final “a toda orquesta”, que se reserva para la última página (irrepetible acá), un toque inesperado y bellísimo, el que termina convirtiendo a “Sueños de trenes” en una pequeña pero sólida obra maestra.
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“El musgo de las tejas de su casa se arrugó y empezó a humear un poco. Los troncos de las paredes se tensaron y crepitaron como cartuchos de calibre grande al dispararse. En la mesa de la cocina una revista se arrugó, se oscureció, se prendió fuego, se elevó trazando una espiral y se alejó volando página a página, ardiendo y describiendo círculos. La única ventana de cristal de la cabaña se hizo añicos, las cortinas empezaron a ennegrecerse por las costuras (…). De pronto todas las lámparas de la cabaña se encendieron. En la mesa estalló un salero de tapa metálica y finalmente la estructura entera se inflamó como si fuera el fósforo de una cerilla”.
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Datos para una biografía
Denis Hale Johnson nació en 1949 en Munich, Alemania, pero se crió en Tokio, Manila y Washington. Ha concedido escasas entrevistas y vive “recluido” en Idaho con su familia. Con sus primeras obras se convirtió en un autor de culto en los Estados Unidos. Ha recibido la beca Lanna Fellowship y el Whiting Writer's Award, entre muchos otros galardones. En 2007 le fue concedido el National Book Award por “Árbol de humo”. Ha publicado una veintena de títulos entre novelas, cuentos, poemas, obras de teatro, ensayos y artículos periodísticos. Además de “Sueños de trenes” y “Árbol de humo”, a nuestro idioma se han traducido sus libros “Ángeles derrotados” (1983), “Hijo de Jesús” (relatos, 1992), “El nombre del mundo” (2000) y “Que nadie se mueva” (novela negra, 2009), mientras se anuncia la inmediata publicación en España de su última novela, “Los monstruos que ríen”, aparecida el año pasado en inglés. Se casó tres veces y tuvo otros tantos hijos. “Hijo de Jesús”, con guión del propio Johnson, ha sido llevada al cine por Alison Maclean en 1999.
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