lunes, 7 de marzo de 2016

"Cinco esquinas", de Mario Vargas Llosa. Entre la comedia erótica y el terror. Comentario anterior: "El sueño del celta"

“Cinco esquinas”, de Mario Vargas Llosa
Alfaguara, Barcelona-Buenos Aires, 2016, 314 páginas.
En Argentina: 299 pesos. En España: 20,90 euros
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Como ocurriera hasta último momento con su amigo, el mexicano Carlos Fuentes, para el peruano Mario Vargas Llosa no resultan obstáculos la edad ni las vicisitudes de la vida si se trata de encarar renovadas muestras de creación e imaginación, de publicar nuevos libros.

Así, en el mismo mes que cumple 80 años, y a pesar de encontrarse “ahogado” por las revistas del corazón por su inesperado divorcio y su rutilante nueva relación con Isabel Preysler, ha logrado superar tantas dificultades y entregar su más reciente novela, “Cinco esquinas”, ambientada en los años de terror que vivió su país natal, el Perú, durante la égida de Alberto Fujimori y su monje negro, “el Doctor”, tal como se lo conocía a Vladimiro Montesinos.

Lo que comienza siendo una historia erótica de dos amigas que se descubren lesbianas, deriva en una serie de episodios teñidos de violencia y amenazas, propias de un ambiente lúgubre como se vivió en el Perú durante la fatídica década de 1990, con Fujimori tornándose aceleradamente en un dictador cruel y corrupto, al tiempo de convivir con el terror que emergía tanto de las fuerzas armadas como de una guerrilla impiadosa que buscaba imponerse a través del pánico (especialmente la que encarnaba, y aún encarna, Sendero Luminoso).

En novelas anteriores, Vargas Llosa buscó diseccionar períodos históricos concretos, como ocurriera con la dictadura de Manuel Odría en su novela capital (nunca superada) “Conversación en La Catedral” o con determinados episodios del espantoso dictador Rafael Leónidas Trujillo en “La fiesta del Chivo”.

Acá se trata de Fujimori y de la “asfixia” cotidiana que significó vivir en su gobierno, mientras Sendero Luminoso y en menor medida el grupo Tupac Amarú con sus ataques, sus bombas y secuestros tornaban pesadilla cotidiana el existir del peruano medio, especialmente en la zona andina. Aunque en rigor ningún sector del país estaba exento de los excesos y la sevicia.

Vargas Llosa toma como eje y símbolo las Cinco Esquinas del título (foto), una zona marginal y postergada de la Lima actual que tuvo tiempo atrás su momento de esplendor. Pero en el “hoy” de la novela (y en el hoy actual, dado que el escritor estuvo recorriendo la zona, con cierto riesgo para su vida dado que es un sector peligroso de la ciudad, poco antes de concluir la redacción de esta ficción en los últimos meses del año pasado) todo se muestra decadente, degradado, ganado por los marginales del delito y la droga.

En ese sitio ocurrirán hechos de significación, mientras que en el siempre “desarrollado” barrio de Miraflores, donde residen las personas pudientes y resguardadas (por el poder y el dinero), tienen lugar otros episodios, más mundanos, protagonizados por las parejas que integran Marisa y Quique, por una parte, y Chabela y Luciano, “amigos de toda la vida”, cuyas mujeres descubren, casi por accidente, el deseo sexual, nunca confesado ni admitido, que las terminará uniendo.

Pero, como se dijo, Vargas Llosa no entrega esta vez una novela erótica (como ocurriera, por ejemplo, con “Elogio de la madrastra”) sino que la relación de las mujeres resultará una suerte de comedia de alcoba que oficiará de contrapunto respecto de los hechos de horror que también se ocupa de narrar a través de distintos episodios y personajes. (En la foto, los tétricos el Doctor, Montesinos, y el dictador Fujimori).

Uno de ellos, “nervio motor” de la historia, refiere al chantaje que un periodista amarillista e inescrupuloso llamado Rolando Garro, director de un semanario dedicado a los escándalos, Destapes, por una fotos comprometedoras intenta hacerle a Quique, quien en su vida asegurada y próspera es un poderoso empresario, dueño de minas y muy vinculado a los sectores de poder peruano. Quique (el ingeniero Enrique Cárdenas, como lo conoce el mundo, especialmente la alta sociedad limeña, muy estructurada y conservadora), lo saca de su despacho casi a puntapiés, decidiendo no atender sus reclamos que no son otra cosa que un chantaje disfrazado de una propuesta de asociación editorial.

La respuesta negativa de Quique se trasformará en un “error” que pagará caro, porque vive en un momento histórico en el que lo equívoco y el terror tienen papel protagónico. Esta situación le posibilitará a Vargas Llosa poner en circulación a varios personajes, tales como el periodista Garro, su principal colaboradora, Julieta Leguizamón, más conocida como “La Retaquita”, el fotógrafo Ceferino Argüello y, en especial, el recitador Juan Peineta, un anciano desmemoriado que tuvo su cuarto de hora como actor cómico y quien, por diversas circunstancias, cargará con la peor parte de la historia.

Peineta, con su nombre y su comportamiento de hombre pobre que busca mantener enhiesta la dignidad, forma parte de esa galería de personajes tales como Zavalita y Ambrosio (de "Conversación en La Catedral"), el escribidor Pedro Camacho (de “La tía Julia y el escribidor”), Mamaé (de "La señorita de Tacna"), la Chunga de la obra homónima,  el militar Pantaleón Pantoja (de “Pantaleón y las visitadoras”) o el cabo o sargento Lituma, recurrente personaje del peruano, que por distintos motivos, y especialmente, por sus elaborados perfiles, han permanecido en el imaginario colectivo.

“Cinco esquinas” es llevadera y tiene un final abierto, enriquecedor que, además, se toma una determinada licencia histórica respecto del final de la dictadura de Fujimori que le sirve tanto para sus propósitos narrativos como para reivindicar en forma tangencial a un periodismo más limpio y ético. Sin embargo, a mi entender, se presenta carente de esa verdadera intensidad que caracterizó a las mejores ficciones de Vargas Llosa (sus perdurables primeras creaciones: “Los jefes”, “La ciudad y los perros”, “La Casa Verde”, “Conversación en La Catedral”, “Los cachorros”), amén de sus originales y audaces logros de renovada escritura. Obvio, y lamentablemente, todo eso quedó atrás hace ya mucho tiempo.

No obstante resulta mucho más “novela” que otras anteriores, como “El Paraíso en la otra esquina” o “El sueño del celta”, textos que son crónicas antes que ficciones. Y se ve enriquecida por, entre otras cosas, el duro y justo cuestionamiento que el autor le hace al periodismo amarillista o amarillo, ese que no vacila a la hora de difamar con tal de aumentar ventas y difusión.

“Cinco esquinas” sin duda, se ubica considerablemente por encima de “El héroe discreto”, la novela anterior que también lo ha hecho volver a su país natal del que ha sabido obtener sus mejores logros, exhibiendo sus lacras, como si tratara de dar respuestas a la pregunta acuciante, recurrente, persistente, inolvidable, de Zavalita: “¿En qué momento se jodió el Perú?”.
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“El ex recitador se quedó mirando a su amigo sin saber qué decir. ¿Le estaba pasando esto a él? ¿Estaba bien despierto? A una persona cuya vida se había reducido a vivir en un miserable cuchitril, que recibía una pensión ridícula, que tenía que ir al comedor de Las Descalzas para no volverse tuberculoso. ¿Le podía todavía ir peor? ¿Buscado por la policía de la Seguridad del Estado, él, Juan Peineta? Era tan absurdo, tan descabellado, que no sabía qué decir, qué hacer”.
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Datos para una biografía
Jorge Mario Pedro Vargas Llosa nació en Arequipa, Perú, en 1936. Aunque había estrenado un drama en Piura y publicado un libro de relatos, “Los jefes” en 1959, que obtuvo el Premio Leopoldo Alas, su carrera literaria cobró notoriedad con la publicación de la novela “La ciudad y los perros”, Premio Biblioteca Breve en 1962 y Premio de la Crítica en 1963. En 1965 apareció su segunda novela, “La casa verde”, que obtuvo el Premio de la Crítica y el Premio Internacional Rómulo Gallegos. Posteriormente ha publicado cerca de treinta títulos, entre ellos las novelas “Conversación en La Catedral”, “Pantaleón y las visitadoras”, “La tía Julia y el escribidor”, “La guerra del fin del mundo”, “Historia de Mayta”, “¿Quién mató a Palomino Molero?”, “El hablador”, “Elogio de la madrastra”, “Lituma en los Andes”, “Los cuadernos de don Rigoberto”, “La fiesta del Chivo”, ”El Paraíso en la otra esquina”, “Travesuras de la niña mala”, “El sueño del celta”, “El héroe discreto” y “Cinco esquinas”; el relato largo “Los cachorros”; las obras teatrales “La señorita de Tacna”, “Kathie y el hipopótamo”, “La Chunga”, “El loco de los balcones” y “Ojos bonitos, cuadros feos”; los relatos de “Las mil noches y una noche” y “Los cuentos de la peste”; los estudios y ensayos “García Márquez, historia de un deicidio”, “La verdad de las mentiras” “La orgía perpetua”, “La utopía arcaica”, “La tentación de lo imposible” ,”El viaje a la ficción”, “Sables y utopías” y “La civilización del espectáculo”; y sus memorias reunidas en “Contra viento y marea” y “El paz en el agua”. Se han hecho versiones cinematográficas de sus textos “La ciudad y los perros”, “Los cachorros”, “Pantaleón y las visitadoras” (una de cuyas dos versiones codirigió), “La tía Julia y el escribidor”, “La Chunga” y “La fiesta del Chivo”. Ha obtenido los principales premios literarios, entre los que cabe mencionar el Nobel de Literatura 2010, el Cervantes, el Príncipe de Asturias, el PEN/Nabokov, el Grinzane Cavour, el Rómulo Gallegos y el Planeta. Ha recibido doctorados honoris causa de distintas universidades del mundo y diversos reconocimientos de gobiernos e instituciones. En el plano político, luego de su pública ruptura con la revolución cubana fue adoptando posiciones liberales, que ha defendido a lo largo de los años. En 1990 se presentó como candidato presidencial del Perú, elecciones que perdió ante Alberto Fujimori. Perseguido por este dictador, en 1993 adoptó la nacionalidad española, A los 19 años se casó por primera vez con su tía política Julia Urquidi. Divorciado en 1964, más tarde contrajo nupcias con su prima, Patricia Llosa, con la que tuvo tres hijos y estuvo casado cincuenta años. Actualmente convive con Isabel Preysler y reside en Madrid.
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Algunos enlaces:



Comentario anterior: “El sueño del celta”, 2010.
“El sueño del celta”, de Mario Vargas Llosa
Editorial Alfaguara, Madrid-Buenos Aires, 2010, 464 páginas
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Roger Casement murió ahorcado en 1916, acusado por el gobierno británico de ser un traidor que trabajó para los intereses del imperio alemán en momentos en que británicos y germanos se encontraban enfrentados en una brutal contienda bélica que no daba ni permitía tregua.

Pero Casement fue al patíbulo convencido de que había hecho lo mejor para favorecer la independencia de Irlanda, por la que dio literalmente la vida y por la que dejó de lado todo cuanto le hubiese permitido llevar adelante una existencia de reconocimientos y relevancia social, como la que tuvo entre los ingleses luego de haber formulado severas denuncias sobre la explotación de indígenas en el Congo africano y en la selva peruana.

Casement fue un hombre de convicciones y contradicciones. Vivió intensamente una vida plena de logros pero también de fracasos. Así, este aventurero que por sus ideales radicalizados perdió la vida, fue un fascinante personaje que parecía salir de una novela. O reclamar una propia, la que en definitiva terminó escribiendo Mario Vargas Llosa y que dio a conocer prácticamente en el mismo momento en que se le otorgó el Premio Nobel de Literatura.

“El sueño del celta” es la historia de Casement y es también una nueva reflexión del escritor peruano sobre la imposibilidad de volver ciertos los sueños y de cómo éstos se estrellan una y otra vez contra el espeso muro de la realidad.

Así expresado, “El sueño del celta” no puede dejar de ser vinculada con otras historias antes narradas por Vargas Llosa, tales como “La guerra del fin del mundo”, “Historia de Mayta”, “La fiesta del Chivo” o “El Paraíso en la otra esquina”.

El monstruoso Congo de Leopoldo

Cuando le regalaron (sic) el extenso Congo al rey Leopoldo II de Bélgica se afirmaba que a partir de ese momento el territorio africano sería beneficiado por la bondad del monarca y la “civilización” que proporcionaría Europa. Los europeos estaban convencidos de que eso iba a ocurrir así, indefectiblemente. Entre ellos se encontraba el joven Casement, hijo de padre protestante y de madre católica (quien presuntamente había abjurado de su religión) y a la que perdió cuando era un niño.

De espíritu aventurero, admirador del famoso explorador Henry Morton Stanley, Casement conoció África a los veinte años (había nacido en 1864), pero de a poco fue desengañándose sobre lo que verdaderamente pasaba en Congo. Y a partir de 1903 comenzó a informar al Foreing Office, la Cancillería británica, sobre la ignominiosa explotación de los nativos, que eran exigidos al máximo para la extracción del caucho, el verdadero motivo “civilizador” que espoleaba a los europeos, el rey el primero de ellos (se había reservado para sí 250 mil kilómetros cuadrados de los dos millones que tiene el país africano).

Los informes que presentó Casement, apoyado por un periodista y por otros integrantes de la opinión pública británica, resultaron lapidarios, aunque la explotación de los nativos para la extracción del caucho prosiguiera por largo tiempo. Y la “civilización” occidental continuaría haciendo estragos en África… hasta nuestros días.

Así como informó sobre lo que ocurría en África, a pesar de los riesgos y de las enfermedades que lo tenían a mal traer, Casement no vaciló en poner blanco sobre negro respecto de la explotación de los pueblos originarios peruanos, también sobre la extracción del caucho, en este caso por parte de la empresa que aunque propiedad del peruano Julio Arana era inglesa, un “imperio” que terminaba siendo la verdadera ley en la zona norte del país incaico, adonde no llegaban las leyes dictadas en Lima.

La obsesión, Irlanda

La novela se abre –son sus mejores páginas- en los momentos de máxima soledad de Casement, en prisión y aguardando la resolución del gobierno inglés, que lo ha detenido en plena guerra con Alemania luego de haber arribado a las costas británicas en un submarino germano y como responsable del traslado de armas destinadas a los irlandeses que luchaban por la independencia de su país.

El aventurero irlandés, cuenta Vargas Llosa, a pesar de todos los beneficios que recibió del Imperio Británico –fue nombrado sir- de a poco se sintió “convocado” por Irlanda, por su independencia, convicción que se reactivó cuando se enteró que había sido bautizado por el rito católico, en secreto y por decisión de su madre.

El aventurero tenía una visión idílica, poco realista, extremista también, sobre la república. Así, llegó a concebir la independencia de su patria natal a partir del apoyo del kaiser Guillermo II y para ese fin se trasladó a Berlín –en pleno desarrollo de la Primera Guerra Mundial- para organizar una brigada independentista entre los irlandeses prisioneros de guerra.

Sus ideas eran irracionales, alejadas de la realidad: por supuesto que fue considerado traidor, por los prisioneros de los alemanes en primer término –a quienes les pedía que combatieran con sus vencedores y contra la propia tropa inglesa- y de inmediato por toda Inglaterra, incluyendo a muchos irlandeses que sencillamente no comprendían sus intenciones. Aún los propios independentistas no terminaban de confiar plenamente en él.

Ya detenido y mientras aguardaba sentencia, circularon sus diarios íntimos que develaban su homosexualidad, algo demasiado mal visto por la Inglaterra de su tiempo, aún victoriana. Allí contaba aventuras escabrosas que Vargas Llosa supone fueron producto más que nada de su imaginación, en tanto que quienes lo admiraron afirmaban que esos diarios fueron fraguados por el servicio secreto británico para perjudicarlo.

Como fuere, tantas contradicciones contribuyeron en mucho para que el gobierno decidiera su ejecución, que tuvo lugar en agosto de 1916 cuando Casement tenía 52 años, aunque se lo veía envejecido debido a su deplorable estado de salud.

Antes crónica que novela, a “El sueño del celta” le falta el desborde imaginativo, el contar con mayor profundidad “desde dentro” de los personajes. Hay exceso de información y a veces ausencia de tensión en esta historia que encontramos más próxima a “El Paraíso en la otra esquina” que a los grandes relatos del peruano que tanto llegaron a conmovernos.  De Vargas Llosa y con tan enorme personaje hubiéramos querido mucho más.
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Video: presentación de “Cinco esquinas” en Casa América de Madrid, 1/3/2016. Duración: una hora.

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