martes, 24 de marzo de 2015

"Hombres sin mujeres", de Haruki Murakami. El autor en su mejor momento


“Hombres sin mujeres”, de Haruki Murakami. Tusquets, Barcelona-Buenos Aires, 2015, 267 páginas.Traducción de Gabriel Álvarez Martínez. En España: 19 euros. En Argentina: 189 pesos.
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“Una vez convertido eh hombre sin mujer el color de la soledad va tiñendo hasta lo más hondo tu cuerpo”. Murakami está escribiendo mejor. Ha crecido en sutilezas, “dice” menos en palabras pero “dice” más en ambigüedades, sus metáforas se ven enriquecidas, “abre puertas” a lo epifánico. Ya había acertado con “Los años de peregrinación del chico sin color” (su última novela) y va a lo profundo –y pega en el “plexo solar” del lector- con los siete cuentos que integran “Hombres sin mujeres”, escrito en apenas tres meses y aparecido el año pasado en Japón.

En rigor, los cuentos originales del libro fueron seis. El séptimo, “Samsa enamorado”, es de 2013, había aparecido en una antología en Japón y, aunque sea un buen homenaje a Kafka y a "La metamorfosis", suena como una suerte de nota falsa en un conjunto de relatos muy ajustados y que mantienen una especial correspondencia entre ellos.

De cuento a cuento Murakami parece ir creciendo, como adensando lo que quiere expresar. Aquello que intentó decir en su libro, según manifestó en una entrevista, fue retratar el aislamiento, la soledad y lo que ambos significan desde un punto de vista emocional. Y a mi juicio lo logró.

“Hombres sin mujeres” (homenaje a Hemingway, explícito, porque el gran narrador norteamericano publicó con el mismo título uno de sus primeros libros, en 1927, en el que también abordó esa temática), habla de hombres que en momentos determinados de sus vidas han sido “visitados” por mujeres, con las que han mantenido relaciones intensas, pero de las que se han apartado, por diversos motivos. En tanto, otros las aguardan, tristes y melancólicos, sin lograr hacer pie en su mundo emocional.

Hombres perdidos

Se podría decir que estos hombres, los protagonistas de los relatos, están perdidos, desnortados, casi sin presente ni futuro. Murakami los muestra en sus momentos-límite, cuando parece que no pueden dar más de sí mismos. En “Drive my car”, el actor Kafuku, que ha tenido algunos problemas para conducir su coche, contrata a una mujer joven para que lo lleve a distintos lugares, en su Saab 900, descapotable, amarillo y antiguo. Es más que nada un deambular casi sin sentido que emprende el actor, porque no puede salir del laberinto que le produjo saber que su mujer, muerta al momento de iniciarse el relato, también actriz, lo traicionaba con los coprotagonistas de las películas que filmaba.

“Yesterday” cuenta la relación compleja que se establece entre los estudiantes Tanimura y Kitaru. Este último tiene una personalidad extraña, habla en un dialecto que aprendió por capricho y lo vuelve chocante ante los habitantes de Tokio, donde vive. Es estudiante, pero difiere su concurrencia a clases y en cambio le propone a su amigo que salga con su novia, Erika, antes de que ésta se “enganche” con otro. Tanimura conoce a la chica pero, aunque queda impactado por ella, la evita, quizás por Kitaru, quizás porque no termina de asumir compromisos. Quizás porque la soledad es lo que se impone a los tres personajes.

Personajes raros, enrarecidos, suelen ser los que aparecen en las historias de Murakami, quien siempre habla de solitarios en medio de las multitudes que pueblan Japón (y que no suelen ser citadas en esos textos, volviéndolos así más extraños aún). En “Un órgano independiente” Murakami se permite una afirmación desagradable, fuertemente misógina y más que rebatible: el órgano independiente sería la mentira, “propia” de la mujer. Lo expresa el personaje central del relato, el exitoso cirujano plástico Tokai, pero Murakami termina asumiéndolo como pensamiento propio al darlo por sentado.

Al mismo tiempo, se trata de un relato muy logrado, feroz, porque Tokai, que ha tenido relaciones amorosas diversas, sin compromisos, ya pasados los cincuenta años se enamora de una mujer que, al final, no le corresponde. Y es así que ante la ausencia de la amada decide que la vida no tiene sentido. O, mejor, que ha perdido el sentido de las cosas al ser abandonado. Y toma entonces una decisión extrema que Murakami relata con mucha habilidad y minuciosidad.

El mejor relato

Como expresé al principio, cuento a cuento, Murakami parece ir creciendo y así llegamos a “Kino”, a mi manera de ver el mejor relato de la serie. Lo es porque, iniciado como un cuento verista, el narrador japonés se permite visitar el territorio de lo sobrenatural, al que es tan adicto (y en el que no siempre queda bien parado: “Kafka en la orilla”, “1Q84”). Sin embargo, aquí se muestra más sólido, más seguro, como si siguiera los pasos que ya diera en “Los años de peregrinación del chico sin color”.

Kino, nombre del personaje central del cuento, se decide a abandonar su vida habitual después que descubre que su esposa lo traiciona con un amigo y por eso se traslada de Kasai a Aoyama (dos ciudades japonesas), donde su tía tiene un café que él transforma en bar. Allí se dedica a escuchar jazz en un viejo tocadiscos Thorens, mientras atiende a los escasos clientes que llegan al negocio. Kino no termina de comprometerse con nada, incluso la aventura amorosa de su mujer, aunque le ha dolido, no llegó a conmoverlo profundamente.

En un momento dado un visitante asiduo, y extraño, lo insta a marcharse antes de que le ocurra algo terrible. Kino, luego de comprobar que están pasando situaciones nada claras en su derredor (el bar se ve de pronto rodeado de serpientes) acepta la propuesta, cierra el negocio y se instala en un pequeño hotel, en otra ciudad. Y en ese lugar, donde está más solo que nunca, es sometido a una dura prueba hasta que acepta tener “una herida muy profunda”. Hasta que acepta su dolor, su desazón como ser humano.

“Scherezade”, en el que una mujer le narra historias a un hombre que debe permanecer encerrado por razones que no se explicitan, y “Hombres sin mujeres”, el monólogo de un hombre que comprende, con tardanza, que ha perdido a una mujer muy especial, completan la serie de un libro que, con claros apuntes autobiográficos, escapa de lo trivial y que muestra a un Murakami muy maduro, en su mejor momento como escritor.
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Murakami me resulta mejor cuentista que novelista. Así lo demuestran tanto “Hombres sin mujeres” como los relatos incluidos en “Después del terremoto” (2000-2002, editado en castellano en 2013) y en “Sauce ciego, mujer dormida” (2006, publicada en 2008 en nuestro idioma). Hasta ahora no ha sido traducido “El elefante desaparece”, de 2005, que contiene 17 relatos.
Por otra parte, resulta más que evidente en el libro aquí comentado que tanto los títulos “Drive my car” y “Yesterday” son un nuevo homenaje del autor a sus admirados The Beatles.

“Las ramas del sauce se mecían suavemente con el viento de principios del verano. En una oscura salita situada en lo más hondo de Kino, una mano cálida se alargaba hacia la suya y se posaba en ella. Con los ojos fuertemente cerrados, Kino sintió el calor de su piel, su tierno grosor. Era algo que había olvidado hacía mucho tiempo. Algo de lo que había estado separado largo tiempo”.




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