martes, 4 de noviembre de 2014

"Underground", de Haruki Murakami. Buceando en el alma japonesa

Hoja de ruta: Comentario sobre “Underground” de Haruki Murakami; perfil del autor; enlaces a links de Internet; comentarios a libros anteriores de Murakami (“Baila, baila, baila”; “Sauce ciego, mujer dormida”; “Después del terremoto”, “After Dark”, “De qué hablo cuando hablo de correr”; “1Q84”, tomos I, II y III; y “Los años de peregrinación del chico sin color"); video, entrevista a Murakami, en Barcelona, subtitulado.

En otro orden, los invito a visitar mi página Noticias desde el sur, en la que se reiteran los diversos comentarios del blog y  se agregan otros materiales, tales como cuentos de mi autoría, entrevistas, notas y presencia de invitados. En este último caso puede recorrerse la “galería” del mexicano Humberto Cadena Camacho, con sus personales versiones de personajes de las novelas del irlandés John Connolly (http://www.noticiasdesdeelsur.com)
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“Underground”, de Haruki Murakami. Tusquets, Barcelona-Buenos Aires, 2014, 557 páginas. Traducción de Fernando Cordobés y Yoko Ogihara. En España: 22,90 euros. En Argentina: 209 pesos.

Meritorio este libro de Haruki Murakami, por exhaustivo, “jugado” y nada dispuesto a las concesiones. Se trata de la investigación que realizó poco después del atentado contra el metro de Tokio el 20 de marzo de 1995, cinco ataques coordinados de integrantes de la secta Aum, quienes esparcieron gas sarín causando trece muertes, cincuenta heridos graves y más de mil afectados.

Murakami, ausente de Japón durante años, había regresado en ese tiempo a su país natal y se interesó por el caso, tanto por el hecho en sí como porque le pareció que si lo investigaba le resultaría una forma apropiada de comprender a sus connacionales de una manera más amplia o, como él lo dice, “entender Japón a un nivel más profundo”.

Aum Shinrikyo o Verdad Suprema era una secta inicialmente inclinada al budismo y a diversas prácticas orientales, liderada por el gurú Shoko Asahara (nacido con el nombre de Chitzuo Matsumoto, en 1955), quien consiguió muchos adeptos en Japón en las décadas de 1980 y 1990. Se proclamó como un nuevo Cristo prometiendo a sus seguidores “la iluminación”. Para sumarse a la secta, los adeptos debían entregar vida y dinero y someterse a una existencia austera, plena de exigencias, luego de romper con el resto de la sociedad, familiares y amigos incluidos.

La secta fue radicalizando sus posiciones y so pretexto de que debía protegerse de agresiones y espías externos, decidió “pasar al ataque” y diseminar gas sarín (un gas tóxico y mortal) en el siempre atestado metro de Tokio. Las acciones fueron dispuestas por Asahara y cumplidas por sus servidores más próximos y devotos (en su mayoría profesionales en diversas disciplinas). Nunca fueron totalmente aclaradas las razones de esos actos criminales, pero no habría que descartar que el gurú haya querido de ese modo “precipitar” el fin del mundo que, según las creencias más difundidas en la secta, podría producirse en 1999. Por eso no puede extrañar que se dijese que Aum habría tenido la intención de emplear un helicóptero para rociar con sarín el cielo de Tokio…

Otra alternativa que se deduce leyendo el libro de Murakami, es que la secta se encontraba en una crisis, de identidad, de representatividad, y que no eran pocos los que empezaban a dudar de su gurú (a quien debían seguir devotamente y creer absolutamente en su infabilidad) y que ante ese panorama, Asahara, en su delirio mesiánico, haya buscado por ese terrible camino (o atajo siniestro) afirmar su autoridad.

Dos libros

En rigor, “Underground” está constituido por dos libros. El que ocupa la mayor parte del volumen se conoció a comienzos de1997 y en él hablan centralmente las víctimas del atentado, aparte de que Murakami agrega en un “epílogo” sus propias reflexiones. La segunda parte es diferente, porque se trata de una serie de notas que el autor de “After Dark” escribió para una revista de su país luego de aparecido el libro, basadas en entrevistas a algunos integrantes de la secta (no a los miembros principales, que estaban en la cárcel).

En esta segunda parte, Murakami “participa” más, en tanto que en la primera, en la que conversó con una treintena de personas, en su gran mayoría víctimas del ataque del gas, en general se abstuvo de opinar. Además de víctimas directas, también cuentan sus experiencias algunos profesionales y, al final, parientes de una de las personas que resultaron asesinadas en el ataque.

Unas palabras del subtítulo de “Underground” me han resultado significativas: “El atentado con gas sarín en el metro de Tokio y la psicología japonesa”. Estas tres últimas palabras me parece que tienen especial importancia, porque al lector ajeno al mundo nipón Murakami le abre varias puertas para rastrear, interpretar, “auscultar” el alma japonesa. Dado que desde múltiples maneras, el narrador se muestra casi como “extranjero” en su propio país, no debe descartarse la idea de que él también haya querido interpretar a su pueblo, comprenderlo de una manera más compleja.

El metro o subterráneo de Tokio tiene 13 líneas que recorren un total de 286 kilómetros por debajo de una de las ciudades más pobladas del mundo (más de 13 millones de habitantes). Lo utilizan nada menos que 2.500 millones de usuarios en el año y viajar en él termina resultando una experiencia traumática, dada la enorme cantidad de personas que ocupan sus vagones superpoblados.

Las víctimas entrevistadas por Murakami a lo largo de semanas no tenían la menor conexión entre sí, y pudieron ser ubicadas (para las entrevistas) luego de vencer diversos grados de dificultades en distintas partes de Tokio, o fuera de la gran ciudad. De ocupaciones y edades muy disímiles, las mujeres y los hombres entrevistados acusaban sin embargo no pocas coincidencias: se mostraban renuentes a contar sus experiencias, sufrían aún consecuencias físicas (y psicológicas) por haber absorbido sarín y, en reiterados casos, no lograban quitarse de encima una suerte de sentimiento de culpa.

Una férrea disciplina

La férrea disciplina laboral parece marcar a fuego a los japoneses, de cualquier edad, sexo y extracción social. En casi todos los casos, los afectados confirmaron a Murakami que se presentaban antes de horario en sus muy diferenciados trabajos y que permanecían allí por largas horas. Llaman la atención los esfuerzos que cada entrevistado manifestaba por hacer bien su tarea y no perjudicar a empresas y compañeros de labor, así como “querer cumplir” antes que nada con sus obligaciones laborales, decisión que reiterada, obcecadamente, mantuvieron luego del ataque, es decir a pesar de haber sido gaseados y de estar muy afectados por el veneno.

Otra constante que se destaca refiere a las dificultades que tuvo la mayoría de los afectados en “reconocer” lo inusual de la situación que se planteaba ante sus ojos, esto es, gente que de pronto comenzaba a toser y casi de inmediato a registrar convulsiones, a caer largo a largo, ya sea en los vagones o en los andenes del metro. Los entrevistados, en número inusitado, no terminaban de entender la gravedad de la situación porque no lograban “armar” una visión de conjunto, de manera que llegaban a conclusiones casi infantiles, diciéndose por ejemplo que algunas personas se habían enfermado de pronto o que si ellos, en lo personal, acusaban también síntomas extraños durante considerable tiempo, debían atribuirlo a patologías individuales, ajenas al gas venenoso.

En otro plano, Murakami y las personas interrogadas fueron coincidentes en que el gobierno no estaba preparado para afrontar una situación de esas características, pese a que un tiempo atrás se habían registrado ataques muy graves, que terminaron adjudicándose a Aum, como fueron los asesinatos del abogado Tsutsumi Sakamoto, un letrado que combatió a la secta, y algunos de sus familiares. Sakamoto y familiares fueron asesinados en 1989 con inyecciones de una dosis letal de cloruro potásico, tras lo cual fueron estrangulados. Años más tarde por estos hechos fue condenado a muerte un integrante de Aum, mientras que Asahara también fue encausado en relación a dichos crímenes.

Asimismo, en 1995 se atribuyó a la secta el asesinato de Kiyoshi Kayira (previamente secuestrado), quien había dado refugio a una hermana que, luego de haberse integrado a Aum, huyó a la casa de su hermano cuando le exigieron que donara propiedades, además de dinero.

Asahara-Matsumoto ya había hablado un año antes del gas sarín y anticipado que en algún momento próximo se produciría el Armagedón o fin del mundo. Además del abogado Sakamoto, otros letrados hicieron públicas advertencias sobre la secta, pero en definitiva la policía no tomó medidas y en consecuencia, cuando se produjeron los ataques, en el metro de Tokio no existía ningún plan de contingencia ni se tomaron medidas inmediatas para afrontar la situación.

Las primeras víctimas

Quienes más sufrieron fueron los empleados del metro, los que (por total ignorancia sobre lo que enfrentaban), retiraron de los vagones las bombonas de gas sin tomar precauciones o, en otros casos, asistieron como mejor pudieron a personas afectadas (y por ende contaminadas) tomando contacto con el letal producto, esparcido en la ropa y/o en los cuerpos de las víctimas.

Tampoco los centros asistenciales estuvieron preparados para una situación que de inmediato los desbordó. Sólo un grupo de médicos, que tenían estudios previos sobre el gas, logró transmitir sus conocimientos vía fax a un número reducido de sanitaristas.

Estos hechos son expuestos con claridad por Murakami y las víctimas, las que sufrieron efectos colaterales y posteriores, dado que en diversas circunstancias no terminaron de ser comprendidos por sus allegados, respecto de las consecuencias ulteriores de haber sido gaseados, que se traducía en pérdida de energías, de visión ocular y de memoria, aparte de las tensiones psicológicas, que en sus trabajos y hasta en el entorno familiar muchas veces no se supo interpretar ni contener. No fueron pocos los que, a causa de esa indiferencia, perdieron trabajos o vieron quebrantados los lazos familiares.

En la segunda parte del libro desfilan diversos ex integrantes de Aum, en su mayoría arrepentidos por haber participado de la secta, aunque algunos persistían en ella. Aum ha cambiado de nombre y tiene hoy otro líder y escasos adeptos, pero no ha hecho un exhaustivo acto de contrición, aunque ha pagado indemnizaciones a diversas personas.

Lo que se concluye, luego de leer esta segunda parte, es que las sectas atraen a seres débiles, desde el punto de vista social, ajenos al consumismo, que buscan en caminos espirituales alternativos una “salida” que la vida, tan demandante, no les entrega. De ahí que resulte “cómodo” sumarse a un mundo  paralelo que le escapa al mundo rutinario, proponiendo reglas estrictas de introspección, renunciamientos y sumisión.

“Usted también, lector”

Murakami trata de entenderlos, más allá de los cuestionamientos de todo orden que les hace, y le propone al potencial lector que haga lo mismo: “Debemos saber que quienes entran a una secta no son todos anormales, ni excéntricos, ni marginados. (….) Quizás se toman algunas cosas demasiado a pecho. Tal vez estén marcados por algún dolor. Les cuesta manifestar sus sentimientos y tienen algún trauma. No saben cómo expresarse y fluctúan entre sentimientos de orgullo e inadaptación. Yo podría ser así… y usted también, lector”.

Este intento de comprensión de un fenómeno complejo, le aparejó no pocos dolores de cabeza al escritor, especialmente de parte de familiares de las víctimas. Comprensible, el ataque con gas sarín conmovió profundamente a la comunidad nipona que reclamó castigos severos a los principales responsables de Aum.

De hecho, Asahara y varios más fueron condenados a muerte. Lo curioso es que pasados tantos años muchas de esas ejecuciones no se han llevado a cabo y el gurú sigue en estricto arresto, pero sin tomarse con él medidas definitivas. Los últimos grandes responsables de los ataques permanecieron prófugos durante mucho tiempo, al punto de que los últimos fueron arrestados dos años atrás.

El presente volumen estaba necesitado de una  actualización informativa que bien podría haber escrito el mismo Murakami. No se lo ha hecho, lo que le impide al lector más actual tener una visión completa no sólo de lo que significaron Aum y Asahara, sino lo que hoy mismo significan, o no, en la vida de Japón. Quizás una nueva edición palie dicho déficit.
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Fotos laterales: arriba, en recuadro, el gurú Asahara y afectados por el gas sarín: siguientes: tomas diversas del metro de Tokio, en horas pico.
“Subió al quinto vagón del tren. Cuando al aproximarse a la estación el convoy redujo velocidad, agujereó en repetidas ocasiones los paquetes con el gas sarín que había depositado en el suelo. Lo hizo con la punta afilada de su paraguas. Sin embargo, sólo logró atravesar uno de ellos. El otro quedó intacto. De no haber sido así, el número de víctimas se habría multiplicado”.

Perfil


Haruki Murakami (Kioto, 1949) estudió literatura en la Universidad de Waseda y regenteó durante varios años un club de jazz. Ha recibido numerosos premios, entre ellos el Noma, el Tanizaki, el Yomiuri, el Frank O’Connor, el Franz Kafka o el Jerusalem Prize, así como el Arcebispo Juan de San Clemente, concedido por estudiantes gallegos. Ha sido distinguido con la Orden de las Artes y las Letras por el Gobierno español y recibió el XXIII Premi Internacional de Catalunya 2011, que otorga la Generalitat de Catalunya. Fue varias veces mencionado para el Premio Nobel de Literatura. Autor de una veintena de títulos, de él se conocen en castellano las novelas “La caza del carnero salvaje” (1982, edición original), “El fin del mundo y un despiadado país de maravillas” (1985), “Tokio Blues” (“Norwegian Wood”,1987), “Baila, baila, baila” (1988), “Al sur de la frontera, al oeste del sol” (1992), “Crónica del pájaro que da cuerda al mundo” (1995), ““Sputnik, mi amor” (1999), “Kafka en la orilla” (2002), “After Dark” (2004), “1Q84” (2009-2010, dividido en tres partes) y “Los años de peregrinación del chico sin color” (2013): los libros de cuentos “Sauce ciego, mujer dormida” (1996) y “Después del terremoto” (2000); el libro de investigación periodística “Underground” (1997/8) y su texto autobiográfico “De qué hablo cuando hablo de correr” (2007).
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Algunos enlaces:
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Comentarios de libros anteriores de Murakami, oportunamente publicados en el blog:

Comentario sobre “Baila, baila, baila” (ed. or. 1988; ed. esp. 2012)
Murakami en estado puro

 “Baila, baila, baila” (“Dansu, dansu, dansu”), de Haruki Murakami. Tusquets, Barcelona-Buenos Aires, 2012, 453 páginas. Traducción de Gabriel Álvarez Martínez. Precios actualizados: en España: 22 euros – En Argentina: 249 pesos

“Baila, baila, baila” fue publicada en su idioma original en 1988 y es un Murakami en estado puro. Vale decir, se trata de una larga novela con pocos personajes, situaciones paroxísticas, apelaciones reiteradas a la música, prácticamente ningún contacto con la realidad “real” y sí, y en cambio, con el “otro mundo” atravesado por los fantasmas y las noticias de la muerte.
A muchos lectores (en realidad, a muchísimos, y en el mundo entero) un cóctel como el enunciado deslumbra. Lo anterior no se diferencia demasiado de lo que se puede decir de otros trabajos suyos, escritos varios años después, como “Kafka en la orilla” o “After Dark” y de cierta manera también podría aplicarse a, al menos parte, de su trabajo más ambicioso, “1Q84”. En lo personal no me ha causado tanta impresión. Ya iré señalando por qué.
El autor no parece preocuparse por lo que en determinados casos tiene que ver con sus limitaciones expresivas. En realidad él escribe a su aire, a  veces hasta caprichosamente. Si quiere hablarnos durante prolongadas páginas de unas vacaciones en Hawaii en las que no pasa sustancialmente nada, lo hace. Si quiere sumergirnos de súbito en el mundo de las pesadillas (entrar y salir de él con excesiva facilidad) lo hace también. Y si desea que su personaje supere en apenas minutos una gran borrachera no trepidará en contarlo. Y continuar con su historia como si nada.
Lo que narra en “Baila, baila, baila” es el desconcierto de un personaje de 34 años (la edad que tenía Murakami cuando escribió esta novela), quien se dedica a hacer muy poco porque es un publicista que vive de escribir columnas sobre temas banales (vg. recorrer restaurantes de moda) y en el “momento” de la ficción suspende toda obligación para atender otras, que se le presentan de súbito y de manera simultánea.
Lo que se le presenta es la necesidad de retornar con urgencia al Hotel Delfín, en Saporo, Hokaido, ubicado al norte de Japón (él reside en Tokio), donde vivió extrañas aventuras con una no menos extraña mujer, la prostituta Kiki, de la que ha dejado tener noticias hace tiempo.

Una extraña convocatoria

El personaje se siente “convocado” por Kiki, pero también perturbado por lo que le ocurre:
“Mientras contemplo las gotas de lluvia, le doy vueltas a la idea de que formo parte de algo. Y de que alguien llora por mí. Me resulta un mundo extremadamente lejano.  Como la luna o un lugar parecido. Al fin y al cabo, es un sueño. Siento que, por más que estire el brazo, por más que corra, nunca lo alcanzaré. ¿Por qué iba alguien a llorar por mí? Da igual: ella me busca”. (pág. 13).
Pero cuando llega a la fría Saporo, cubierta de nieve, no se encuentra con el viejo hotel en el que vivió aventuras esotéricas con Kiki y conoció al que llama “el hombre carnero” (un ser extraño que había aparecido en una de sus novelas anteriores, “La caza del carnero salvaje”). Por el contrario, en ese lugar se levanta un moderno, lujoso y de cierta manera gélido edificio, el nuevo hotel Delfín.
Allí conocerá a una recepcionista, Yumiyoshi, quien de a poco irá incidiendo afectivamente en su vida y también volverá a ver (en unl mundo paralelo) al hombre carnero, quien le pide que se deje llevar por los acontecimientos: “Baila, no dejes de bailar, No pienses por qué lo haces. No les des vuelta ni le busques significados (…) Si te pones a pensar las piernas se detienen”. (p.109).
De manera que “Baila, baila, baila” es en definitiva el acertijo de la existencia del protagonista –sin nombre- que deberá ir dilucidando en su vida de adulto, llevado por acontecimientos que no controla, y vinculándose con exóticos personajes, especialmente con la adolescente Yuki, bella y con percepciones extrasensoriales, el actor Gotanda (condiscípulo en su juventud), los padres de Yuki y unas prostitutas que recuerdan más a vestales que a rutinarias profesionales del sexo.
Una de ellas, Mei, es asesinada y como en su cartera aparece la tarjeta personal del protagonista, éste se convierte en sospechoso y se ve obligado a declarar extensamente ante la policía, la que no deja de ejercer con él ciertos grados de crueldad. Sin embargo, y a pesar de que no ha hablado, en un momento dado lo dejan en libertad.

Silencio cómplice

El protagonista no habló para no comprometer a Gotanda, quien fue el que lo vinculó con la prostituta, algo que el actor agradece profundamente porque una historia así podría terminar con su carrera, todo el tiempo expuesta al público, ávido de esa clase de noticias.
Sin embargo, que no se piense que estamos ante una novela policial. Nada de eso, el crimen de Mei es, digamos así, circunstancial, antes que como hecho criminal tiene que ver con los “nudos” que se le presentan al publicista y que debe ir resolviendo para toparse con esa “verdad” que lo aguarda al final de la historia. Y esa verdad es la de encontrarse consigo mismo y con un camino posible para su futuro.
Como señalé, Murakami escribe a su antojo. No le parece para nada raro que los padres de Yuki, que tiene 13 años, permitan que pase más tiempo con él que con ellos. O que a nadie le llama la atención que la lleve a restaurantes, a bares, hasta que le haga servir alcohol. No hay vínculos sexuales entre ambos pero en caso de haberlo querido nadie se lo hubiera impedido.
A veces reiterativo, con páginas –extensas- que nada dicen, demorándose más de lo necesario, Murakami nos entrega con “Baila, baila, baila” otro capítulo de su mundo, surrealista, a veces mágico, a veces poético, pero también previsible y hasta con dificultades expresivas (cuando plantea situaciones que no sabe bien cómo resolver).
El escritor de las “cosas raras” no sorprende por sus excesos, sus reiteraciones. A muchísimos les gusta, ya se dijo, y a no pocos críticos y académicos, tanto que resultó sorpresa que no haya sido él sino otros los escritores que obtuvieron en estos últimos años el Premio Nobel de Literatura. Cuando Murakami se “contiene” (“After Dark”, sus cuentos de “Sauce ciego, mujer dormida”) suele convencer, pero cuando se extiende más de la cuenta su música desafina. En definitiva, un Murakami en estado puro.
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Comentario sobre “Sauce ciego, mujer dormida” (ed. or. 1996/2005; ed. esp. 2006)
Cuentos para tomar en cuenta

“Sauce ciego, mujer dormida”, de Haruki Murakami. Tusquets Editores, Barcelona- Buenos Aires, 2006, 370 páginas. Traducción de Lourdes Porta Fuertes. Precios actualizados: en España: 20 euros. En Argentina:148  pesos.

“Escribo cosas muy raras”, le decía años atrás Haruki Murakami a Juana Libedinsky de “La Nación”, de Buenos Aires, en uno de los escasos reportajes que ha concedido. Esas “cosas raras” que escribe tiene muy dividida a la crítica, porque mientras muchos alaban su tórrida imaginación, los mundos oníricos que plantea, que lo vinculan con el orbe del director de cine David Lynch y lo colocan en un altar un tanto discutible, otros sostienen que este autor elabora misterios que no ofrecen explicaciones porque “su prosa no alcanza”.
Así lo afirmaba la argentina Eugenia Zicavo al comentar una de sus novelas más alabadas, “Kafka en la orilla” (Tusquets, 2006). Más allá de ello, aunque el propio autor considera que el cuento no es su fuerte, dado que interpreta que él es fundamentalmente un novelista, contradiciendo su punto de vista a nuestro entender es en el relato corto donde su narrativa onírica, poco o nada realista, logra expresarse con mayor claridad y riqueza. Esas cualidades quedan en evidencia, precisamente en “Sauce ciego, mujer dormida”, en el que se han incluido cuentos escritos entre comienzos de la década de 1980 y 2005.
Murakami “llegó tarde” a la narrativa, casi por casualidad, luego de haberse dedicado a atender bares y a volverse un fanático de jazz aunque nunca se transformó en músico. “Estaba en un partido de baseball en Tokio, cerveza en mano, y al mirar al bateador pegarle a la pelota en una jugada clave y luego de correr hasta la seguridad de la segunda base, me pasó por la cabeza la idea de que yo podía ser escritor”, le contó a Libedinsky. También admitió que a pesar del paso del tiempo y de haberse transformado en un escritor profesional, frente al teclado de la computadora piensa que está ante el teclado de un piano y que compone música.
Es obviamente difícil (más bien imposible) saber cómo escribe Murakami en japonés para quien no domina ese idioma, aunque las traducciones que se conocen en castellano se han tomado directamente del nipón, vale decir que no ha existido la riesgosa “intermediación” de una tercera lengua. Se sabe, no obstante, que su prosa es límpida y que escribe con muchísima influencia del inglés-norteamericano, que no es sólo su segundo idioma sino que fue el que utilizó para escribir sus primeras ficciones.

“Banana” Yoshimoto

El jazz, la cultura occidental, la literatura de esta parte del mundo, el orbe pop, la cultura de masas, “informan” a la narrativa de Murakami, tanto que despierta no pocas sospechas y rechazos en su país natal donde, por otra parte, se lo liga a otro autor, en este caso autora, “Banana” Yoshimoto, una escritora que comenzó antes que él y como una verdadera outsider con su pequeña gran novela “Kitchen”.
Hay ligazones, porque en sus textos “Banana” habla de un mundo poblado de fantasmas reales o posibles y que son –precisamente- los que cada tanto emergen en los cuentos de Murakami. Aunque, aclaremos, no se trata en su caso de fantasmas habitantes de historias góticas, sino seres presuntos que acompañan al ser humano para llevarlo hacia sitios y/o situaciones inhabituales.
Uno de los hallazgos narrativos del primer Murakami es el cuento “La tía pobre”, escrito en los comienzos de los ’80 del siglo pasado. En el relato, un escritor en ciernes imagina que carga sobre sus espaldas a una tía pobre. “En todas las bodas hay una tía pobre –escribe Murakami- apenas se la presentan a la gente, apenas si conversan con ella”. Cuando él carga con la tía pobre nadie quiere acercársele porque esa mujer, ese “fantasma”, genera los peores recuerdos o, sencillamente, deprime. Esa “tía pobre” no resulta una buena moneda de cambio en un Japón que crece, que muta, que “vive a mil”, donde cada quien busca el éxito y el sempiterno ascenso social. En el espejo que supone la tía pobre, Murakami logra mostrar el rostro de un país arrojado a la carrera del consumo y de los logros individuales.
El libro reúne 24 cuentos y por lo tanto otros tantos registros, de resolución dispar. “Empiezo a escribir sin ninguna estructura, apenas con alguna imagen o una serie de personajes que me interesan”, ha señalado el escritor y que los cuentos le resultan un laboratorio experimental para sus novelas. Así no puede sorprender que varios de ellos hayan servido de base precisamente para sus textos más conocidos.
Lo que busca Murakami es lo “distinto”, las inquietantes zonas oscuras de la vida. Como ejemplo de lo que a él mismo le tocó experimentó comentó dos anécdotas. En una de ellas un intérprete de jazz, en una sesión a la que el autor asistió, terminó tocando dos piezas más que infrecuentes y que Murakami deseaba intensamente escuchar (aunque nada había dicho al respecto). En la segunda oportunidad en un local de discos viejos encontró una pieza también poco conocida que llevaba el nombre de 4 menos 10. Al salir de la disquería alguien le pidió la hora. Puntual: eran las 4 menos 10...

Los accidentes cortazarianos

Esos “accidentes”, las resonancias del azar, eran muy buscados por Julio Cortázar en su vida cotidiana. El argentino decía que los encontraba con cierta facilidad. Y con reiterada felicidad las supo volcar en sus cuentos. Es evidente que a Murakami le cuesta más, sus textos se alargan muchas veces sin necesidades internas y otras –como en el caso extremo de “El mono de Shinagawa”- llega a lesionar el verosímil.
Pero, en general, en esta amplia selección de sus relatos, la idea de contar “cosas raras” (“soy incapaz de sentir interés en novelas que no causen desconcierto a los lectores”), es decir la de narrar lo inusual de la vida, lo lleva a momentos de gran calidad narrativa (en el cuento que da título al libro) y en otros a gestar válidas atmósferas o a hablar de situaciones en la que lo extraño se hace presente de manera aceptable.
Otra constante tiene que ver con la soledad. En efecto, la mayoría de sus personajes son seres que viven “en solitario” en la gran ciudad y quienes con grandes dificultades logran establecer algún tipo de contacto con el otro, ese otro que parece estar aguardándolo para llevarlo o acercarlo a una dimensión desconocida.
Para quien guste del mundo de Murakami seguro que con “Sauce ciego, mujer dormida” no saldrá defraudado. Y para aquellos que mantienen distancias o cuestionamientos con su obra nos parece que vale la pena recorrer estas páginas, en muchas de las cuales el escritor japonés da lo mejor de sí.
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Comentario sobre “Después del terremoto” (ed. or. 2000; ed. esp. 2013)
Emociones en un mundo desesperanzado

“Después del terremoto”, de Haruki Murakami. Tusquets, Barcelona-Buenos Aires, 2013, 190 páginas. Traducción de Lourdes Porta. Precios actualizados: en España: 17 euros - En Argentina: 155 pesos.
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“Siento que mi trabajo como escritor es entrar en lo más oscuro de mi ser, explorar las zonas más peligrosas y raras de la mente sin ningún mapa o dirección, para sacarlas a la superficie y ponerlas sobre papel”, ha declarado oportunamente Murakami. Publicados el año pasado en nuestro idioma, los cuentos de ““Después del terremoto” fueron conocidos en japonés en 2000,
 es decir cinco años después del violento terremoto registrado en Kobe (tierra natal del autor),
que causó 6.500 muertos, miles de heridos y pérdidas multimillonarias.
Lo que nos cuenta no es crónica llevada a la ficción, sino la incidencia que tuvo el fenómeno en diversas personas, a las que el seísmo les terminó cambiando la vida. De cierta manera, esos pesonajes "alcanzan una especie de liberación o, incluso, yendo más lejos, una cierta purifcación", señaló oportunamente, y con acierto, la traductora Lourdes Porta.
Son cuentos en los que los personajes viven situaciones infrecuentes, cuando no fantásticas. Algo que no puede sorprender en Murakami, quien suele aportarle a sus historias inicialmente veristas dosis de fantasía que conectan con mundos alternativos.
Como se dijo, los acontecimientos de Kobe modifican sustancialmente el comportamiento de los distintos protagonistas de estas historias. Así, en “Un ovni aterriza en Kushiro”, luego de haber estado varios días como hipnotizada frente al televisor viendo las imágenes del desastre, la esposa de Komura lo abandona, sumiéndolo en la perplejidad. Y, como manera de salir de la sorpresa, el protagonista emprende un viaje a Hokkaido (viaje impensado) que le permitirá conocer otros ambientes y personas. Y que quizás le signifique el comienzo de un cambio profundo, enriquecedor.

Una forma de narrar

Por consiguiente, Murakami escribe “por acumulación”, siguiendo el derrotero de sus siempre confundidos personajes. Le ocurre con Komura, le pasa con la joven Junko, quien conoce a Miyake (en “Paisaje con plancha”), un señor extraño procedente de Kobe (sobre la que no quiere hablar, tampoco del terremoto) que vive para juntar leña y hacer grandes fuegos en la playa (“el fuego tiene una forma libre y adopta la forma del corazón que está mirando”). Y también acompaña a Yoshiya (en “Todos los hijos de Dios bailan”), cuando éste persigue a un desconocido que podría ser su padre.
Sus personajes resultan ser seres extraordinariamente solitarios que viven en un mundo que parece (casi) despoblado. Por ser Japón como es, una nación de estrecha geografía y con más de ciento veinte millones de habitantes, es particularmente original (y a veces un tanto caprichoso), que esas multitudes estén ausentes en los relatos. Es lo que queda de nuevo evidenciado, notablemente, en los cuentos de “Después del terremoto”.
Dichos seres, que parecen habitar un mundo postapocalíptico, deshumanizado, con emociones a flor de piel que no logran canalizar ni transmitir al otro, son los que terminan confiriendo a los relatos “murakamianos” un perfil posmoderno, fuertemente individualista, marcadamente desesperanzado.

El mundo fantástico de Haruki

A un libro de Murakami nunca le falta la cuota fantástica que a veces debilitan sus textos. Por suerte no ocurre en este libro, y menos ocurre en el más fantástico de todos los cuentos del libro, “Rana salva a Tokio”, en el que –en efecto- una Rana de enorme tamaño que sólo puede ver Katagiri, oscuro empleado de una caja de créditos, se le presenta para que la ayude a luchar contra un gigantesco gusano que produce los terremotos. Murakami mezcla los hechos cotidianos con las alucinaciones (o no) que afectan a Katagiri, sin que su historia se desborde o se vuelva incoherente. Por el tema que trata, por los cambios de escenarios que produce, “Rana salva a Tokio” es todo un ejercicio narrativo del que el autor sale muy bien parado.
Como también le sucede con “Tailandia”, país que visita la médica Satsuki, quien prácticamente ha huido de Japón para tratar de reencontrarse consigo misma (y también huir del recuerdo de su exmarido, residente en Kobe). En este caso, el personaje recibe las influencias de un viejo chofer que la conduce por la tierra desconocida y termina llevándola ante una anciana que, con sus peculiares consejos, la ayuda a superar determinadas obsesiones que la atormentan. Como bien dijo Lourdes Porta, estos cuentos también apuntan a esa especie de liberación personal que tanto le interesa a Murakami.
El último cuento del libro es “La torta de miel” y habla de una historia amorosa, la de Sayoko y Junpei, que se demora años en concretarse porque hay un tercero en discordia, Takatsuki, el marido de Sayoko, padre de la pequeña Sara, afectada por las imágenes del terremoto de Kobe (y por una suerte de fantasma que se ha desprendido de ella). La timidez de Junpei, los conflictos que plantean la amistad y el amor cuando ambos colisionan, la misma creación literaria (Junpei es escritor), confluyen en este buen relato que termina con una leve apelación a la esperanza.
No se entiende por qué la editorial Tusquets, que publica toda la obra del autor japonés, haya demorado tanto la edición de “Después del terremoto”. Pienso que quizás se deba a que las novelas tienen mayor aceptación. Sin embargo, estaba el buen antecedente de “Sauce ciego, mujer dormida”, un anterior libro de cuentos de Murakami, que ya certificaba su solvencia como autor de textos breves.
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Comentario sobre “After Dark” (ed. or. 2004; ed. esp. 2008)
Alphaville en Tokio
“After Dark”, de Haruki Murakami. Tusquets Editores, Barcelona, Buenos Aires, 2008, 248 páginas. Traducción de Lourdes Porta Fuentes. Precios actualizados: en España: 17 euros - En Argentina: 155 pesos.

A Haruki Murakami The Times de Londres lo llamó, no sin ironía, “el escritor más cool del mundo actual”, en tanto que a muchos les abruma su “sobreoccidentalización” (según el mismo medio británico). Ocurre que Murakami no ha “llegado” al libro por los caminos propios de la literatura, sino que se ha nutrido de la música de Occidente, especialmente del jazz, y de las costumbres más frívolas o triviales del propio Occidente. Es, como ejemplo, un fervoroso deportista, especialista en triatlón y en maratones.
No en vano, el autor reconoce en Manuel Puig a una de sus máximas influencias, pero mientras Puig tuvo la notable habilidad de transformar esas presuntas puerilidades en obras maestras, no resulta tanto así en el caso de Murakami, quien si bien logra alto impacto en sus lectores (especialmente entre los más jóvenes), tiene evidentes dificultades para arribar a cotas mayores. De cierta manera al escribir una literatura que se mixtura con el cómic, termina ofreciendo muestras de una literatura “liviana” que no logra ir más allá de sí misma.
Sin contradecirme, interpreto que “After Dark” es una novela atractiva, con menos intenciones trascendentes pero más logros que el trabajo anterior de Murakami: “Kafka en la orilla” (de 2002).
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Las emociones prohibidas

“After Dark” encuentra a sus escasos y solitarios personajes en la noche de Tokio. Como los habituales protagonistas de las historias de Murakami ellos se muestran descentrados, desorientados en un mundo que resulta casi ingrávido, carente de un “centro” vital. No por casualidad y como bien advierte Pedro B. Rey en Adn Cultura de La Nación, en la novela un hotel por horas lleva el emblemático nombre de “Alphaville”, ciudad en la que estaba prohibida cualquier muestra de emoción.
El dibujo de un reloj ubicado en el comienzo de cada capítulo señala el lento paso de las horas en esa noche en la que los distintos personajes van expresando “la forma” de su soledad. El primer encuentro que narra es el de la muy joven Mari (que ha perdido un tren y se propone quedar leyendo toda la noche en un bar), con Takahashi, un alto y desgarbado2 músico de jazz que esa misma noche se propone dejar la música porque “hasta ahí ha llegado y sabe que no podrá subir más allá de la cuesta, para salir de la medianía.
El “no lugar” de Augé resulta la verdadera locación de la novela. Nada aparece para la identificación, la identidad: el bar es uno de los tantos de la cadena Denny’s, el hotel por horas donde también transcurre la ficción no permite, precisamente, la intimidad. El “todo” son los negocios “sin alma”, las calles despobladas, las frías luminarias, los escasos desconocidos que transitan la noche tokiota.
El “Alphaville” de Jean-Luc Godard pero también el ambiente que trasunta “Lost in traslation” (“Perdidos en Tokio” se la tituló en la Argentina; película dirigida por Sofía Coppola), pueden sintetizar perfectamente el mundo de Murakami, en general, y muy particularmente el de “After Dark”.
Un tercer personaje se suma a la galería: es la “corpulenta, pero no gorda” Kaoru, encargada del hotel a la que se agregarán la prostituta china Guo Donli, la sirvienta Kôrogi, un (nada menos que) representante de la mafia china y el empleado que vive la extrema soledad de la noche en su oficina tan ascética como si fuera un símil de nave espacial.

El sueño profundo

Inteligentemente, Murakami guarda espacio para un “otro lado” inquietante, indefinido, propio de la literatura fantástica. Como narrador se reserva el derecho de no ser explícito, de informar sobre los extraños acontecimientos que giran en torno a Eri, la bella modelo hermana de Mari, quien duerme un sueño profundo y prolongado, por causas desconocidas.
El autor sabe cómo inquietar a sus lectores, colocarlos en medio de la Ciudad, desnuda, “plástica”, indiferente a toda emoción. El narrador “neutro”, objetivo, que cuenta estas historias y que parece copiarse de las voces de las viejas películas gordadianas, también de las imágenes de la hoy antigua nouvelle vage, resulta más que apropiado para “informar” sobre el presente tiempo líquido, de ausencia de certezas, del que nos habla Zygmunt Bauman y que parece cubrir como pátina este nuestro mundo y que logra reflejar en After Dark.
En un momento dado el personaje de Eri será abducido por un televisor que, aunque desenchufado, igual funciona y trasladado a la oficina del solitario empleado quien -a su vez- ha agredido gratuitamente a la prostituta y empieza a ser buscado por la mafia china (a la que la mujer pertenece, casi como objeto) para vengarse de él.
“After Dark” está “plagada” pues de situaciones extrañas, pero todas ellas tenderán a diluirse con el regreso de la mañana, de la luz, y la ciudad deja de ser inmensa, temible, hasta casi no corresponderse con la imagen de ese “gigantesco ser vivo”, tal como se la presenta en el comienzo de la novela.
Así, nuevamente, Murakami plantea historias, genera atmósferas personales, más que atractivas, pero deja en el medio camino al lector que quisiera saber más de lo que termina de leer. “Escribo cosas muy raras”, dijo. Es todo una definición, pero también un sistema de defensas cuando se le reclama ese “algo más” que sus novelas no terminan de entregar.

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Comentario sobre “De qué hablo cuando hablo de correr” (ed. or. 2007; ed. esp. 2010)
La gimnasia, objeto de meditación

“De qué hablo cuando hablo de correr”, de Haruki Murakami. Tusquets Editores, Barcelona-Buenos Aires, 2010, 230 páginas. Traducción de Francisco Barberán Pelegrín. Precios actualizados: en España: 17 euros - En Argentina: 116 pesos.

Si bien el título de “De qué hablo cuando hablo de correr”, quiere ser un homenaje a Raymond Carver (“De qué hablamos cuando hablamos de amor”), su tema central es considerablemente ajeno al campo de la ficción dado que refiere, en lo básico, a las experiencias del narrador nipón en las maratones que ha corrido, así como a otras extremas pruebas físicas a las que se somete de continuo a pesar de su edad actual (Murakami nació en 1949 y el libro fue escrito cuando tenía 58 años).
Es cierto que el autor de “After Dark” intenta en distintos pasajes del libro unir su actividad física con sus inquietudes literarias, llegando a afirmar que “escribir una novela se parece a escribir un maratón”, pero nos resultan afirmaciones excesivamente subjetivas, cuando no temerarias, como cuando expresa: “La mayoría de lo que sé sobre la escritura lo he ido aprendiendo corriendo por la calle cada mañana”.
En puridad, difícilmente por el sólo hecho de correr se adquieran conocimientos de escritura o de cultura, o de la vida misma. Hubiera tenido más sentido si dijese que al correr reflexionara sobre la literatura, pero no es eso lo que ha querido significar.
Murakami comenzó a correr en los ’80 del siglo pasado, vale decir en el mismo tiempo en que decidió volverse escritor, luego de haber regenteado un bar y haber sido un fanático “consumidor” de jazz, puesto que no practica ningún instrumento.

Todo empezó en Maratón

Su primera experiencia como maratonista la llevó adelante en la mismísima Grecia, corriendo en solitario entre Atenas y Maratón (vale decir, a la inversa de cómo se desarrollaba la histórica competencia entre ambas ciudades) De ahí en más, nunca dejó de practicar ese deporte de resistencia, hasta el presente.
¿Por qué lo hace, por qué, tanto esfuerzo? No hay un exceso de explicaciones, quizás porque Murakami, al estilo de su admirado Manuel Puig, no se esfuerza demasiado para mostrarse un hombre reflexivo, un “profundo” intelectual.
Cuando Jesús Ruiz Montilla, de “El País”, lo interrogó sobre las sensaciones que tenía al correr, el escritor respondió: “Dejo mi mente en blanco, aunque a veces me asaltan cosas. Me gusta vaciar mi cabeza. Sólo me preocupo de correr, de ver el paisaje, de sentir el aire”.
Esta respuesta se ajusta más a lo que centralmente cuenta en los nueve capítulos y un epílogo escritos entre 2005 y 2007. En ellos explica sus distintas experiencias relacionadas con las maratones que disputó –más en rigor, de las que participó, porque no ha sido su intención ganarlas-, así como a sus experiencias en el triatlón, otra disciplina que practica con casi envidiable tesón.
Extrañamente, el libro aunque obviamente monotemático no es aburrido ni reiterativo. El autor de “Kafka en la orilla” se encarga de contarle al lector cómo han sido sus esfuerzos para superarse y lograr correr largas extensiones, durante horas. Su simple intención es la de cumplir consigo mismo, llegar a la meta. Esos esfuerzos –vistos desde afuera- pueden resultar un tanto gratuitos, pero el escritor no busca hacer prosélitos sino contar sus experiencias. Y mientras lo hace reflexiona:
“Al menos siempre quedará el hecho de haber realizado el esfuerzo. Tendrá su utilidad o no, será o no atractiva a los ojos de los demás pero, en definitiva, lo más importante es algo que no puede verse con los ojos (aunque sí sentirse con el corazón) Tal vez sean tareas y actividades vanas, pero jamás estúpidas. Eso pienso yo. Pienso así tanto por mi sentir, como por mi experiencia”.
Antes señalamos que Murakami procura, en varios pasajes de este libro “memorialista”, vincular escritura con maratones, pero sin lograrlo. Para dar un ejemplo, extremo pero ejemplo válido, las supuestas correspondencias entre novela y maratón no serían aplicables a un Marcel Proust, precisamente…
Más allá de sus posiciones un tanto caprichosas, queda este libro sobre el Murakami ha dicho: “Creo que esta obra aborda unos cuantos aspectos que, aunque no puedan calificarse de ‘filosóficos’, si son al menos una especie de reglas de experiencia”. Una manera de encarar la vida, entonces. Otra forma de saber más sobre el autor de esas “cosas raras” que escribe sin solución de continuidad.
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Comentario sobre “1Q84” (ed. or. 2009/10; ed. esp. 2011)
La agitada imaginación de Haruki Murakami

1Q84”, de Haruki Murakami. Libros I y II, 737 páginas. Libro III, 414 páginas. Tusquets Editores, Barcelona-Buenos Aires, 2011. Traducción de Gabriel Álvarez Martínez- Precios actualizados: en España: tomo I 26 euros; tomo II 22 euros. En Argentina: tomo I 305 pesos; tomo II 249 pesos.
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“1Q84” ha sido hasta el presente la novela más exitosa de Haruki Murakami, ha agotado millones de ejemplares en su país natal y sus ventas se han visto multiplicadas en el mundo. La novela está dividida en tres libros. En castellano se conocieron los dos primeros en un solo volumen y más tarde el tercero y último.
Murakami escribe sobre hechos extraños que afectan a seres solitarios ínsitos en un mundo que no ofrece certezas y que se muestra carente de emociones. Como varias veces hemos indicado que pese a transcurrir en Japón, uno de los países más poblados del mundo, las multitudes suelen estar ausentes en sus novelas.
Por lo tanto, se podría decir que sus personajes se mueven en el “no lugar” de Marc Augé. En efecto, los espacios se muestran desolados, y aunque no lo estén, los “humanos” se exhiben a la distancia, como ausentes, espectadores de lo que les ocurre a los personajes centrales de las historias.
Ocurre en “1Q84”, una historia que transcurre inicialmente en el 1984 orwelliano y que de a poco se transforma en ese mundo alternativo que Murakami denomina “1Q84”, un nombre caprichoso, que nace del hecho de que el número 9 y la letra Q “suenan” de la misma manera en japonés.
Aomame, especialista en estiramientos musculares, es también una suerte de “vengadora” que mata a hombres inescrupulosos. Tengo es el otro protagonista. En su caso se trata de un escritor aún inédito que busca su lugar en el mundo. Murakami escribe capítulos que, alternativamente, protagonizan Aomame o Tengo. Aunque la verdadera protagonista termina siendo la novela fantástica que ha escrito una jovencita de 17 años, Fukaeri,  y a través de la cual se penetra en el mundo alternativo de “1Q84”.

Más Carroll que Orwell

 Acierta Jesús Ferrero en “El País” al afirmar que el imaginario de Murakami le debe más a Lewis Carroll que a George Orwell. También a nuestro entender, Murakami muchas veces sigue las huellas que ha dejado el cómic, cuando no el Manga nipón, para narrar sus historias fantásticas.
Ocurre en “1Q84”, en la que la novela de la muy joven Fukaeri va abriendo las puertas del mundo alternativo. La novela se titula “La crisálida de aire” y en ella aparecen unos hombrecitos, especie de gnomos, llamados “la Little People”, que perturban al mundo y que terminan siendo la representación del Mal.
Sorprendido por la originalidad de la novela, enviada a un concurso literario, el editor Komatsu le confía a Tengo su reescritura, para potenciar sus aciertos y hacer desaparecer sus defectos. El lector se enterará más adelante que Fukaeri es disléxica y que por eso ha dictado la novela. Y también sabrá que en ella se limitó a describir un mundo tan alternativo como “cierto”.
La novela comienza de manera llamativa, queremos decir atractiva. Aomame se ve de pronto en medio de un atasco  o embotellamiento de tráfico o tránsito, en una autopista, y debido a que está apurada acepta hacer algo inusual: bajarse del taxi en el que se encuentra y descender por una escalera de emergencia que tiene la autopista. Lo hace ante el desconcierto y las miradas acusatorias que le dirigen desde los vehículos detenidos.
Por ese medio, podrá ingresar a un mundo alternativo, porque desde ese momento comenzará a advertir alteraciones, pequeñas al comienzo, más acentuadas luego, en su vida de todos los días. Aomame comprobará, tardíamente, que la policía ha cambiado su uniforme y que porta armas de alto poder de destrucción, novedad sobre la que no había tenido noticias. Tampoco sobre diversos hechos notorios que conoce la población pero que ella ignoraba. Y, en tanto, continuará con la criminal misión de “desfacer entuertos” quitándole la vida a hombres deshonestos. Tengo demorará más su ingreso a ese 1Q84.

El Sajalín de Chéjov

Murakami es un tanto impreciso cuando intenta explicar sus historias a través de símiles, de metáforas. En la novela dedica un cierto espacio a Chéjov y a la visita que el escritor ruso hizo a la isla de Sajalín, en 1890,un lugar remoto que históricamente han disputado Rusia, China y Japón. Se ignora qué buscaba Chéjov con esa peregrinación, aunque quizás intentó –como sugiere Murakami- realizar una suerte de viaje iniciático que lo “purificara” de los males de la gran ciudad de Moscú, especialmente de “toda la mugre literaria”.
En Sajalín encontró una comunidad indígena, los guiliacos, que vivían al margen de la sociedad sin tener la menor intención de integrarse a ella. Así, cuenta Chéjov, no comprendían el concepto de carretera y se desplazaban por la taiga siguiendo sus propios y ancestrales derroteros. Es ese mundo sosegado, donde los “primitivos” siguen sus propios impulsos al margen de las pautas de la civilización, el que conquistó a Chéjov, el que también busca Murakami, un sosiego que no brinda la sociedad actual, abigarrada, consumista y desconcertada.
Dijimos que el escritor japonés no suele elaborar buenas metáforas y, que sus reflexiones a veces resultan hasta pueriles, pero sin embargo nos parece que es el dibujo total el que se impone, dibujo de seres indefensos moviéndose sin brújula en un mundo que no los contiene, donde el Mal es omnipresente.

Una muy agitada imaginación

En el tomo III de “1Q84”, la novela acentúa la ligazón con el cómic –más estrictamente, con el “manga” japonés- y continúa narrando la historia -en capítulos alternativos- las peripecias de Aomame y Tengo (que siguen buscándose) y añade a ellos a un detective, Ushikawa, quien debe ubicar a la mujer por orden de una secta, Vanguardia.
En tanto, otro personaje que resultó fundamental en la primera parte de la novela, la adolescente Fukaeri, va perdiendo protagonismo hasta no tenerse más noticias de ella. Eso es así porque ha cumplido un rol instrumental, primero poniendo en circulación su novela “La crisálida del aire” y más tarde ejerciendo un papel fundamental para la más vinculación de Aomame y Tengo.
La novela supuestamente imaginada por Fukaeri en realidad reflejaba al mundo alternativo denominado 1Q84. A ese mundo, por disímiles razones, han ingresado Aomame y Tengo y ambos, por distintos motivos, intentan escaparse de él sin lograrlo.

Un sustancial cambio de perspectivas

Mientras que en los libros 1 y 2 de la novela hay una mayor intensidad, de ideas, de escenarios, de “sucesos”, se verifica mucha menos “acción”, más una notoria intencionalidad poética, lírica, en el 3, en el que, en mayor o menor medida, van resolviéndose los enigmas que Murakami nos ha ido planteando en su enrarecida historia.
El cambio de perspectivas es significativo. Tanto, que en la primera parte Aomame es una asesina despiadada y una insatisfecha sexual que busca aventuras en los hoteles. Tengo, a su vez, cumple con la misión prácticamente secreta de volver más comprensible a “La crisálida del aire”, lo que logra desde el anonimato y haciendo que Fukaeri se transforme en una estrella literaria.
Pero en el libro 3 todo eso se diluye. Fukaeri, como ejemplo, puede esfumarse sin inconvenientes y sin que eso implique un acontecimiento periodístico, a pesar de haber tenido un triunfo de gran resonancia pública con su libro. Y, respecto de éste, mientras en la primera parte Tengo logra reescribirlo en el anonimato debido a que el editor Komatsu logró evitar toda filtración, en el libro 3 no hay personaje que ignore quién ha sido el verdadero autor del bestseller.. Contradicciones que si bien pueden molestar al lector de “1Q84”, no parecen importar a Murakami.
No son los únicos cambios evidenciados en la novela. Así, mientras que Aomame debió exponerse al máximo para llegar al líder de la secta y terminar con él, le basta confinarse en un departamento anónimo para superar todos los peligros. Y dejar de lado su personalidad compleja, que conjugaba a la sensual insaciable, la asesina implacable y la siempre insatisfecha gimnasta. Hay un motivo central para ello, que nos abstenemos de precisar, pero igual el cambio en su personalidad resulta tan radical como desconcertante.
Tengo, a su vez, abandona también de raíz sus proyectos literarios (estaba escribiendo una novela a la que dedicaba todo su tiempo) para trasladarse a una lejana ciudad donde se encuentra internado su padre, en estado de coma.

¿Fealdad y maldad son sinónimos?

La “acción”, por llamarla de alguna manera, queda en manos del detective Ushikawa, quien al no poder ubicar a Aomame porque no la conoce opta por seguir los pasos de Tengo, alquilando un departamento desde el cual puede vigilar al escritor.
Murakami describe a Ushikawa como un ser deforme, de baja estatura, piernas débiles y gran cabeza. Lo que resulta chocante es que también lo presenta como a una persona perversa, como si fealdad y maldad fueran sinónimos, signos distintivos y concurrentes. Preocupante, porque trasunta una visión “lombrosiana” de las personas y esa forma de pensar puede derivar en prejuicio y racismo. Y más malo aún por la influencia que Murakami tiene entre los jóvenes.
Porque es, precisamente, “juvenil” este “1Q84”, con sus historias de misterios, de sectas infranqueables, de erotismo de hoteles, de crímenes y de mundos alternativos. Esto, a nuestro juicio, es menos interesante que otras historias murakamianas, más allá del éxito masivo que ha tenido en el mundo entero.
Ocurre que cuando Murakami aborda ficciones acotadas, como pasa en sus cuentos de “Sauce ciego, mujer dormida” o en su anterior novela, “After Dark”, obtiene mejores logros. Pero al narrar sin ataduras, de la manera alucinatoria evidenciada en este caso (o como ocurriera en “Kafka en la orilla”), muchas veces se desnorta, dando la sensación de haber escrito un tanto de más, de no saber cerrar aquello que antes ha abierto, hablando en términos narrativos.
De determinada manera, Aomame y Tengo superan las barreras y obstáculos que se les han ido presentando para impedir su salida del mundo alternativo, pero lo inquietante, aquello que sigue siendo enigma, queda latiendo en el “más allá” de “1Q84”, por lo que cabe preguntarse si estamos ante el final de la saga. O apenas un descanso en la agitada vida de ambos personajes. Y en la agitada imaginación de Haruki Murakami.
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Comentario sobre “Los años de peregrinación del chico sin color” (ed. or. 2013; ed. esp. 2013)
Una segunda (probable) y terrible historia

“Los años de peregrinación del chico sin color”, de Haruki Murakami. Tusquets Editores. Barcelona, Buenos Aires, México, 2013, 314 páginas. Traducción de Gabriel Álvarez Martínez. Precios actualizados: en España: 19,95 euros. En Argentina: 205 pesos.
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Con Haruki Murakami, ya se sabe, hay mucha operación de prensa. El lanzamiento de ésta, su última novela, se realizó en Japón de manera similar a como se ponen en venta las novedades de computación o como ocurría con los libros de Harry Potter. Esto es, con gente esperando la apertura de los puestos de venta para arrojarse en masa a adquirir la novedad. En esa ocasión y de inmediato se vendieron quinientos mil ejemplares. La salida de la edición en castellano no tuvo esas características, pero sí hubo considerable prensa previa y una venta en simultáneo, el mismo día, en prácticamente todos los países de habla hispana.
Es cierto, desde mi perspectiva, que el marketing suele estar reñido con la creación artística (sobre lo que viene advirtiendo Vargas Llosa al hablarnos de la sociedad del espectáculo) y por consiguiente ante la “novedad” lo que corresponde es abrir anticipatoriamente el paraguas. Sin embargo, pese a todas las prevenciones, “Los años de peregrinación del chico sin color”, aunque no es una obra capital, no me resultó un fiasco.
Ya se sabe, en sus ficciones Murakami corre siempre muchos riesgos. A veces articula historias que acuden tanto a lo “sobrenatural” que terminan siendo relatos fallidos. Cuando restringe su imaginación o, en todo caso, la controla con mayor rigor, los resultados son más felices. En el primer caso, “1Q84”, en el segundo, “After Dark”.
El manga, lo fantasmal, las historias que conectan con el “otro lado” cortazariano, son constantes en sus relatos. También están presentes en esta nueva historia de solitarios, pero con un manejo más sutil, para nada estridente, en un texto sugerente que se niega a ser totalmente explícito.

Todo comienza en Nagoya

Nagoya es la cuarta ciudad de Japón, con más de dos millones de habitantes. Sin embargo, Murakami la presenta como una población muy provinciana, frustrante. En esa ciudad nació y vivió su adolescencia el “chico sin color”, Tsukuru Tazaki, protagonista excluyente de la novela. En esos años jóvenes tomó contacto y conformó un sólido grupo con otros dos muchachos y dos chicas, identificados cada uno con un color en razón de sus nombres: Aka (rojo), Ao (azul), Shiro (blanco) y Kuro (negro).
El nombre de Tsukuru no equivle a ningún color y eso, absurdamente, lo hizo sentirse siempre distinto, como vacío. Sin embargo, sus amigos no hacían con él diferencias y lo integraban a sus proyectos. Hasta que en un momento determinado, cuando él ya había comenzado sus estudios en Tokio, le pidieron que no se reuniera más con ellos, sin darle explicaciones.  Para  Tsukuru fue una insólita decisión, pero temiendo sufrir más no pidió las aclaraciones del caso.
Aunque durante un tiempo se sintió casi inservible y estuvo a punto de dejarse morir, se sobrepuso. Pasaron los años, Tsukuru se volvió un eficaz técnico, experto en estaciones de trenes, conoció a distintas personas, especialmente a un muchacho, Haida, con quien de súbito dejará de tener todo contacto, y –ya mayor- también conocerá a una mujer japonesa de (aparente) nombre occidental, Sara. Y aunque su residencia en Tokio será definitiva (y sus viajes a Nagoya muy esporádicos, sólo para ver a su familia), en él nunca cerró la herida que le significó la ruptura con quienes fueron sus amigos en la adolescencia.
Ante las insistencias de Sara, y a pesar del tiempo transcurrido (unos veinte años), Tsukuru emprenderá la “peregrinación” del que habla el título del libro, “peregrinación” que lo llevará hasta Finlandia, para aventar los fantasmas que aún lo asedian.

“Noticias” de “el otro lado”

Por motivos que en este comentario es mejor no explicitar, uno de los antiguos amigos es quien más ha desconfiado de Tsukuru. Tanto que llegó a decir que tenía “una terrible cara oculta que nadie sospecharía que se esconde detrás de su cara más amable”.
Es en el plano de lo que pudo haber ocurrido con Tsukuru, con aquello vinculado a –digamos- su lado más oscuro, donde Murakami se esmera. En principio, respecto de aquello que más se explicita, es decir las críticas que recibe el protagonista no parecen tener justificativos, pero, en un segundo plano, como una suerte de inquietante telón de fondo, puede haber ocurrido que su doble haya perpetrado iniquidades.
Es la ambigüedad de la ficción la que lo salva, en el sentido de que hace retroceder sus posibles debilidades. Una de ellas tiene que ver con la morosidad innecesaria; otra, con relatos secundarios que no terminan de fusionarse sin contratiempos con el central, como a mi entender ocurre con toda la etapa en que Tsukuru y Haido se vuelven íntimos amigos.
Dejando de lado las figuras que Murakami quiere que sean poéticas y epigramáticas sin conseguirlo del todo (“permanecieron silenciosamente abrazados, como dos bailarines que detienen de pronto sus movimientos y dejan fluir el tiempo”), persiste la ambigüedad, así como la presencia presunta o cierta del Mal, la probabilidad de una segunda, terrible historia, que parece situarse detrás de los personajes. Que le hace señas al lector, persistente, persuasivamente.
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Video: Haruki Murakami entrevistado en Barcelona, en noviembre de 2011 (subtitulado en castellano)



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