martes, 29 de agosto de 2017

El invitado: Ángel Balzarino

Menos de tres minutos


Los diversos empleados que la atendieron a lo largo de los días que, paciente y tozudamente, concurrió al banco, parecieron empecinados en desmoronar los intentos por cobrar los haberes jubilatorios de su padre acumulados durante cinco meses.
-La Caja de Ahorro se encuentra a nombre de Feliciano Benegas. Sólo el titular puede disponer los fondos de la cuenta.
-Soy su hija. El único familiar que tiene.
-¿Acaso es su apoderada?
-Todavía no. Él iba a nombrarme…
-¿Quiere decir que en este momento no tiene mandato o autorización parfa operar en nombre de su padre?
-Fue imposible hacer eso porque mi padre sufrió un ataque cerebral.
Repentinamente. Hace casi cuatro meses. Vive por milagro. Y ayer…
-Lamento mucho lo ocurrido –por un segundo se descongeló la cara yerma del empleado-. Pero debemos ajustarnos a las disposiciones que tiene el banco.
-Por favor, comprenda que estamos viviendo una tragedia. Será echado a la calle si no pagamos los alquileres atrasados.
Debido a la frustración causada por cada visita al banco decidió recopilar abundantes elementos para avalar su pedido: fotocopia del documento de identidad de su padre, copia del contrato de alquiler, constancia de la fecha de la internación en la clínica, historia clínica, diagnóstico y las posibles secuelas del ataque cerebral.
Como también la presentación de eso había resultado estéril, esa mañana, decepcionada y haciendo gala de un desconocido coraje, apeló a la jugada más audaz: sacar de la cama a su padre y trasladarlo en una ambulancia hasta la sede del banco, sin atender la fuerte negativa de los médicos y asumiendo la total responsabilidad por someterlo a un riesgo tal vez fatal, convencida de que era la última y más efectiva alternativa para lograr el objetivo.
Hoy no volverán a burlarse de nosotros con excusas o pedidos extravagantes. Aquí está el titular de la cuenta. En vivo y en directo. Trató de infundirse un necesario hálito de energía cuando descendieron de la ambulancia y se ubicaron al final de la nutrida fila de hombres y mujeres que ocupaban la vereda del banco y procuraban, con una revista o simplemente las manos, defenderse del sol ya riguroso a esa hora de la mañana.
Al considerar que la espera habría de prolongarse varias horas, extrajo un pañuelo de su cartera y cubrió la cabeza de su padre que, derrumbado en la silla de ruedas en total flojedad, los ojos extraviados, no cesaba de emitir lastimeros quejidos. Aunque dolida por verlo así, no tenía la opción de aguardar una mejor oportunidad: la intimación para saldar la deuda vencía ese día.
-Le cedo mi lugar, señora –un hombre se apartó de la fila y con un gesto la invitó a mover la silla de ruedas.
-Es usted muy amable. Gracias.
-Sería bueno que algunos más le permitieran adelantarse un poco –le confió, bajando la voz-. Pero en la actualidad se han perdido los valores del respeto y la solidaridad. Sólo importa el individualismo.
Se limitó a asentir en silencio, más sorprendida por la generosa actitud del hombre que por observar a las personas apretujadas, sin posibilidad o deseo de moverse, castigadas por el calor y la espera. Entonces, casi en un abuso, se atrevió a solicitarle otro favor:
-¿Podría vigilar a mi padre? Le buscaré un vaso con agua.
La diligencia le insumió menos de un minuto. Y no supo si la pregunta del hombre la generaban las manos vacías o el rostro que debía estar desfigurado por la irritación y el desconcierto.
-¿Qué pasó?
-El dispenser no funciona.
-Oh, eso es bastante habitual –el hombre dibujó una sonrisa irónica. Un día se cae el sistema, otro no hay dinero en los cajeros, ahora no se puede tomar agua. Este banco es la eficiencia al servicio de los clientes. Sobre todo de nosotros, los jubilados.
-Tal vez quieran probar nuestra capacidad de resistencia.
-Buena reflexión –admitió el hombre-. Y el sol colabora bastante. Si no sufrimos un ataque de nervios o caemos desmayados, será muy difícil librarnos de una insolación.
Debió reconocer que la charla con el hombre le hizo más llevadero el tiempo hasta ingresar en el banco y ubicar la silla con su padre frente a la ventanilla de una de las cajas. Con el cansancio y la impotencia que había ido acumulando a lo largo de tantos días profirió las palabras en una correntada imperativa:
-Aquí está el titular de la Caja de Ahorro número 9135: Feliciano Benegas. Y necesita extraer los fondos que le pertenecen. ¡Ahora! ¡En este mismo instante! La apatía o frialdad como única reacción del hombre sentado al otro lado de la ventanilla acrecentó el oprobio y la humillación. Como si fuéramos unos pordioseros que vienen a molestarlo para pedirle una limosna. Por fin, luego de echar una mirada despectiva hacia su padre, pasó una hoja por la abertura de la ventanilla:
-Debe firmar este recibo.
-¿Firmar…? –maquinalmente también observó a su padre, repitiendo la palabra con incredulidad.- ¿Acaso es necesario…?
-Sí, señora –la voz del empleado resaltó una clara dureza-. Todo retiro de dinero debe estar respaldado por un recibo firmado.
-Pero no será posible… -se esforzó por mantener la calma y encontrar algunas palabras convincentes para desbaratar ese nuevo obstáculo-. Mi padre tuvo un ataque cerebral y no está en condiciones…
-Entonces no debió traerlo hasta aquí.
-Está vivo y consideré que era una prueba suficiente para que ustedes pudieran…
-Además de estar vivo es indispensable firmar un recibo, señora.
-¿Y eso no podría suplirse con las huellas digitales? –de improviso creyó descubrir una solución irrefutable-. Tengo conocimiento de que suele ser habitual para casos de personas con dificultades.
No sólo la cara del empleado tuvo una expresión más hosca sino también la voz denotó el mayor grado de hartura:
-Ese recurso no está habilitado en este banco.
Aunque le resultó inadmisible que precisamente ahí no se aplicara esa modalidad bastante común, no quiso entablar una discusión. En lugar de los ansiados frutos, se vio golpeada por el hecho impiadoso de tener que abandonar ese ámbito sin nada, como tantas otras veces, y, peor aún, sin ningún indicio sobre el lugar donde podría llevar ahora a su padre. Como anestesiada por los ojos fijos e inquisitivos del hombre, formuló con cierta timidez una pregunta, descorazonada:
-¿Y cuál es el método que aceptaría esta institución para que mi padre retirara el dinero que tiene depositado aquí?
Presumió que el hombre, al borde de la tolerancia, tendría un estallido de cólera. Pero se limitó a darle una información escueta:
-Un acta notarial. Se necesita la intervención de un escribano. Es el único que puede certificar lo que está ocurriendo y destrabar el problema.
-¿Un escribano…? En este momento yo no…
-El escribano de nuestro banco puede cumplir esa tarea.
Bueno… -un cerco pareció ir ahogándola-. ¿Y cuál sería el costo de este servicio?
-Quince por ciento sobre el monto depositado. ¿Está de acuerdo?
Se vio doblegada por la premura y la necesidad:
-Está bien. ¿Puede realizarse ahora esa operación?
-Sí. Deben ir a la oficina del escribano. Por el pasillo, última puerta, a la derecha.
Trató de aferrarse a la esperanza de estar a punto de superar el tramo final de una intrincada contienda para seguir soportando la queja monocorde y cada vez más histérica de su padre, ya demasiado fatigado por llevar alrededor de tres horas postrado en la silla de ruedas, y también para responder al frío y extenso interrogatorio del escribano. No se dejó ganar por una anticipada victoria al recibir el acta rubricada con la firma y el sello del escribano y presentarse de nuevo ante el cajero. Trémula, lo observó mientras revisaba las páginas.
-Perfecto. Todo en regla.
Tan auspiciosas palabras le hicieron desechar una protesta al notar la alta suma descontada por el honorario del escribano y se apresuró en guardar en la cartera los billetes que el empleado le extendía a través de la abertura de la ventanilla. Será suficiente para saldar la deuda y pagar algunos meses más de alquiler. Al menos por un largo tiempo no tendrá la amenaza de quedar en la calle.
Ya en la vereda, reprimiendo un grito fervoroso por haber concluido airosa un tortuoso episodio, por el celular llamó al servicio de emergencia. Sentada en la ambulancia, experimentó la alegría no sólo de poder apretar contra el pecho la cartera que continúa el preciado trofeo, sino también observar que su padre, a pesar del esforzado trajinar, no acusaba ningún daño adicional. De modo instintivo le aferró una mano, no ya para transmitirle afecto y tranquilidad, como había procurado durante el trayecto realizado casi cuatro horas atrás, sino con el deseo de compartir el bienestar por haber obtenido lo propuesto.
Ajena a los quejidos que, a través de variables cambios de intensidad, continuaban perforándole los oídos. Tal vez sea el único modo de revelar que está vivo. Sin tener la menor idea de que todas las molestias que debió aguantar esta mañana han sido por su propio bien.
Luego que la ambulancia se alejó y ella estaba a punto de abrir la puerta de la casa, una mano rugosa le cubrió la boca y un caño, frío e inconfundible, se hundió en su cuello.
-¡Soltá la cartera! ¡Rápido!
No atinó a moverse ni a pronunciar una palabra. Más aún por la presencia de otro muchacho, a un metro y con una pistola apoyada en la cabeza de su padre:
-¡Hacelo o mato al viejo!
Instintivamente abrió la mano que sostenía la cartera y de inmediato se vio libre de la presión de quien estaba a su espalda. Pero continuó inmóvil un rato, gobernada por el pánico. Hasta que, por el rugiente sonido de una moto, tuvo noción no sólo de que los atacantes desaparecían tan rápido como habían llegado sino, peor aún, de encontrarse absolutamente desvalida.
Allí, junto a su padre, frente a la casa ya inaccesible.

Este cuento integra el libro “Todos amábamos a Virginia Crespi”, publicado por Editorial de l’aire, Santa Fe, 2015.
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