domingo, 2 de julio de 2017

"Domingo", de Irène Némirovsky. El rescate de sus grandes cuentos

Composición: Gerardo Morán
“Domingo” (“Dimanche”), de Irène Némirovsky.
Salamandra, Barcelona, 2017, 345 páginas.
Traducción de José Antonio Serrano Marco.
En España: 19 euros. En Argentina: 375 pesos.

Desde el año 2004 en adelante, el lector ha podido encontrar/reencontrarse con la sólida obra de la ucraniana-francesa Irène Némirovsky, rescatada luego de que se pudiera conocer “Suite francesa”, novela inconclusa que pudo llegar al libro gracias a sus hijas que preservaron los originales durante décadas.
Posteriormente, se recuperaron muchos otros textos de esta mujer asesinada en un campo de concentración en 1942, en su mayor parte escritos en francés durante la década de 1930. En todos ellos la extrema sensibilidad de la autora para exponer la condición humana ha quedado muy evidenciada.
“Domingo”, que reúne a quince cuentos publicados entre 1934 y 1941, es una antología que ratifica la alta calidad de los textos de esta entrañable autora.
Dos territorios fueron los “recorridos” por Némirovsky en sus ficciones: la Ucrania natal y el mundo burgués de su patria de adopción, Francia. En ambas sus emociones quedaron más que exhibidas. En el primer caso porque se trataba de un mundo, el de la niñez, añorado e irrecuperable. En el segundo, porque la escritora mantuvo litigios de todo orden con una sociedad en la que si bien triunfó como narradora nunca terminó de aceptarla en su seno de una manera clara, definitiva.
La siempre difícil relación con su madre, su mala vinculación con la comunidad judía a la que pertenecía pero con la que terminó rompiendo al convertirse al catolicismo, sus agudas pinturas de personajes, ambientes, relaciones humanas (con fuerte presencia de los vínculos amorosos) confluyen en estos textos breves –aunque no tan breves, porque algunos llegan a orillar el terreno de la novela corta.
Como Némirovsky es una autora admirable, difícil que en sus textos no se encuentren fragmentos, momentos, de gran hondura, de riqueza expresiva, de sabias enunciaciones. Ocurre en estos quince relatos, algunos más logrados que otros, pero todos escritos con una contundencia literaria que podría llegar al asombro ante una autora joven como lo era ella (en 1934 tenía 31 años) quien sin embargo ya sabía captar en profundidad la complejidad humana.

Rue de Las Cases en la actualidad
Nada fácil elegir. A Némirovsky le bastaban pocas pinceladas para sus “pinturas” de ambiente. Eso se registra en todos los relatos y por consiguiente resulta difícil optar algunos en detrimento de otros. Pero, en tren de elegir, se puede hablar de “Domingo”, el cuento con el que se abre la serie y da título al volumen.
En el relato, de 1934, la familia integrada por Agnès y Guillaume, los padres, y sus hijas Nadine, veinteañera, y Nanette, una pequeña, parecen vivir en el mejor de los mundos en su acomodado hogar de la calle de Las Cases, pero acá las apariencias prevalecen, ninguno se dice la verdad y nadie termina de saber qué ocurre en esa familia tan acomodada en su mundo burgués como disfuncional e hipócrita, carente de amor e imposible de rearmar.
Otro ejemplo de buena escritura y alta sensibilidad para escarbar en las contradicciones de lo humano es “Lazos de sangre”, texto de 1936, que gira en torno a la anciana Ana Demestre y los encuentros semanales con sus tres hijos y las respectivas nueras, las tensiones que no se expresan pero que están a flor de piel y que nacen de las diferencias casi irreconciliables entre los hermanos, sus esposas y las que se establecen con Ana, que tampoco pueden ser puestas a la luz.
Los valores (o desvalores) de la familia burguesa de la época son mostrados con amplitud, y sagacidad, por Némirovsky, quien pinta con diversos matices la vida escasamente feliz y nada solidaria de los hijos con su madre, de ellos entre sí, de las generalmente malas relaciones entre las parejas y los cambios que se producen cuando la madre se enferma.
El cuadro de ambiente de “Lazos de sangre” es sobresaliente y no por casualidad se destaca a este texto en contratapa del libro, en la que se comenta que el cuento también evidencia “la petulancia y el engreimiento de la burguesía parisina” de aquellos años.

Desplazados dejan París
Un cuadro de la guerra. “El señor Rose” fue publicado en 1940. Es un auténtico cuadro sobre la guerra, con un personaje rico que debe huir de su acomodada vida, con destino incierto, ante el avance de las tropas enemigas.
Como ocurriera con otros relatos y, especialmente, en “Suite francesa”, la mezquindad de quien posee y el choque que se produce con el dolor y a veces la sordidez de las muchedumbres, quedan evidenciados en esta historia en la que el Monsieur Rose del cuento va enfrentándose con iniquidades, problemas y realidades a las que no está acostumbrado, encontrando solidaridad inesperada en un muchacho de pueblo, quien lo ayuda cuando el rico deja de ser tal y debe seguir viviendo en la intemperie y el desconcierto.
Destaco esos tres cuentos, pero sin desmerecer a otros de gran calado, entre los que se encuentran “El conjuro” (1940), con fuertes reminiscencias autobiográficas que remiten a los tiempos de su niñez,  y “El espectador” (1939), cuento sobre la guerra, nueva pintura casi despiadada sobre la frivolidad burguesa (y el precio que a veces se paga por ella).
Se podría decir que la autora supo conocer en profundidad a sus congéneres y logró pintarlos hasta lo más profundo con sus luces y sus sombras, dejando como legado textos de verdadera jerarquía, inolvidables en no pocos casos.
Los relatos aquí incluidos aparecieron tanto durante la feliz y breve etapa de sus días de gloria como escritora, como en otros, más desgraciados, en los que tenía que firmarlos con seudónimo y que debió escribirlos para sobrevivir, porque su condición de judía iba cerrándole todos los caminos cuando mandaba el nazismo en la Francia ocupada.
Apena saber qué ocurrió con ella y su marido, Michel Epstein, los esfuerzos inútiles que hizo éste para ayudarla al saberla prisionera (a él le tocaría seguir el mismo luctuoso camino un tiempo más tarde) y en forma simultánea reconforta que el lector contemporáneo haya podido reencontrarse con una literatura tan sólida, tan entrañable. Esta selección de relatos viene a completar una obra que se mantiene incólume y que con justicia se ha podido recuperar de manera integral.

Tapa de la edición
francesa
“’Qué prisa tienen todos –se dijo Agnès, mientras sus delgadas y ágiles manos doblaban mecánicamente la servilleta de Nanette-. La única…’.
La única para la que el maravilloso domingo no tenía el menor atractivo era para ella.
‘Nunca hubiera imaginado que se volviera tan casera, tan apática –pensaba Guillaume. Miró a su mujer, aspiró el aire con fuerza, hinchó el pecho, feliz, orgulloso de sentir el vigor que el buen tiempo parecía infundir a su cuerpo-. Estoy en inmejorable forma. Aguanto el tipo de un modo asombroso- siguió diciéndose, mientras pensaba en todos los motivos, las crisis, los problemas de dinero… Germaine, que se aferraba a él, el diablo se la lleve, los impuestos… todo lo que en buena lógica habría podido entristecerlo, deprimirlo, como a tantos otros. ¡Pero no!-. ¡Siempre he sido así! Un rayo de sol, la perspectiva de un domingo fuera de París, en libertad, una botella de buen vino, una mujer hermosa a mi lado, ¡y vuelvo a tener veinte años! Estoy vivo’, se felicitó, contemplando a su mujer con sórdida hostilidad. Su gélida belleza lo irritaba tanto como la mueca crispada y burlona de sus labios finos.
-Por supuesto, si paso la noche en Chartres, te telefonearé –dijo en voz alta-. En cualquier caso, estaré de vuelta mañana a la mañana. Pasaré por casa antes de ir al despacho.
‘Uno de estos días –se dijo Agnès con una dolorosa y extraña frialdad-, después de una comida demasiado pesada, el coche, con él y la mujer a la que acaricia, se estrellará contra un árbol. Una llamada de teléfono desde Senlis o Auxerre… ¿Sufrirás?’, le preguntó con curiosidad a una imagen invisible y muda de sí misma que permanecía atenta en la oscuridad. Pero, silenciosa e indiferente, la imagen no respondió, y la corpulenta figura de Guillaume se interpuso entre el espejo y Agnès.
-Hasta pronto, querida.
-Hasta pronto, querido.”.

Irène y su hija Denise
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