jueves, 8 de diciembre de 2016

"El intérprete del dolor", de Jhumpa Lahiri. La literatura que conecta a la gente. Comentario anterior: "La hondonada"

(Más de 10.000 páginas visitadas en el blog en su actual etapa. Muchas gracias)
“El intérprete del dolor” (“Interpreter of Maladies”), de Jhumpa Lahiri.
Salamandra, Barcelona, 2016, 221 páginas.
Traducción de Gemma Rovira Ortega.
En España; 18 euros. En Argentina: 295 pesos.


Con este libro la británica-norteamericana, descendiente de bengalíes, Jhumpa Lahiri obtuvo el afamado Premio Pulitzer en 2000. La serie de brillantes nueve cuentos ya había sido conocida varios años atrás en nuestro idioma con el título de “El intérprete de las emociones”, pero sin embargo no tuvo la circulación y distribución que por su calidad hubiera merecido.
Porque estamos ante un libro de infrecuente nivel literario, integrado por relatos que hablan de una manera sutil, muy elaborada, del choque cultural que implica ser oriental en un mundo occidental. Jhumpa es, a cabalidad, una persona cosmopolita imbuida de “occidentalismo”, pero no deja de lado sus raíces y las prácticas ancestrales. Esos choques, ya que no simbiosis, quedan especialmente patentizados en el texto que da título al libro, muestra de la extrema habilidad de la autora para vincular a dos culturas y mostrar de qué manera antagonizan, presentando notables obstáculos para llegar a trazar un camino común.
En el cuento, el señor Kapasi es un guía de turismo de cuarenta y seis años, ya canoso, que realiza sus tareas los fines de semana trasladando a lugares emblemáticos de la India a visitantes extranjeros. En la historia se indica que su propósito es conducir a la norteamericana y joven familia Das al Templo del Sol de Konark (ubicado a unos 500 kilómetros de Calcuta, hoy Kolkata, en la región bengalí de la India).
Breve pero contundente historia, que se presenta cargada de peculiaridades. Una de ellas está dada por el hecho de que Kapasi trabaja como traductor para un médico que atiende a integrantes de una etnia cuya lengua el galeno no conoce, por lo que el guía debe “traducir” las dolencias que aquejan a sus pacientes y lo hace sin apelar a una terminología médica sino describiendo sensaciones, algunas de las cuales resultan un tanto extrañas. Así, le cuenta a los Das, un paciente se quejaba de sentir que tenía “grandes briznas de paja clavadas en la garganta”, mientras otra sentía “gotas de lluvia en la espalda”.
A Kapasi la tarea aludida le resulta menor, sin significación ninguna y de cierta manera humillante, porque llegó a ella luego de haberse ilusionado con una carrera distinta, superior, ligada a las lenguas del mundo, para lo cual, de joven, había estudiado idiomas, pero en el momento actual no recordaba más que palabras sueltas de ellas, salvo el inglés, con el que se defendía lo suficiente como para hablar con sus clientes. Pero la señora Das, que tiene un agudo problema existencial, personal, entiende –mal- que este “intérprete del dolor” (físico y ajeno) puede comprender otros dolores, menos terrenales, más ligados a la emoción y a los sentimientos.
Por eso, en un diálogo entrecortado, aprovechando la ausencia de su marido, la mujer le cuenta al intérprete un secreto que guarda desde hace ocho años y espera de él una suerte de develación, de iluminación, que confunde al chofer. Porque él a su vez se ha contado su propia historia (diríamos acá: se ha hecho su película) con la joven señora Das. Una historia menor, de intercambio de noticias y con un añadido de amor platónico que se diluye no bien comprende que ella lo ha confundido con quien no es. Y así, el cuento que empieza placentero, va disgregándose entre grandes equívocos y errores mutuos.

Los otros cuentos. Aunque he omitido datos sustanciales de la historia, me detuve un poco más de la cuenta en esta hermosa ficción porque es la que mejor define las intenciones de todo el libro y porque las ambigüedades, contradicciones y complejidades de dichas confrontaciones y equívocos quedan evidenciadas con una riqueza expositiva infrecuente.
Riqueza que también emerge en “Una anomalía temporal”, historia de una joven pareja bengalí que vive en los Estados Unidos y que se ve expuesta a sus íntimas verdades a causa de un inusitado corte de energía que se repite durante algunas horas y cinco días seguidos al atardecer, en la zona donde viven, cuando ambos terminan con sus tareas cotidianas y se ven obligados a una verdadera convivencia de cara a cara, enfrentándose a sus mutuas y conflictivas verdades.
“Cuando el señor Pizarda venía a cenar” se detiene en el conflicto armado entre Pakistán Occidental y Oriental (luego Bangladesh), e intervención de la India, episodio doloroso “visto” a la distancia por una familia india y un paquistaní, todos residiendo en los Estados Unidos, las sutiles diferencias que se plantean entre ellos y a su vez tamizados por la visión de una pequeña, que sólo puede entender de una manera confusa las tragedias de los adultos.
“Un durwan (portero) de verdad” intenta mostrar tanto la solidaridad como la desconfianza que el otro despierta, en este caso en un barrio muy poblado y pobre de la India. “Sexy” refiere al alto precio que debe pagarse en cuestiones de amor, especialmente cuando se es “la otra” en una relación inestable. “En casa de la señora Sen” habla otra vez de los choques culturales, en este caso el que se produce entre un niño norteamericano y una mujer india que extraña a su país y trata de mantener sus costumbres en un territorio, el de los Estados Unidos, que no termina de comprender.
“Esta bendita casa” pone en conflicto a otro matrimonio a causa de una gran cantidad de símbolos cristianos que encuentran escondidos en la nueva finca que habitan. En “El tratamiento de Bibi Haldar” la autora acude a la picaresca para referirse a un conflicto de origen sexual. “El tercer y último continente”, por fin, habla de las dificultades que debió vencer, a lo largo de las décadas, un bengalí que busca asentarse en los Estados Unidos y que, entre otros episodios, mantiene una complicada pero emocional relación con una anciana solitaria.
Tales los nueve cuentos que componen “El intérprete del dolor”, comienzo de una carrera literaria que se ha visto ampliada en los últimos años, en los que en parte residió en Italia, recibió premios y distinciones y ha tenido otras experiencias vitales que supo volcar en sus valiosas ficciones. “La literatura –ha dicho- es tan poderosa porque conecta a la gente en forma extraordinaria”. Atenta a esa premisa, construye sus historias.

Tapa de la edición en inglés
“Algo sucedía cuando la casa se quedaba a oscuras. Volvían a ser capaces de hablar. La tercera noche, después de la cena, se sentaron los dos en el sofá y, cuando se apagaron las luces, él empezó a besarla, vacilante, en la frente y el rostro, y pese a estar a oscuras cerró los ojos y supo que ella había hecho lo mismo. La cuarta noche subieron juntos al dormitorio, con cuidado, tanteando el suelo con el pie para asegurarse de que habían llegado al rellano, e hicieron el amor con una desesperación que ya habían olvidado. Ella lloró sin hacer ruido y susurró su nombre, y le acarició las cejas con un dedo en la oscuridad. Mientras hacían el amor, él se preguntaba qué le confesaría la siguiente noche y qué le contaría ella, y pensar en ello lo excitaba. ‘Abrázame –dijo-, abrázame fuerte”. Para cuando volvieron a encenderse las luces en el piso de abajo, se habían quedado dormidos”.

Datos para una biografía
Jhumpa (Nilanjana Sudeshna) Lahiri nació en Londres en 1967 y  con su familia, procedente de Bengala, India, se trasladó dos años más tarde a los Estados Unidos, por lo que la escritora se considera ciudadana norteamericana. Vivió y estudió en Kingston, Rhode Island y, más tarde, obtuvo diversos títulos en la Universidad de Boston. Residió en Italia algunos años y en 2010 el presidente Barak Obama la designó integrante del comité de Artes y Humanidades que lo asesora. En la actualidad es profesora de Escritura en la Universidad de Prtincenton. Ha publicado cinco libros, cuatro de ellos traducidos a nuestro idioma: "El intérprete del dolor”,  (cuentos, edición original 1999), “El buen nombre” (novela, 2003), “Tierra desacostumbrada” (cuentos, 2008), “La hondonada” (novela, 2013) e “In altre parole”, (2015,en italiano, autobiografía sobre su vida en el país europeo). Por “El intérprete del dolor” recibió el Premio Pulitzer del año 2000, siendo la primera vez que el galardón recayó en un libro de cuentos. Por “La hondonada” resultó ganadora del Premio de Literatura del Sur de Asia en 2014 y fue finalista de los importantes premios Man Booker y National Award, ambos de Estados Unidoso. Está casada con el periodista guatemalteco Alberto Vourvoulias-Bush y tiene dos hijos. “El buen nombre” fue llevada al cine en 2006 por Mira Nair y en la película Lahiri interpreta el personaje de Jhumpa Mashi.

Algunos enlaces:
En castellano:
”El inglés es una madrastra con la que me llevo muy bien”, entrevista de Nuria Barrios, El País, 1/3/2014 (de esta entrevista tomamos el texto con el que abrimos el presente comentario).
En inglés:

Comentario anterior: ·”La hondonada” (publicado en el blog cuando integraba La Comunidad de El País, sección hoy inhallable en Internet)
“La hondonada” (“The Lowland”), de Jhuta Lampiri. Salamandra, Barcelona-Buenos Aires, 2014, 414 páginas. Traducción de Gemma Rovira Ortega.
….
La disyuntiva entre pertenecer y no pertenecer a una determinada sociedad, queda bien plasmadas en “La hondonada” a partir de la relación que mantienen los hermanos Subhash y Udayan, el primero ajeno a las luchas políticas que se libraban en la región de Bengala a fines de la década de 1960, mientras que su hermano menor vivía un visible y creciente proceso de radicalización ideológica.
Luego de que ambos se reciben en sus respectivas carreras universitarias, Subhash decide hacer un posgrado en una universidad estadounidense en tanto que su hermano, al tiempo de desempeñarse como profesor, desarrolla una intensa actividad en un grupo radicalizado, el movimiento Naxalbari, maoísta, que se volcó a la guerrilla urbana en esa época.
En tanto la India se veía sacudida por reiterados hechos de violencia, atentados, asesinatos y una brutal represión, Subhash pasa a vivir a un país que si bien presentaba sus propios conflictos y contradicciones, no le generaba grandes angustias ni sobresaltos: “Allí la vida ya no le ponía obstáculos ni lo agredía”.

Entre Calcuta… En el comienzo de la novela, la hondonada del título es un terreno seco próximo a la casa donde viven los hermanos y que, en temporada de lluvia, se transforma en un amplio espejo de agua en el que Subhash y Udayan se bañan, nadan, juegan, son felices en definitiva. Y se sienten más unidos que nunca.
Pero la hondonada se vuelve el lugar simbólico –el de la niñez, el de la fraternidad- al que no retornarán cuando ya adultos los hermanos emprendan caminos muy diferenciados: el reflexivo del hermano mayor que lo lleva a perfeccionarse en cuestiones ambientales en la lejana y considerablemente despolitizada nación norteamericana y el impetuoso y “maximalista” que toma Udayan, cruel, y de trágicas consecuencias. También, en este caso, la hondonada adquirirá una significación primordial.
Lahiri remarcará los contrastes entre la vida en la India, más concretamente en la multitudinaria Calcuta o Kolkata, siempre tumultuosa y de alta conflictividad, con la de la región estadounidense de Rhode Island, un sitio comparativamente despoblado, muy pequeño y casi provinciano, en el que vivir aislado parece ser la norma.
Vestimentas, costumbres, hasta comidas, le servirán a la autora para remarcar esas diferencias, que se acentuarán al máximo cuando se trata de la relación familiar, casi tribal en la India, prácticamente atomizada en los Estados Unidos:
Y aunque Subhash permanecerá la mayor parte de su vida de adulto en los Estados Unidos, quedará para siempre ligado a Calcuta, tanto por la fuerte “presencia” de su hermano y sus padres, como por el hecho de que se verá ligado –de compleja manera- con Gauri, la mujer de Urayan.

… y Rhode Island. No se puede contar demasiado sobre “La hondonada”, sin entrar en detalles que hacen al “secreto” de la novela, aunque sí cabe señalar que a Lahiri le ha interesado desarrollar y narrar una compleja historia familiar a lo largo de más de cuatro décadas, en ambas regiones del mundo, y en la que los hermanos y Gauri tienen papeles decisivos.
Pesan mucho la familia y las costumbres que dejó atrás Subhash cuando decidió trasladarse a Rhode Island. Pesan tanto porque no logra olvidarse del hermano, a pesar de que en su niñez, adolescencia y juventud hizo cuanto pudo para marcar diferencias y distancias. El tema del doble, lo especular (el uno reflejándose en el otro) emerge también en este libro de manera explícita y premeditada: ”Relaciones así  aparecen en la Biblia, pero también en la mitología hindú, en la griega, en la romana: Cástor y Pólux, Rómulo y Remo… Las religiones y los mitos comparten historias parecidas”.
Tanto Gauri como su hija, Bela, jugarán un papel importante en la historia y la primera, a su vez, guardará un secreto que en su caso será una culpa que arrastrará de por vida y que Lahiri demorará en revelar. Gauri es fundamental en la novela, por las decisiones que va tomando tanto respecto de la familia como en relación a su persona, pero le falta una cierta “flexibilidad” interna, mayores matices que la enriquezcan.
La novela es extensa y quizás necesitada de un más intenso ritmo interior. Pero esa es por supuesto una afirmación subjetiva. Importa, en todo caso, que Lahiri haya podido entregar una nueva ficción en la que logró reiterar sus temas obsesivos (el desarraigo, el choque cultural, la pertenencia) sin repetirse, contándonos una vasta y creíble historia. 

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