viernes, 16 de septiembre de 2016

"Volar en círculos", de John Le Carré. El espía permanece en penumbras. Comentarios anteriores: "Una verdad delicada" y "Un traidor como los nuestros".

“Volar en círculos. Historias de mi vida” (”The Pidgeon Tunnel”), de John Le Carré.
Planeta, Barcelona-Buenos Aires, 2016, 457 páginas.
Traducido por Claudia Conde.
En España: 21,90 euros. En Argentina: 389 pesos.

John Le Carré, el gran creador del agente George Smiley, ocultó muchas pistas sobre su vida a lo largo de los años, comprensible en quien a través de sus ficciones hablaba sobre el mundo de los poderes ocultos y los espías nada glamorosos que poblaban sus páginas. Y, más aún, lo hacía porque él también había juramentado no hacer referencia a su propio papel en el mundo del espionaje, cumplido cuando joven, antes de transformarse en un autor mundialmente famoso.
Ahora, con su primer libro de memorias, se tenía la convicción de que había decidido exponerse un poco más, contarnos con mayor claridad sobre los entresijos de su existencia, es decir cómo ha sido su vida personal, cuáles sus encuentros y desencuentros con los servicios secretos, cómo se desarrolló su parte afectiva, cuáles fueron las relaciones que mantuvo con las mujeres que marcaron su vida, cuáles con sus hijos, cómo creó a Smiley y su corte, qué ha pasado con La Carré desde que terminó la Guerra Fría, cayó el comunismo en Europa y comenzó a abordar otros temas, gestando historias que transcurren en diversos escenarios aunque siempre ligados a los acontecimientos históricos, políticos y económicos contemporáneos.
Sin embargo, no ocurre así con “Volar en círculos”, integrados por 38 capítulos que casi remedan a los artículos periodísticos (incluso varios de ellos previamente ya fueron publicados como tales en diarios y revistas), por lo que debe aceptarse que estamos ante una selección de anécdotas sobre personajes famosos, situaciones risueñas, episodios propios de un personaje del gran mundo como Le Carré viene siéndolo desde hace años, pero sin los añadidos que tanto hubiéramos querido conocer y que el autor decidió seguir guardándose para sí, como si definitivamente hubiese optado por permanecer en las sombras o, al menos, entre penumbras.

Ronnie Cornwell
El padre, el padre. En lo que sí se explaya es en la figura de su padre, Ronnie, un estafador consuetudinario, bueno-para-nada, que a lo largo de los años amargó su existencia, cuando no la transformó en pesadillas, y también un poco en Olive, su madre que lo abandonó a los cinco años y volvió a ver dieciséis años más tarde, pero sin rastro alguno de afectos sino de resentimientos que han seguido vivos en el autor tanto tiempo después.
Sobre su madre admite que nunca llegó a comprenderla y que quizás haya sido en definitiva una mujer sin emociones profundas que por eso dejó a sus dos hijos pequeños en manos de un irresponsable como lo fue Ronnie y se mandó mudar, para constituir poco después una nueva familia. Aunque Le Carré admite que tampoco él puso mucho empeño para comprenderla.
Pero Ronnie era distinto, porque resultaba subyugante, personaje casi de novela o de película, era de esos tipos capaces de vender hielo en la Antártida o naranjas en el Paraguay, estafador sin par y (también) el que fracasaba a un paso de que sus grandes y mentirosas propuestas estuvieran a punto de prosperar.
Ronnie abusó de la fama de su hijo, lo “representó” sin su permiso cuantas veces pudo, vivió de los otros todo el tiempo que quiso, hasta que la modernidad con sus intercomunicaciones lo afincó en el fracaso permanente. El increíble corolario de su historia errática fue que Ronnie sostuvo durante décadas un litigio judicial por unas tierras, litigio que “ganó” después de su muerte y que lo hubiera transformado en lo que siempre quiso ser: un hombre rico, aunque lo hubiese sido sólo por minutos, puesto que el fisco enajenó todo ese dinero dadas las altísimas deudas que el padre de Le Carré había contraído a lo largo de su vida…

Famosos y algo más. Quien naciera en 1931 con el nombre de David Cornwell viajó por el mundo para que sus novelas no tuvieran escenarios que fueran apenas una especie de guía de turismo y de “vive tu propia aventura” y soportó por eso que le silbaran cerca las balas, o que conociera al histriónico Arafat en una Beirut que vivía en pleno conflicto bélico, o visitó a señores de la guerra en un Congo asfixiado por la guerra civil.
Debió tolerar en la Alemania pos-Hitler a nazis aceptados en los  servicios de inteligencia occidentales, y conoció a personajes tales como el viejo primer ministro inglés Harold McMillan o al nunca vencido Andrei Sájarov. O a una Margaret Thatcher reclamándole que no le transmitiera “noticias tristes”, porque era “injusto”, dado que de esa manera “no se puede gobernar”…
Asimismo, habla del máximo traidor que tuvo Gran Bretaña, el topo por excelencia, Kim Philby, quien durante años espió para los comunistas (y terminó sus días en Moscú) y, en otro plano, porque le interesa mucho el cine, con verdadero afecto, de Alec Guinness, quien hizo una serie en la que interpretó como nadie a George Smiley. También recuerda bien a Richard Burton, gran protagonista de “El espía que surgió del frío”, pero en ningún momento menciona a Gary Oldman, actor que hizo -a mi entender- una excepcional caracterización de Smiley en “El topo”. Omitir también es opinar…
Incluye un episodio singular: cómo ayudó a Vladimir Pucholt, joven, talentoso y famoso actor checo de los ’60 a dejar a la entonces Checoslovaquia de manera definitiva y radicarse, según sus particulares exigencias, en Occidente, donde decidió alejarse de la actuación y seguir la carrera de medicina, que concluyó y que en la actualidad ejerce en Toronto, Canadá. La participación activa y durante años de Le Carré resultó decisiva para que un cambio tan radical en la vida de Pucholt pudiera concretarse.
Le Carré rescata a otras personas, menos conocidas, tales como Nicholas Elliot, un integrante de los servicios que fue engañado como un niño por Philby, dado que hasta lo último creyó en su inocencia, o Mo, un veterano y quisquilloso periodista quien, abusando de su desconocimiento, lo condujo a un peligroso lugar en Beirut, en 1981, donde se libraban las más peligrosas batallas.
El libro lleva como título original “El túnel de las palomas” y refiere a palomas que, prisioneras en el casino de Mónaco, eran enviadas por túneles hacia una supuesta libertad, porque cuando lograban salir de esos largos laberintos eran aguardadas por tiradores que las exterminaban a balazo limpio. Lo malo era que las que sobrevivían volvían al lugar de donde habían partido. Metáfora de la que se apropia Le Carré para hacernos saber, ya muy avanzados sus ochenta años, cómo se ha sentido durante su larga vida.

“-Lo pasado, pasado está –le dice Gorbachov a Sájarov, que vivía obligado en un exilio interno-. El Comité Central ha considerado su caso y ya puede regresar libremente a Moscú. Su antiguo apartamento lo está esperando. Será readmitido de inmediato en la Academia de Ciencias. Todo está listo para que ocupe un lugar que en toda justicia le corresponde como ciudadano responsable de la nueva Rusia de la perestroika.
Las palabras ‘ciudadano responsable’ sacan a Sájarov de sus casillas. Su idea de un ciudadano responsable –le informó a Gorbachov, supongo que con cierto acaloramiento, aunque cuando me lo contó estaba sonriendo, como siempre- era alguien que obedecía las leyes de su país. En esa ciudad cerrada en concreto (Gorki, hoy Nizhni Nóvgorod, en la que vivía exiliado) había internos que nunca pasaron por un tribunal y algunos no sabían siquiera por qué estaban allí.
-Le he escrito al respecto y no he recibido ni la más remota señal de una respuesta.
-Hemos recibido sus cartas –respondió Gorbachov en tono conciliador- El Comité Central las está considerando. Vuelva a Moscú. El pasado ha quedado atrás. Venga a ayudarnos con la reconstrucción.
Llegado ese punto, Sájarov va muy lanzado, porque le está recitando a Gorbachov la lista de omisiones y negligencias presentes y pasadas del Comité Central, que también ha intentado denunciar en una serie de cartas, sin ningún resultado. Pero, en medio de la diatriba –cuenta- captó la mirada de su mujer, Elena Bonner, y se dio cuenta de que si seguía mucho tiempo más en la misma vena, Gorbachov iba a decirle: ‘Bueno, camarada, si es eso lo que piensa, puede quedarse donde está’.
De modo que cortó el teléfono. Así, sin más. Sin un simple ‘Adiós, Mijaíl Serguéyevich’.
Entonces se dio cuenta; la sonrisa traviesa era más ancha que nunca e incluso Bonner tiene un brillo pícaro en los ojos:
-Entonces me di cuenta –repite divertido- de que, en mi primera conversación en seis años, me las había arreglado para colgarle el teléfono al secretario general del Partido Comunista de la Unión Soviética”.

Datos para una biografía
John le Carré es el seudónimo de David John Moore Cornwell, nacido en Poole, Inglaterra, el 19 de octubre de 1931. El novelista se ha especializado en relatos de espionaje y suspenso ambientados en la época de la Guerra Fría. Las atmósferas y los personajes creados en aquellos “años dorados” del novelista constituyen lo mejor de su producción y son paradigmáticas en el “género” de las novelas de espías. También es paradigmático su personaje George Smiley. La primera de esas novelas fue “Llamada para el muerto”, de 1962, a la que siguieron, entre otros títulos, “El espía que surgió del frío”, “El honorable colegial”, “El topo” y “La gente de Smiley”. Le Carré estudió en las universidades de Berna y Oxford y fue profesor en la de Eton entre 1956 y 1958. Perteneció al cuerpo diplomático británico entre 1960 y 1964 y también a sus servicios secretos. En los últimos años ha publicado novelas que refieren a la compleja realidad de nuestros días, ya se trate del terrorismo, el desmembramiento de la Unión Soviética, la política norteamericana o la acción clandestina de los laboratorios. Le Carré había incursionado en otros ámbitos con “La chica del tambor”, de 1983, pero cambió totalmente su perspectiva de narrador en los ’90, a partir de “El sastre de Panamá”, de 1996. Sus últimas novelas han sido “El jardinero fiel”, “Amigos absolutos”, “La canción de los misioneros”, “El hombre más buscado”, “Un traidor entre los nuestros” y “Una verdad delicada”, todas publicadas a partir del año 2000. Le Carré es autor de veintitrés novelas. A lo largo de los años, con suerte dispar, varias de sus ficciones han sido llevadas al cine y a la televisión. Hubo una serie, de la BBC, realizada en 1982, con el personaje de Smiley interpretada por Alec Guinness, de altísima calidad. Tres de sus últimas historias vertidas al cine con verdadera eficacia han sido “El jardinero fiel”, con Ralph Fiennes (Fernando Meirelles, 2005), “El topo”, con Gary Oldman en el papel de Smiley (Tomas Alfredson, 2011) y “El hombre más buscado”, con una excepcional actuación de Philip Seymour Hoffman (Anton Corbijin, 2014).

En Internet:


Dos comentarios anteriores: “Una verdad delicada” y “Un traidor como los nuestros”:

“Una verdad delicada” (“A Delicate Truth”), de John Le Carré. Plaza & Janés, Barcelona, 2013- Buenos Aires, 2014, 360 páginas. Traducción de Carlos Milla Soler.

Si han leído al inglés John Le Carré (David Corwell, 1931) ya saben a qué atenerse: sus historias tienen que ver, directa o indirectamente, con el espionaje y en ellas, en medio de hechos miserables y de personajes que también lo son, se mueven seres que conservan un sentido ético de la vida. Y que, en malas condiciones, débiles y asustados, luchan para que esa actitud moral prevalezca. Aunque sus victorias, si lo son, muchas veces resulten pírricas.
Le Carré brilló con sus novelas que tuvieron como protagonista central a George Smiley (“Llamada para el muerto”, “El topo”, “La gente de Smiley”), durante la Guerra Fría, en la que los bandos estaban diferenciados y él se inclinaba decididamente por Occidente, aunque criticara con dureza sus aspectos más siniestros.
A pesar de la caída del Muro y de los cambios históricos que se han registrado en las últimas décadas, Le Carré no dejó de escribir y sus libros denunciaron con más dureza aún el estado de cosas que se han agravado a medida que se consolidó la globalización. Así entregó historias tales como “El jardinero fiel” (2001), en la que sus diatribas fueron dirigidas contra los grandes laboratorios o “El hombre más buscado” (2008), en la que habló sobre el drama de la inmigración ilegal.
En “Una verdad delicada”, novela publicada en inglés en 2013, es decir escrita a los 81 años, sus preocupaciones tienen que ver con el tráfico de influencias en el poder y cómo los intereses públicos se “confunden” con los privados. Y también, desde este plano, se preocupa por mostrar de qué forma los poderosos usufructúan los bienes estatales con pocos escrúpulos, mucho silencio y muchísima más complicidad.

Todo comenzó en el Peñón. La novela se inicia con un episodio clandestino que se registra en 2008 el Peñón de Gibraltar y que tiene como protagonista a Christopher “Kit” Probyn, un diplomático veterano al que se le asigna el nombre de Paul y que debe ir transmitiendo a un alto funcionario británico (el subsecretario Fergus Quinn, del “Nuevo Laborismo” de Tony Blair), los hechos a medida que se vayan produciendo.
Paul está dispuesto a cumplir con la misión que se le ha encomendado, pero todo le resulta confuso, como si viera entre tinieblas. Porque no cuenta con la información necesaria y porque no termina de comprender qué es lo que debe hacer, cómo encarar su papel.
Adrede, Le Carré explica poco, confunde, porque quiere que el lector “vea” como mal “ve” Kit. Éste no termina de saber bien qué están haciendo esos hombres que, escondidos, van tras un objetivo, al parecer la caza de un terrorista muy buscado. Un militar británico, joven, terco, experto, de nombre Jeb, tampoco parece sentirse cómodo con la operación, reclama más precisiones que, desde la lejanía donde está situado el comando central, no terminan de entregarle.
Pese a todo, el propósito de la captura del peligroso sujeto finalmente se cumple, al menos es lo que le cuentan a Kit-Paul unos personajes salidos de la nada, como una tal Kirsty, que le asegura que todo ha terminado muy bien: “Ha sido un éxito”. Y Probyn debe aceptarlo, porque así se lo han asegurado esos personajes que, al segundo no más, ya no están a su lado.

Tres años más tarde. Ya retirado y viviendo en la paz de Cornualles, Probyn tiene un inesperado encuentro con Jeb, quien a su vez ha dejado el Ejército y se dedica a hacer trabajos con cueros. El ex soldado, que parece no estar totalmente en sus cabales, lo ha buscado para comunicarle que lo ocurrido en Gibraltar fue un montaje, con el penoso resultado de personas inocentes asesinadas.
Probyn intentará conocer la verdad, tarea en la que por su parte y riesgo –y sin tener noticias el uno del otro- emprenderá Toby Bell, quien fuera secretario privado del funcionario que había organizado la expedición a Gibraltar, y sobre la que no tuvo, en su momento, ninguna información.
Probyn, Jef, Toby (y más tarde la hija del primero), tropezarán con verdaderos muros de silencio, de información falsa, de mentiras que deben ser tomadas como verdades que conforman la historia oficial. Y la historia oficial seguirá insistiendo en que la operación denominada “Fauna” fue eficaz y que nada más se debe decir sobre ella.
Cada uno de los personajes insistirá en la búsqueda de la verdad (la verdad delicada del título), sobre la que sería mejor no insistir. Ni, menos, intentar hacer público lo que en realidad ocurrió. Por sus insistencias pagarán altos precios, pero persistirán, porque como los buenos personajes de Le Carré ellos también son Quijotes de nuestro tiempo, dispuestos a desfacer entuertos…
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“Un traidor como los nuestros” (“Our Kind of Traitor”), de John Le Carré. Editorial Plaza & Janés, Barcelona – Buenos Aires, 2010, 395 páginas. Traducción de Carlos Milla Soler

Hay exceso de diálogos en esta novela de John Le Carré, una prosa excesivamente ligada a los clichés del género, un relato que alguna vez leímos antes, pero entonces mejor escrito. Ahora, también hay sabiduría para dibujar personajes y situaciones, para contarnos una nueva historia de espías, de arrepentidos, de “buenos” y de traidores. Y hay, además, el inesperado condimento del final, que en gran parte redime a su novela vigésima segunda, “Un traidor como los nuestros”.
Se sabe. Desde que cayó el Muro de Berlín –y desde un poco antes- Le Carré ha venido incursionando en nuevos escenarios, en nuevas historias. Han quedado atrás George Smiley y los espías grises de El Círculo, su lucha contra su par soviético, Karla, y en fin, ese mundo preinformático en la que emergían las pasiones humanas, a las que inútilmente se intentaba desterrar.
Cada vez más enojado, más enconado contra el mundo manejado por los financistas que todo lo atropellan, ya Le Carré había expresado en las diversas novelas que ha venido escribiendo en este último tiempo, su rabia por lo que ocurre, ya se tratara de las acciones terroríficas de los laboratorios (“El jardinero fiel”) o la actual situación de los inmigrantes en la cerrada Europa de nuestros días (“El hombre más buscado”) o la –para él- malsana guerra de Irak (“Amigos absolutos”), entre otros temas que atormentan nuestros días.
El dinero, le dijo el autor a Iker Seisdedos, de “El País”, de España, “hoy apesta a tráfico de drogas, de armas, asesinatos a sueldo, a opresión y a enorme corrupción”. Y cree que los bancos “son en gran parte responsables del blanqueo internacional del dinero”.
De eso justamente habla en “Un traidor como los nuestros”, de las intenciones de un sector “sano” de la inteligencia británica de recibir al ruso Dima, un hombre involucrado con la mafia de su país, porque está dispuesto a contar cuanto sabe a cambio de protección y una nueva vida para él y su familia en Inglaterra.

Un camino forzado. Para ese fin, Le Carré toma un camino sinuoso, arriesgado si se quiere desde el punto de vista de la verosimilitud, puesto que Dima para conseguir su objetivo toma como mensajeros al profesor Peregrine (Perry) Makepiece y a su pareja, la abogada Gail Perkins, a quienes conoce en la caribeña y paradisíaca isla de Antigua. Lo particular, y forzado, es que Perry y Gail son por completo ajenos al mundo del espionaje.
El hecho es que –pese a ese “detalle”- logran la conexión requerida y así ingresan a sus vidas, y a la novela, dos gastados integrantes de los servicios secretos, Hector (sin acento) y Luke, quienes intentarán por todos sus medios ayudar a Dima, y a sus familiares, entre los que sobresale su joven hija Natasha, bella, equivocada, embarazada por accidente, que se volverá problema personal para Gail.
Este involucrarse de Perry y Gail en situaciones desconocidas –porque Dima sólo confía en ellos y no pueden limitarse por consiguiente a ser simples correos- debería haber desembocado en situaciones confusas, en errores, en los equívocos que habitualmente provoca la inexperiencia pero –extraño- Le Carré deja de lado esa alternativa y los muestra decididos, jugados, como personajes propios de una mala película. O de una mediocre novela.
Más entusiasmado en denunciar que en trabajar en lo que ha sido tan propio de él, es decir la sutileza, la ambigüedad, las zonas de “irresolución”, Le Carré hace que “Un traidor entre nosotros” se desarrolle casi a los tropezones, basándose en diálogos excesivos, en aclaraciones innecesarias y reiterativas y (eso es muy evidente) en retratos que terminan siendo caricaturescos, especialmente el de Dima, un ruso “malo” tan estereotipado que parece remedar al Telly Savalas de “Kojak”, calva incluida.
Con todo, Le Carré ha tomado a Dima de la vida real, más concretamente es su versión de un mafioso ruso que conoció en 1991 y que lo introdujo en el mundo de los criminales “a gran escala”. Y que, de paso, le hizo certificar algo que –sostiene- ya sabía: “La conexión entre las mafias y los servicios secretos es siempre estrecha”.

Tan contemporáneo… Hasta tal punto el autor de “El honorable colegial” quiere narrarnos el hoy, que el mismísimo Roger Federer se hace presente en esta novela, manteniendo su duelo contra el sueco Robert Soderling en el final del Roland Garros. Lo que sitúa a la novela en junio del 2009, dado que ese partido se disputó el domingo 7 de junio del año referido. Que es lo que le lleva a informar que los Campos Elíseos se encontraban cerrados porque “Michelle Obama y sus hijos están en la ciudad”.
Todo eso indica que Le Carré sentía entonces la responsabilidad de escribir de la manera que lo hizo, casi como testigo, casi como periodista. ”Es mi obligación, muchacho”, le expresa al periodista de “El País”. Ocurre que así planteadas las cosas la novela se ve teñida de crónica. Y no siempre salen bien paradas esas experiencias de escritura…
No obstante nuestros reparos, estamos de nuevo sumergidos en el universo de Le Carré. Sabemos que algo va a pasar, y que no será de nuestro gusto. Aquí y allá, como marcas de identidad, habrá desfallecimientos emocionales, nadie será totalmente como hubiéramos querido. Y la melancolía también teñirá estas páginas, así como el sino trágico que nos espera a la vuelta de cualquier página. Es un nuevo tómelo o déjelo de Le Carré. Claro está, hubiéramos querido al escritor de otros tiempos. Pero, como tantas otras cosas, eso parece irrepetible.

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