viernes, 30 de septiembre de 2016

"Stoner", de John Williams. Una obra inolvidable

“Stoner”, de John Williams.
Fiordo, Buenos Aires, 2016, 302 páginas.
Traducción de Carlos Gardini, revisada por Julia Ariza.
En Argentina: 290 pesos.

¿Con “Stoner” estamos ante una obra maestra, uno de esos textos excelsos que sólo de tanto en tanto aparecen en el mundo o se trata de una novela densa y profunda que sin embargo no alcanza las cotas de “Ulises”, “El proceso” o “En busca del tiempo perdido”?
Si se coloca tan alta la vara, es difícil que esta novela publicada hace más de cincuenta años en los Estados Unidos y sólo en el último tiempo revalorizada llegue a tales niveles, pero más allá de estos récords y calificaciones que siempre serán un tanto forzadas, lo cierto es que “Stoner” es un gran texto que deja mucho sedimento tras su lectura, que contiene páginas imborrables y su “todo” es de una solidez y de una riqueza de matices sin duda infrecuente.
En contratapa se reproducen palabras del actor Tom Hanks, quien de manera simple pero brillante sintetiza lo que es “Stoner”. O, para mejor decir, lo que también es “Stoner”: “Se trata simplemente de una novela sobre un tipo que va la universidad y se convierte en profesor. Pero es una de las cosas más fascinantes que haya encontrado jamás”.
Sí, Tom Hanks, que tanto ha acertado como actor en inolvidables películas, dice en pocas palabras una verdad que puede resultar aparente pero que en rigor termina siendo profunda. Se trata, en efecto, de la “historia de un tipo que va a la universidad”, pero la fascinación tiene que ver con la forma como Williams cuenta esa vida que se inicia en una granja de Misuri en 1891 y concluirá en 1965, en una casa cercana a la universidad de lugar, donde William Stoner estudió y dictó cátedra la mayor parte de su vida.
Literatura es lenguaje, es la manera de narrar, es la “temperatura” que alcanza el creador, el escritor, en su obra. Buscando un símil, podría decir que John Williams escribió esta historia con una mano atada o, si se quiere, al borde de su propio abismo expresivo. Una palabra de más o de menos, y el texto corría serio peligro de desbarrancar, sin embargo y por suerte logra el pequeño milagro de evitar caer en esos errores, mantiene entera y constante esta novela de la opacidad.
Porque opaco es el mundo de Stoner, desde que nace en una chacra, hijo único de estoicos campesinos con los que mantiene apenas diálogo, hasta que pasa a la universidad de Misuri, primero para estudiar una carrera técnica vinculada al campo y luego para seguir literatura, alcanzado en un momento dado por una suerte de saeta o dardo invisible que llega a él por la intensidad que pone en un viejo profesor cuando se refiere a la materia.

Sus principales relaciones. Se casa con la bella y distante Edith, a quien nunca entenderá, y tendrá una hija, Grace, con quien sólo se vinculará en su niñez y surgirá en su vida un amor tan carnal como imposible en la joven Katherine Driscoll.
El resto será la vida grisácea de la universidad, sólo alterada por las diferencias que mantiene con otro profesor, Lomax, su jefe directo, el diálogo que a lo largo de los años sostiene con el decano Gordon Finch, amigo desde la juventud, y su pasión por las antiguas literaturas que lo sumergen en un mundo otro que poco tiene que ver con el real y cotidiano, del que apenas si tiene vagas noticias.
Y sobre el nombre, Stoner (stone es piedra en inglés) con acierto Ivana Tosti advierte: “Hay claramente un juego semántico desde el inglés con el nombre Stoner y el sustantivo stone y con toda esa 'dureza' que va construyendo el libro, los terrones de piedra árida del inicio hasta los tumores (como piedras) que lo llevan a la muerte, la rigidez de su primera esposa, etc..., y ya en un nivel metafórico, los caracteres, las normas de la universidad que, entre otras cosas muchas, no le permiten justamente vivir ese amor con su alumna tan fuera de la lógica 'stoner'...”.
De manera que Williams propone varios niveles de lectura, desde lo lineal y cronológico, hasta lo simbólico, elaborando entonces una suerte de metáfora sobre una vida que ha girado en torno a la ética, a la intensidad del amor y la poesía y de cómo, por nunca animarse del todo, ese mismo todo una y otra vez se le escurre de las manos, como una constante de vida.
Y logra, además, escribir páginas imborrables, como son las que dedica al amor de Stoner por Katherine, otras en las que el personaje consigue aislarse y mixturarse con el paisaje y el entorno y otras más, por fin, que son las sentidas páginas de cierre, de alto nivel, de fuerte impacto emocional.
Rodrigo Fresán, escritor y crítico argentino, sostiene que “Stoner”· es “una obra maestra. Y punto”. Menos estridente, opto por decir que “Stoner” es una obra conmovedora. E inolvidable. 

“Stoner” fue publicada en 1965 y redescubierta a comienzos del presente siglo, en 2003 por la editorial Vintage y tres años más tarde por New York Review Books. Comenzó a ser reconocida como una narración excepcional por escritores de la talla de Ian McEwan o Enrique Vila-Matas. En 2010 el sello Baile del Sol, de España, la publicó por primera vez en nuestro idioma. Este año ha sido reeditada en Argentina por Fiordo Ediciones, con dos tiradas, la primera en marzo y la segunda en el presente mes.

“Había llegado a esa edad en que se planteaba, con creciente intensidad, una pregunta de tan abrumadora simplicidad que no sabía cómo encararla. Se preguntaba si valía la pena vivir su vida, si alguna vez había valido la pena. Sospechaba que todos los hombres se hacían esa pregunta en algún momento, y se preguntaba si a todos los ocurría con esa misma fuerza impersonal con que se había instalado en él. La pregunta conllevaba una tristeza, pero era una tristeza general que (pensaba) tenía poco que ver con él mismo o con su destino individual; ni siquiera sabía si la pregunta surgía de las causas más obvias e inmediatas, de lo que había ocurrido con su vida. Venía, según pensaba, del paso de los años, de la acumulación de accidentes y circunstancias, y de lo que él había llegado a comprender sobre cada uno de ellos. Lo satisfacía, de una manera sombría e irónica, la posibilidad de que lo poco que había logrado aprender lo hubiera conducido a este conocimiento: que con el tiempo todas las cosas, incluso el aprendizaje que le permitía saber esto, eran fútiles y vacuas y que al fin se reducían a una nada que ellas no llegaban a alterar”.

Datos para una biografía.
John Edward Williams nació en Clarksville, Texas, en 1922. Trabajó en radios y periódicos del sudoeste de Estados Unidos, y en 1942 se alistó en el Ejército, donde prestó servicio como sargento durante dos años y medio. En 1948 publicó su primera novela, Nothing but the Night, y en 1949 su primer volumen de poemas, The Broken Landscape. Un año más tarde completó su maestría en la Universidad de Denver y poco después concurrió a la Universidad de Misuri, donde trabajó como profesor y se doctoró en 1954. En 1955 asumió la dirección del programa de escritura creativa de la Universidad de Denver, donde enseñó por más de treinta años. Con su cuarta novela, El hijo del César (Augustus), obtuvo el National Book Award, uno de los premios más prestigiosos de su país. En 1960 publicó otra novela, Butcher’s Crossin. Stoner, su tercera novela, es considerada como su obra maestra. Murió en Fayetteville, Arkansas, en 1994.

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