sábado, 30 de julio de 2016

"El ruido del tiempo", de Julian Barnes. El terror, la humillación, las contradicciones humanas

“El ruido del tiempo” (“The Noise of Time”), de Julian Barnes.
Anagrama, Barcelona-Buenos Aires, 2016, 199 páginas.
Traducción de Jaime Zulaika.
En España: 16,90 euros. En Argentina: 275 pesos.

“El arte es el susurro de la historia que se oye por encima del ruido del tiempo”.
Noche a noche, un hombre sale de su departamento donde han quedado durmiendo su mujer y su pequeña hija. Lleva consigo una pequeña valija en la que ha guardado una muda de ropa, el cepillo de dientes, el dentífrico y varios paquetes de cigarrillos.
Vive en un edificio, en el tercer o cuarto piso, y en realidad no va a ninguna parte sino que queda esperando, una, dos, tres horas. Espera que llegue alguien para llevárselo detenido a un lugar incierto, del que posiblemente no regrese nunca.
Fuma de manera incansable y no hace nada más. Cuando el ascensor del edificio se pone en marcha él se paraliza. A veces la máquina pasa de lado y sigue su marcha hacia pisos superiores. Cuando ocasionalmente se detiene en el lugar donde se encuentra, el miedo se apodera del hombre de la valija, pero quien desciende del ascensor es un vecino, que se limita a mirarlo, quizás a saludarlo con vago gesto. Nada pregunta. Los dos viven el terror.
Después, cuando se aproxima la madrugada, el hombre de la valija regresa a su departamento y su acuesta vestido al lado de su mujer que simula dormir, pero no lo hace, como no lo ha podido hacer casi nunca en esas noches interminables.
Estamos en Moscú, en 1936 o 1937, cuando José Stalin ha consolidado su reino del terror. Se vive en el país de los murmullos, donde nadie confía en nadie, en el que la gente desaparece sin dejar rastros. Y, muy presumiblemente, detrás de él también lo hagan familiares, parientes cercanos y lejanos, amigos. Y nadie preguntará nada, porque a nadie se puede preguntar.
El hombre de la valija es el afamado músico soviético Dmitri Shostakóvich, quien por ese tiempo ha caído en desgracia luego de que el mismísimo Stalin concurriera a escuchar la versión de su ópera “Lady Macbeth del distrito de Msenk” y le resultara intolerable. Tanto que se retiró, acompañado por sus corifeos de la Nomenclatura, antes de que la ópera concluyera. Dos días después, el diario oficial Pravda publica un editorial, quizás escrito por el propio Stalin o en todo caso ordenado por él, en el que condena la “bulla” de la obra, creación de un artista decadente, burgués sin atenuantes.
Pese a sus temores, y aunque estuvo a punto de ser vinculado con un supuesto complot para asesinar a Stalin, Shostakóvich nunca fue arrestado y de a poco recuperó posiciones de privilegio en el siempre aterrador mundo del autoritarismo soviético. Sobrevivió, pero a cambio de humillaciones y de la propia destrucción de su dignidad humana.
Con una prosa cuidada, cuando no lírica, el británico Julian Barnes nos cuenta, dividiéndola en cuatro partes, la vida y las peripecias del gran músico en su última novela, considerada como excelente por cierto sector de la crítica, pero en cambio excesivamente parcial por quienes han conocido otras versiones sobre lo que ocurrió con Shostakóvich, quien hizo del silencio su manera de mantenerse vivo en un clima opresivo, en el que la sospecha y el espiar-al-otro eran moneda cotidiana.

Hannah Arendt
“El terror es la esencia”. Hannah Arendt dejó expresado que “El terror es la esencia de la dominación totalitaria”. Es lo que sintió Shostakóvich y, según refiere Barnes, a él se sometió luego de esa humillación inferida por Stalin al desacreditarlo en público y abriendo una suerte de galería para que se sumaran múltiples voces a la denigración y el escarnio que se abatieron de inmediato sobre el músico soviético.
Le volvió a ocurrir en 1948, cuando un comité anatematizó su música pasada y presente, pero sin embargo al año siguiente Stalin mismo lo puso de nuevo en circulación y lo envió a Estados Unidos, en una misión de buena voluntad con la que se intentó, sin lograrlo, ganarse la simpatía del pueblo norteamericano.
De ahí en más volvieron los reconocimientos y las distinciones aunque, siempre según Barnes, el músico nunca dejó de sentirse indigno. “Me siento un gusano”, le llegó a decir a Nikita Jruschov, famoso primer ministro de la nación soviética, quien inició un proceso de destalinización que en definitiva, y aún hoy, nunca quedó concluido.

Dmitri Shostakóvich
Notas oscuras. Shostakóvich no demostró, en vida y de manera pública, la menor oposición al régimen. Por el contrario, fue aceptando tanto las reconvenciones como los premios y las designaciones que fueron más allá de lo honorífico, como cuando terminó afiliándose tardíamente afiliarse al Partido Comunista al tiempo de aceptar la presidencia de la Unión de Compositores de la Federación Rusa.
No discutió las críticas que le dirigían y hasta aceptó recibir mansamente a un dirigente que lo fue llevando, con comentarios y lecturas, por el camino “correcto” del buen comunista. Aunque hacía pocos meses que hasta su música estaba prohibida en todo su país y su figura era criticada, aceptó ser uno de los principales responsables de la embajada de buena voluntad que visitó Estados Unidos para defender allí las “maravillas” del estado soviético. Oportunidad en la que intentó entrevistar al exiliado Ígor Stravinski, a lo que éste comprensiblemente se negó.
Shostakóvich quizás se sintiera de por vida como “el hombre de la valija”, pero no trepidó en seguir componiendo música (de gran calidad la mayor parte de las veces, pero también la que le era encargada por la autoridad) y no vaciló en firmar documentos condenatorios de Aleksandr Solzhenitsyn y Andrei Sájarov cuando el Poder se lo indicó.
Aparte de que en un país de privaciones, siempre vivió bien. Tuvo automóviles con chofer, departamentos confortables, dachas de descanso y un buen pasar económico. Además, como se dijo, el régimen lo abrumó con distinciones hasta su muerte en 1975, a los 69 años, víctima de un cáncer de pulmón previsible en un fumador empedernido como lo fue toda su vida.

El valor de la novela. Esto en cuanto a lo que se deduce de la existencia de este gran músico. Es también el déficit que se advierte en el anecdotario que recoge Barnes, a quien le ha interesado precisar que se trata de una novela, es decir de una ficción plagada de invenciones y subjetividades a partir de hechos reales.
Creo que los límites que pueden encontrársele devienen de la visión sesgada de una vida oscura que terminó siendo servil y complaciente a pesar de que otros, pese a todo, mostraron en determinados momentos de su vida signos de rebeldía ante el nefasto régimen que se abatió sobre lo que hoy es Rusia durante décadas.
No obstante, Barnes es a mi entender un magnífico narrador que sabe construir sus relatos con sostenido lirismo y hallazgos expresivos que hablan de su alto talento literario. “El ruido del tiempo” es también el rescate de un momento tétrico, patético y absurdo de la historia que tantas veces se ha registrado y se registra en este mundo contemporáneo, y que tanto pone en cuestión la propia condición humana.

“Y así empezaron sus vigilias junto al ascensor. No era el único que las hacía. Otros en la ciudad hacían lo mismo con el propósito de ahorrar a sus seres queridos el espectáculo de su detención. Todas las noches seguía la misma rutina: evacuaba los intestinos, besaba a su hija dormida, besaba a su mujer despierta, tomaba el maletín de sus manos y cerraba la puerta de la casa. Casi como si se marchara para el turno de noche. En cierto modo era así. Y después esperaba, pensando en el pasado, temiendo el futuro, fumando para matar el breve tiempo del presente. Tenía el maletín apoyado en la pantorrilla para tranquilizarse y tranquilizar a otros; una medida práctica. Le daba el aspecto de ser responsable de lo que ocurría en lugar de ser su víctima. Los hombres que salían de su casa con una maleta en las manos normalmente volvían. Los hombres a los que sacaban de la cama a rastras en pijama a menudo no volvían. Poco importaba que esto fuera cierto o no. Lo importante era aparentar que no tenía miedo”.

Datos para una biografía. Julian Barnes (Leicester, 1946) se educó en Londres y en Oxford. Está considerado una de las mayores revelaciones de la narrativa inglesa de las últimas décadas. Es autor de doce novelas: Metrolandia (Premio Somerset Maugham 1981), Antes de conocernosEl loro de Flaubert (Premio Geoffrey Faber Memorial y, en Francia, Premio Médicis), Mirando al solUna historia del mundo en diez capítulos y medioHablando del asunto (Premio Fémina a la mejor novela extranjera publicada en Francia), El puercoespínInglaterra, InglaterraAmor, etcéteraArthur & GeorgeEl sentido de un final, Niveles de vida y El ruido del tiempo, de los libros de relatos Al otro lado del CanalLa mesa limón y Pulso, del libro El perfeccionista en la cocina y de sus memorias Nada que temer. Ha recibido entre otros galardones, el Premio E. M. Forster de la American Academy of Arts and Letters, el William Shakespeare de la Fundación FvS de Hamburgo y el Man Booker, y es Chevalier de l’Ordre des Arts et des Lettres acordado en Francia.

En Internet:

Video: entrevista de la BBC realizada el 29 de enero de 2016. Duración: 7,39 minutos (en inglés)

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