sábado, 19 de diciembre de 2015

"Francamente, Frank", de Richard Ford. Lo agridulce de la vida. Comentario anterior: "Canadá"

“Francamente, Frank” (“Let Me Be Frank With You”), de Richard Ford
Anagrama, Barcelona-Buenos Aires, 2015, 227 páginas
Traducción de Benito Gómez Ibáñez
En España: 18,90 euros. En Argentina: 275 pesos
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”Quería mostrar que más allá del impacto de una calamidad hay que prestar más atención a lo que ésta deja en las personas, en el cambio súbito a que se ve sometida su cotidianidad”, comentó recientemente el escritor norteamericano Richard Ford al periodista Winston Manrique Sabogal, de “El País” de España, refiriéndose a los cuatro episodios que integran su más recientemente libro, “Francamente, Frank”, en el que regresa con su personaje más conocido, el ex periodista deportivo Frank Bascombe.

Bascombe ha sido protagonista de tres novelas capitales de Ford: “El periodista deportivo” (1986), “El Día de la Independencia” (1995) y “Acción de Gracias” (2006). Nunca quiso escribir una saga, pero Bascombe, su voz, sus puntos de vista, sus costumbres, su historia personal, regresó a él cuando comenzaba a vislumbrar “El Día de la Independencia” y se le terminó “imponiendo” como protagonista. Lo mismo le ocurrió once años más tarde. Ahora, al comentar las consecuencias –más emocionales que materiales- que ha dejado en diversas personas el huracán Sandy (que se abatió sobre las costas de Nueva Jersey en 2012), Bascombe, ya jubilado, vuelve a ser protagonista insoslayable de las historias.

El título original juega con el nombre del personaje, Frank, franco, y de ahí que pueda ser traducido algo así como “Déjame ser franco contigo”. De ahí lo de “Francamente, Frank”, elegido para su versión en nuestro idioma. Y quienes son francos, más de lo que hubiera querido el protagonista, resultan ser los interlocutores de Bascombe, a quien encuentran ya jubilado, viviendo con su segunda esposa, Sally, de regreso en Hammond, población que había abandonado luego de su primer divorcio y de la muerte de su hijo mayor, Ralph, cuando éste era aún un niño.

Ford, lo ha dicho varias veces y lo ha vuelto a reiterar en los recientes días en que visitó Barcelona, no desea que se lo vea a Bascombe como su alter ego porque, afirma, tienen pensamientos distintos, han tenido vidas muy diferentes y no siempre lo que piensa y dice su personaje (lo políticamente incorrecto es su marca) coincide con el ideario de Ford. Aunque sí tiene otras coincidencias: es demócrata, suele apoyar, aunque de manera indirecta, sesgada, a los presidentes demócratas y confronta en cambio con los republicanos. Y tiene una visión cada vez más desencantada de su país y de su gente: “Quiero mucho a mi país, pero cada vez es más difícil quererlo”. Lo ha dicho Ford, pero bien podría haberlo expresado Frank.

En cada una de las “apariciones” de Bascombe, mientras contaba in extenso sus peripecias personales y las de su entorno, Ford reflexionaba, como al pasar, sobre la realidad histórica de los Estados Unidos de cada década. Década de 1980 en “El periodista deportivo”, década de 1990 en “El Día de de la Independencia”, década de comienzos de siglo en “Acción de Gracias”. Ocurre puntualmente en “Francamente, Frank” respecto de estos años últimos que nos tocan vivir. En esos libros Clinton y Obama (foto), pese a sus críticas, “se salvan” en tanto que los Bush son las “bestias negras” de su ideario personal.

Del ideario personal de Bascombe, cada vez más escéptico ante las crisis reiteradas que vive su país y fatigado de ver cómo los ricos se hacen cada vez más ricos e intolerantes y los pobres cada vez más marginados y excluidos.

Sandy dejó una fuerte herida en la vida en general muy llevadera de los habitantes de Nueva Jersey, donde el propio Ford vive con su esposa Kristina (con la que se casó en 1968). Arrasó con pueblos enteros, causó pérdidas multimillonarias y dejó cientos de muertos y heridos. Esas “heridas” sin cicatrizar son las que intenta captar y plasmar en los cuentos o relatos largos que integran “Francamente, Frank”, situados poco después de producido el fenómeno climático que, por otra parte, no afectó a Hammond, el lugar donde vive, pero sí a Sea-Clift, población en la que residió hasta jubilarse como agente inmobiliario.

Todos quieren hablar “francamente” con Bascombe en las cuatro historias que constituyen el libro, pero a esta altura de su vida, cuando se ha colocado definitivamente al margen de todo y cuando poco espera porque ha ingresado a la vejez y ha dejado de lado cualquier tipo de lucha o de acción, es el protagonista quien no siente el interés de la reciprocidad. Más bien no quiere escuchar eso que está ahí, omnipresente: el mismo “latido” de la vida.

Sin embargo, pese a sus remilgos, debe escuchar, ver, volver a sentir, conmoverse. Y terminar muy descolocado. En “Aquí estoy yo” se siente en la obligación de retornar a la devastada Sea-Clift, donde se alzaba la casa que vendió antes de volver a Hammond para encontrarse, precisamente, con quien compró esa misma vivienda arrebatada por Sandy. Hace el viaje a regañadientes y hasta con temor, porque no sabe cuál será la reacción de Andy Urquhart, el comprador, que lo convoca. La historia no derivará sin embargo en enfrentamientos, sino en cuestiones más sutiles, que tienen que ver con las emociones, las mismas que Bascombe habitualmente trata de esconder.

Pero, pese a todas sus reticencias, Frank volverá ser reclamado en ese campo para él minado, en las tres historias que le siguen. Así, en “Todo podría ser peor” conoce a Charlotte Pines, una mujer negra, profesora de historia, alcanzada también por Sandy –que le obligó a dejar su lugar de residencia para buscar en Hammond un lugar provisorio para vivir. Ella pide visitar y recorrer su casa de Hammond porque vivió allí con su familia cuando era joven, y los motivos por las cuales debió abandonar esa casa refieren a un hecho personal, conmovedor y terrible.

En “La nueva normalidad”, Frank se traslada a pocos kilómetros bajo la lluvia y el frío pues tiene que llevar una almohada ortopédica a quien fuera su primera mujer, Ann, refugiada en un geriátrico de primer nivel pues comienza a estar afectada por los primeros síntomas de Parkinson. Las tensiones que siempre han surgido cada vez que se encuentran Bascombe y su ex esposa (con el fantasma del hijo muerto rondando en forma permanente), se reiteran en este relato que se corresponde con la hostilidad del clima reinante.

Por fin, en “Muertes de otros”, visita a Eddy Medley, más que amigo, un conocido que está muy enfermo y que pide reunirse con él para conversar. De nuevo, a regañadientes, acepta visitarlo con el saldo de tener de Eddy una confesión tardía, que lo afecta, pero que no puede remediarse.

Cada uno de los personajes ha sido “franco” con Frank y éste soporta las embestidas aunque, claro, al precio de haberse encontrado con reflejos especulares que lo devuelven a su actual realidad. “Especie de elegía del luminoso mundo de Frank Bascombe que en la actualidad se desploma”, define Matías Néspolo, de “El Mundo” de Madrid. Noticias sobre la vida, podría decir Ford, lo agridulce del vivir.

Notables relatos.
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“Sea-Clift, cuando voy hacia el sur por Central Avenue, ofrece al mundo el triste aspecto de haber recibido un puñetazo casi mortal en la nariz. Los postes de electricidad siguen en pie en su mayoría, pero les faltan los cables. La arena se ha arremolinado sobre todo lo que se encuentra a baja altura. Las casas –incluso las que surgen sanas y salvas de vez en cuando- parecen atónitas, reducidas al silencio. Tejados, ventanas, escalones de entrada, muros exteriores, garajes, embarcaciones envueltas en polipropileno azul: es como si un gigante hubiera salido a grandes zancadas del grisáceo mar y se hubiera liado con todo. En todas esas casas vivía gente”.
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Datos para una biografía:
Richard Ford (1944, Jackson, Mississippi, Estados Unidos) ha publicado siete novelas: “Un trozo de mi corazón” (1976), “La última oportunidad” (1981), “Incendios” (1990), “Canadá” (2012) y la trilogía protagonizada por el personaje Frank Bascombe: “El periodista deportivo” (1986), “El Día de la Independencia” (1995; premios Pulitzer y PEN/Faulkner) y “Acción de Gracias” (2006), cuatro libro de relatos: “Rock Springs” (1987), “De mujeres con hombres” (1997), “Pecados sin cuento” (2002) y “Francamente, Frank” (2014), el libro de memorias “Mi madre” (1998) y “Flores en las grietas”, selección de ensayos (2012). Está casado desde 1968 con Kristina Hensey. Es autor del guión de “El despertar de un ángel” (“Bright Angel”) película de 1990 dirigida por Michael Fields. Ha sido responsable de varias antologías, especialmente las editadas por la revista Granta. Colabora con diversos periódicos de su país. Es profesor de Escritura en la Escuela de Artes de la Universidad de Columbia y fue galardonado varias veces con los principales premios literarios de Estados Unidos. Tiene planes de volver con otra novela de Bascombe, a quien imagina viajando en una casa rodante o caravana, con su hijo Paul, el Día de San Valentín. Pero se propone escribir antes otra novela con un profesor como protagonista.
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Entrevistas recientes en Barcelona:
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Nota anterior: “Aprendizaje del dolor”. Comentario sobre “Canadá”, novela de Richard Ford (2014)
“Canadá” (“Canada”), de Richard Ford. Anagrama, Barcelona, 2013 – Buenos Aires, 2014, 510 páginas. Traducción de Jesús Zulaika.
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“Primero contaré lo del atraco que cometieron nuestros padres. Y luego lo de los asesinatos, que vinieron después. El atraco es la parte más importante, ya que nos puso a mi hermana y a mí en las sendas que acabarían tomando nuestras vidas. Nada tendría sentido si no contase esto antes que nada”.

Tal el comienzo, movilizador e inquietante, de la última novela del norteamericano Richard Ford, uno de los grandes narradores contemporáneos. Esta novela de iniciación se muestra macerada, pensada hasta los últimos detalles, como son esas líneas inaugurales, infrecuentes por su originalidad y por su capacidad de cautivar al lector desde el primer momento.

 “Canadá” es narrada en primera persona por Dell Parsons, un chico de 15 años que vive la experiencia límite de tener que dejar su país y trasladarse de súbito a la nación que da título a la novela, un territorio tan vasto como desconocido para el adolescente que es sacado de la noche a la mañana de un mundo previsible para sumergirlo en (lo que para él resulta) un verdadero caos.

Con todo, la vida familiar de Dell no se presenta como un paraíso, porque sus padres son muy conflictuados y no tienen claro cómo vivir, cómo proyectar el futuro. Tampoco le es fácil la convivencia con su hermana gemela Berner, pero pese a todo cada uno de ellos le brindan amor y aunque los padres parecen estar en huida permanente, el adolescente protagonista se siente contenido, comprendido en el hogar. Por eso, el brusco cambio de vida le resultará tan traumático.

Tres partes diferenciadas

La novela está dividida en tres partes muy diferenciadas. En la primera, la más extensa, Dell recuerda la vida vivida con sus padres y su hermana en los comienzos de la década de 1960, en Great Falls, Montana, estado lindante con Canadá. La segunda parte refiere a su breve pero fundamental estancia en el territorio canadiense de Saskatchewan y la tercera y última lo muestra ya anciano recordando esos acontecimientos que marcaron su vida.

El autor ha aclarado que en este relato hay escasísimos aportes autobiográficos, aunque ha hecho que Dell tenga aproximadamente su misma edad, quizás para que los recuerdos del adolescente sean los correctos, más allá de que la vida de autor y la del personaje protagónico discurrieran por senderos muy diferentes.

Ford ha vivido también en Montana, donde se inicia el relato, pero nunca residió en Great Falls, una población relativamente pequeña en los ’60 del siglo pasado, en la que también transcurre otra de sus novelas, “Incendios”. El narrador ha aclarado que “su” Great Falls poco y nada tiene que ver con el real pero que éste, aunque mitificado, sigue siendo para él “un territorio provocador”.

Resultan fascinantes los personajes de los progenitores de Dell, especialmente Bev, el padre, veterano de la Segunda Guerra Mundial quien, alejado de las Fuerzas Armadas, ignora cómo hacer pie en la vida civil y por consiguiente comete una serie de errores que lo llevan a idear el mencionado asalto al banco para salir de la encerrona. Su mujer, Neeva, con la que se lleva muy mal, se suma al proyecto con la intención de que Bev no haga disparates. Por supuesto, ella, absolutamente ajena al mundo del delito, sólo acentúa los problemas.

El escritor disléxico

Ford padece una ligera dislexia, por lo que siempre ha tenido dificultades para leer y escribir, sin afectar su inteligencia. Él sostiene que de dicho trastorno ha sacado ventajas: “A consecuencia de mi lentitud en la escritura y la lectura, mis libros son más pacientes y profundos que acelerados y superficiales”, aseguró Ford a Alex Vicente, periodista de “El País” de España.

Es lenta, pero profunda, la comprensión de Dell respecto del “nuevo mundo” que lo espera allende la frontera. Al lugar llega conducido por Mildred, una amiga de su madre, que lo traslada para evitar que el chico sea recluido en un reformatorio. Lo pone en manos de su hermano, Arthur Remlinger, personaje complejo, contradictorio, un norteamericano que ha buscado refugio en Canadá por cuestiones criminales que el adolescente tardará mucho en conocer. Cuando las conozca se verá involucrado en episodios violentos que nunca podrá olvidar.

La vida marginal propia de esa zona fronteriza, casi salvaje, confunde a Dell y más lo confunde el mestizo Charley Quarters, un hombre de difícil trato, sucio y ambiguo, con el que tendrá que convivir y al que siempre temerá. Le cuesta mucho al protagonista comprender y aprehender su entorno, tan distinto a lo que dejó en Montana. Pero más le cuesta asumir su absoluta soledad, puesto que su hermana Berner se había escapado poco antes de que llegara Mildred para buscarlos, y perderá de vista a sus padres.


El poder volver a empezar, el “intentarlo” siempre, como propone Ford, los lazos complejos entre padres e hijos, el amor, el desamor, constantes en la obra del norteamericano, se reiteran acá narrados, como expresó Rodrigo Fresán, con “esa prosa áspera, propia de Montana”. La novela cerrará con los recuerdos de Dell ya anciano y que incluye el último y melancólico encuentro de los hermanos. “Mi madre me dijo –reflexiona el Dell anciano- que tendría miles de mañanas para despertar y pensar en todo esto cuando ya no hubiera nadie para decirme cómo sentirme. He tenido ya varios miles”. Por lo tanto, es la hora de hacer balance. La hora de contar su difícil pero fascinante historia. 


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