martes, 26 de agosto de 2014

Un amigo llamado Julio Cortázar


Julio era nuestro amigo. Lo esperábamos todo el tiempo y, cada tanto, nos daba el gusto de hacerse presente con sus historias que eran como cartas personales dirigidas no a la multitud, no a los lectores de libros, sino a cada uno de nosotros. Para que se entienda mejor: eso que Julio enviaba estaba dirigido sólo a mi persona. Se trataba de una comunicación directa, privada, que mucho no debía repetirse porque Julio se nos franqueaba, con su amabilidad de siempre, con su humor, con su notable originalidad. Nos permitía conocer lo más íntimo de él. Un secreto, sólo a mí revelado.

Por supuesto, no era así, pero en aquel tiempo de despertares de todo orden (en los revulsivos años ’60 del siglo pasado) con Julio Cortázar la gente joven de la época mantuvo desde el primer momento una relación especial. Es cierto que hubo una determinada demora para conocer masivamente sus relatos, porque el escritor había dejado Argentina en 1949 y, salvo algunos breves viajes particulares, muy esporádicos, se mantenía distante del país en el que había vivido sus primeros 35 años. Cortázar había nacido en Bélgica en 1914 pero sus padres lo llevaron a Buenos Aires cuando era un bebé y siempre tuvo nacionalidad argentina.

Por eso no puede sorprender que sus primeros libros –su poemario “Presencia”, firmado con el seudónimo de Julio Denis, la obra teatral “Los reyes”, los cuentos de “Bestiario”, “Final del juego” y “Las armas secretas”, y la novela “Los premios”- pasaran bastante inadvertidos. Pero a partir de sus originales “Historias de cronopios y de famas” (1962) y, especialmente, de su novela “Rayuela”, publicada un año después, otro fue el cantar. Definitivamente.

Primera Plana, la publicación que semanalmente aparecía en la época, con enorme gravitación en las capas medias argentinas (en sus mejores momentos llegó a vender más de 100 mil ejemplares en un país que apenas superaba los 20 millones de habitantes), contribuyó en forma considerable para imponer el nombre y la obra de Cortázar, como también lo haría con varios de los escritores fundamentales del “boom” literario latinoamericano, especialmente los de Mario Vargas Llosa y, por sobre todo, Gabriel García Márquez.

Aparte de que el gran escritor era publicado por Sudamericana, una de las mos importantes sellos de esos años (no sólo de la Argentina), en el que revistaba como editor Francisco Porrúa, “descubridor” de talentos a lo largo del tiempo, sensible traductor, quien rápidamente comprendió el valor que tenía Cortázar como renovador del relato literario, especialmente del cuento.


Todo lo cual permitió que conociéramos/reconociéramos sus libros iniciales que incluían cuentos imperecederos, como lo han sido y son “Casa tomada” “Continuidad de los parques”, “Torito”, “El perseguidor”, “Circe” y “Final de juego”, por nombrar sólo a algunos de los más notables de ese primer período.

Después, 1966, llegaría “Todos los fuegos el fuego”, una de las más felices selecciones de relatos cortazarianos que, entre otros, nos permitió conocer cuentos de la talla de “La autopista del sur”, “La salud de los enfermos” o “Reunión” (el encuentro de Fidel y el Che, la primera aproximación de Cortázar a la revolución cubana).

De a poco, Cortázar se volvió militante político y aunque siguió escribiendo casi sin solución de continuidad, lo que vino después me ha resultado comparativamente más débil, aunque su despedida literaria, con los grandes cuentos que integran “Deshoras”, hizo que regresara íntegro cuando la democracia empezaba a volverse realidad en la Argentina.

Me importa decir que Cortázar ha estado siempre allí. Que a cada rato, una situación determinada, un hecho cualquiera, me lleva a pasajes, a momentos de su relato. “Dialoga” con todos, claro está, con quienes coinciden o discrepan con sus opiniones, con gente de diversa edad, del mundo entero. Pero hoy, cuando se cumple el centenario de su nacimiento, cada uno de sus lectores puede decir, como nos decíamos cuando éramos jóvenes, Cortázar está hablando conmigo, haciéndome conocer otra faceta de su increíble mundo. Porque Julio es mi amigo.
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Fotografía lateral: tapa de la edición de la revista “Primera Plana” del 27 de octubre de 1964

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